Golpeando las puertas de la vida (para “Magui”, en su quinto día en este mundo)

“Golpeando las puertas de la vida”. Eso fue lo que pensé ayer cuando levanté aquel gatito cachorro que se arrastraba en la banquina. Lo habían encontrado mis perros y extrañamente no intentaron ningún tipo de ataque. Tan sólo lo marcaron con el hocico, extrañados o acaso repentinamente entristecidos por esa biología que se movía a duras penas como un cuis herido. Y eso fue lo que creí que era; un cuis o un ratón agonizante por causa de la gomera. Hasta que escuché los agudos maullidos; ese modo en que la naturaleza pide socorro. Y por eso me vino a la cabeza “golpeando las puertas de la vida”. Porque alguien estaba en el umbral de la existencia y llamaba para que se le abriera. Así que levanté aquel ser del tamaño de una laucha que empezó a frotar su hocico entre mis dedos como agradecido. Tenía los párpados pegados aún, yapados por las lagañas de la nada; ese lago de quieto líquido amniótico del cual venía.

Mis perros, curiosos, metían el hocico en mi palma y parecían querer lamerlo y consolarlo, decirle “vas a vivir”. Y yo quería decirle lo mismo que mis perros pero de un modo más torpe. Es decir, de un modo más “humano”, cuando “humano” significa “falto de empatía natural”. Lo sopesé en mi palma. Estaba aún caliente y su pancita hinchada denotaba que la última merienda había sido reciente. Me pregunté, entonces, si su madre andaría por el campo buscando desesperadamente alimento para su cría o si, por el contrario, alguien lo acababa de tirar a la banquina como se tira un pañal o una botella vacía. Luego me dije que esa banquina con yuyos atrás de la Rural siempre fue un sitio de despojos. No sólo para las vísceras de las vacas que se acumulan en un contéiner, sino también para esas pequeñas biologías no deseadas por la comunidad humana. Y pensé que, de no haber sido por Jonás y Rubio y Dany, ese animalito reptante hubiese perecido bajo las gomas de una camioneta cuatro por cuatro o bajo el pico de acechantes caranchos. Pero hete aquí que ahora estaba en mi mano camino a casa. Y allí improvisé una jaula-ambulatoria agujereando una caja de zapatos, con franela y rejilla a modo de cama de hospital. Y así emprendí los cuatro kilómetros a pie hasta la veterinaria más cercana. “Magui, vas a vivir, nena, tranquila” le dije a la gatita que, aún sin saber su sexo, ya tenía nombre.

Le puse Magui porque al encontrarla venía pensando en Hungría, no tengo la menor idea de por qué. Y Hungría, en húngaro, se dice “Magyarország”, que significa “tierra de los magyares” o “reino de los magyares”, que así es como se dice “húngaro” en “húnagro”. Pero una vez, una mujer de aquel país me explicó que el origen de la palabra “magyar” era la misma que el de “magia”, y que ancestralmente el país se decía “tierra de magos”. Y pensé, entonces, que Magui venía de aquel lejano país. De una “tierra de magia” a esta tierra de dolor y “realidad”. Y que gracias a la alquimia heredada de sus ancestros, no iba a morir. “Magui vas a vivir, nena, tranquila”, volví a decirle.
El veterinario me vendió una leche carísima para gatos-bebés y la pagué sin chistar. Luego, caminé cinco kilómetros más hasta la casa de una amiga de mi mujer, que es proteccionista. Y Aldana me dio la tetina y la mamadera, me enseñó a preparar aquel calostro agrio (una tibia leche de color arena para que Magui pudiera atravesar aquel largo desierto) y hasta le dio algunos sorbos.

Hice el kilómetro que me quedaba y llegué a la casa de mi mujer. Nunca pensé que semejante ratoncito iba a cambiar mis planes del día, que iba a modificar la combustión de mi biología, que me iba a dejar sin aire en tan poco tiempo. Pero así fue. Con Fabiana le dimos a Magui la primera colación de la tarde-noche y ella me dijo “esta gatita necesita una nodriza. Me acaba de escribir Florencia, la hija de tu amigo Marcelo. Me dice que tiene una gata amamantando y que se la lleves apenas puedas”. Y eso hice. Eran las once de la noche cuando pedí un remis desde Villa Nueva a la rotonda de las Malvinas en Villa María. Ocho kilómetros más y me gasté el último billete que me quedaba. “Es que la bajada de bandera aumentó ayer, gringo”, me dijo el chofer.

Por suerte, Flor bajó enseguida de su apartamento y recibió a Magui con toda la naturalidad de la especie (la femenina y materna que nada tiene que ver con el “macho animal” del que formo parte). “Dejámela nomás” me dijo. “¿Estás segura que tu gata la va a aceptar?” le pregunté. “Sí. Estoy segura” me contestó. Charlamos un rato en la vereda, le agradecí y le mandé saludos a Marcelo. Como no me quedaban más piernas, busqué mi bicicleta de mi trabajo y retomé las calles y la oscuridad. Y pensé que, mientras yo pedaleaba entre eucalipitus pensativos, Magui podría estar siendo atacada o acaso amamantada por su nueva familia. Pensé, también, que aquella media hora mía en bicicleta, tan parecida a otras medias horas de tantas otras medias noches idénticas, sería única y decisiva para ella.

Llegué a lo de Fabiana cuando daban las doce. Extenuado y sin fuerzas, hice un café para los dos. Y cuando lo compartíamos (y una vez más tuve que escuchar su famoso “¡Hasta cuándo voy a decirte que no se meten las galletitas en el café! ¿No te enseñaron que eso es mala educación?” … Home, sweet home) me llegó un mensaje de Florencia. En realidad era una foto: la gatita estaba mamando de su nueva mamá. Una lauchita negra entre cuatro o cinco hermosos tigrecitos plateados. “Ya cené y ahora me voy a dormir”, escribió Flor a modo de mensaje. Y entonces sentí que mi día había tenido un sentido. Y volví a pensar aquello de “golpeando las puertas de la vida”, y en aquel viaje de diez kilómetros que aquella gatita hizo en una caja de zapatos en su cuarto o quinto día en la tierra. Y entonces, cansado pero feliz, le dí las buenas noches. “Magui, tranquila que vas a vas a vivir. Y que duermas bien nena; princesa de Hungría venida de las tierras de la magia”.

Por Iván Wielikosielek

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