H.P.Lovecraft: El que susurraba mitos en la oscuridad

Hace un siglo ya, en aquellos Estados Unidos que empezaban a reemplazar la madera por el hormigón, las casas por los edificios y el gas por la luz eléctrica; muy lejos de la pujante Detroit de Ford y más lejos aún de la luminosa Nueva York del primer mundo, más precisamente desde la atrasada y pacata Providence en Rhode Island, alguien empezó a susurrar en la oscuridad. Era un cuchicheo literario apenas perceptible entre el fantástico ruido cultural de esos tiempos; un ruido plagado de realismo, de poemas optimistas de Whitman y diarios de viajes.

Sin embargo aquel susurro era como si alguien hablara en voz baja en medio de una fiesta; para nadie o para quien quisiera escucharlo, acercándose a él en desolados rincones.

Sin embargo, la posguerra y la crisis del ´30 irían silenciando de a poco la estridencia. Y a medida que se retiraban los invitados y la música se apagaba con las luces (“when the music´s over/ turn out the lights” cantaría Jim Morrison años después), la voz del que susurraba en la oscuridad se escuchó más nítida. No sólo porque el silencio lo envolvía sino porque la noche espesa (cada vez más espesa) lo envolvía también. Y aquellas palabras tenían un sentido más “ominoso”, “espantoso” y “pavoroso” ante la noche y bajo el silencio. Aquellas palabras hablaban de un terror cósmico y provinciano, es decir, de su propio terror. Pero también de horribles leyendas jamás pronunciada por hombre cuerdo alguno. Y esas leyendas y esos “terrores privados” se volvieron imprescindibles y premonitorios; diagnóstico de una lucidez feroz sobre la situación actual del hombre en la tierra. Y algo cambió en el “homo sapines” a la hora de concebirse cósmicamente. Primero que nada, había dejado de ser el centro del mundo desde la revolución industrial. Las ciudades alienaban y el hombre esclavizaba al hombre. Pero luego, en la alborada del siglo naciente, el hombre, además, se había vuelto una pulga entre dos abismos: el de sus pesadillas (abismo interior) y el de la infinitud del espacio (abismo exterior). Y ese hombre puntal que susurraba desde Rhode Island; esa celebridad oscura de las letras que sólo era circulado por las revistas “freaks” y “pulps” de la época (con “Weird Tales” a la cabeza) y por revistas amarillistas de alta tirada plebeya (literatura absolutamente menospreciada por la aristocracia cultural de entonces); ese hombre que salía a caminar sólo de noche por la desolada Providence y se quedaba mirando el mar desde un punto impreciso del muelle con una mezcla de terror y ensoñación sin sacar jamás las manos de los bolsillo (acaso llevaba un cuchillo en su impermeable para defenderse de ciertos terrores nocturnos que sólo él escuchaba); ese hombre alto como dos heladeras y frío como cuatro freezers; ese hombre que casi no hablaba con la gente aunque se escribía con las mentes más fantásticas y desoladas de su época a un promedio demoledor de varias esquelas por día; ese hombre que se ganaba la vida escribiendo relatos y artículos desde las ruinas de una casa que fuera aristocrática y ahora estaba a punto de volverse ruinas de pobreza como la “House of Usher” de su admirado Edgar Allan Poe (y acaso fue Poe quien lo proyectó “fuera del espacio”); aquel hombre se llamaba Howard Phillips Lovecraft. Y aquel susurro que empezara a emitir en los años veinte, aún viaja por el tiempo. Y llega un siglo después hasta el presente como uno de los tratados de la imaginación más alucinantes que creara un escritor jamás: la última mitología de la raza humana salida desde una vieja máquina de escribir tecleada en la noche de Providence, acaso para acallar otros gritos y susurros apenas perceptibles pero que aún aturden.

La obra de H.P. Lovecraft, compuesta de un centenar de cuentos y una veintena de “nouvelles” que son la esencia más pura de su arte (“El horror de Dunwich”, “El caso de Charles Dexter Ward”, “La sombra fuera del espacio”, “El color que cayó del cielo”, “El que susurra en las tinieblas”, “En las montañas de la locura”, “La sombra sobre Insmouth”, “El ser en el umbral”, “La hermandad negra”, etc) podrían sintetizarse con las palabras que él mismo escribiera a uno de sus corresponsales y admiradores:

“Todos mis relatos, por muy distintos que sean entre sí, se basan en la idea central de que antaño nuestro mundo fue poblado por otras razas que, por practicar la magia negra, perdieron sus conquistas y fueron expulsados, pero viven aún en el Exterior, dispuestos en todo momento a volver a apoderarse de la tierra”.

Esos corresponsales y admiradores a quien el solitario Lovecraft les escribiera interminables cartas llenas de entusiasmo (acaso eran su único entusiasmo amén de la literatura), eran muchachos “raros”, escritores “undergrounds”, poetas malditos de provincia, la flor y nata de aquella marginalidad expulsada del paraíso del progreso y que, como una nueva secta sin dioses ni esperanzas, se diseminaba por el país y vivía una vida aparte del “american way”; saliendo a sobrevolar la noche como los blancos búhos por el negro cielo.

Muchos de esos escritores fundarían años después el llamado “Círculo Lovecraft”. Y co-escribiendo con el gran maestro co-crearon también “Los mitos de Cthulhu”, un corpus literario sin precedentes en la historia de la literatura. Allí, basándose en pasajes de libros oscuros y ocultos, tratados de magia negra y raras inscripciones en tumbas antiguas, inventaron todo eso también: más libros oscuros y ocultos con el “Necronomicón” a la cabeza, más invocaciones para traer a los “Primordiales”, más tumbas antiguas e inscripciones en idiomas ajenos a este mundo. Aquel fantástico “Ph’nglui mglw’nafh Cthulhu R’lyeh wgah’nagl fhtagn” (“En su morada de R’lyeh, el muerto Cthulhu espera soñando”) acaso sea el mantra más célebre de la imaginación. Escritores como Robert Bloch, August Derleth y Clark Ashton Smith fueron fundamentales para seguir soñando ese sueño o esa “pesadilla” colectiva que aún nos despierta sudados en la noche.

Sin embargo, Lovecraft era un ser demasiado triste y ateo (es decir, demasiado escéptico) como para creer aún en sus propio entusiasmo. Y nunca se erigió en sacerdote de un culto paralelo ni en inventor de una nueva teología. Mucho menos en el iniciador de una nueva forma de consciencia humana en la tierra (cosa que definitivamente fue). Sabía, por otro lado, que su obra no era otra cosa que literatura. Pero también y por eso mismo, sabía que podía ser también el universo entero. Y acaso por eso se agazapó en su miedo y en su creencia; sabiendo que si bien sus relatos no eran una “verdad”, acaso sí lo era su metáfora. Y si las escribía en forma de cuentos de terror y de ciencia ficción (el gótico y la anticipación siempre sueñan sobre las ruinas más antiguas del subconsciente de la raza) acaso era para remedar a Jesús cuando decía “para que los que ven, no viendo, vean”; que eso es, al fin y al cabo, escribir metáforas o imaginar mitologías: cultivar el arte de la parábola; la única figura literaria que es, además y sobre todas las cosas, una verdad en escena.

Pobre y desolado, con un matrimonio que sólo le duró un año como su breve estadía en Nueva York, Lovecraft se volvió a su Providence natal para no salir jamás. Y para morir alguna tarde de 1937 de un cáncer fulminante con apenas 47 años del mismo modo que pasó por el mundo; es decir, como una sombra. Sin embargo sus amigos y fans, sus discípulos y colegas (que eran muchísimos más que los tres mencionados) despidieron al maestro con la mejor exequia posible: fundando el sello editorial “Arkham”, en homenaje a una de sus ciudades imaginadas como Dunwich, Insmouth o la inaccesible metrópili subterránea de R´lyeh. Y allí, bajo ese sello, reunieron toda su obra en un libro.

Años después, en España, el escritor y crítico catalán Rafael Llopis sistematizó “Los mitos de Cthulhu” en una fabulosa antología (Alianza Edición de 1970, que con un poco de suerte aún se la consigue en librerías de usado o por mercado libre). En ese libro, Llopis no sólo recopila lo esencial de Lovecraft sino también el de sus continuadores, como Bloch y Derleth y el sus antecesores, como Arthur Machen, Lord Dunsany y Algernon Blackwood; esos escritores cuyos susurros le llegaron al niño Howard Philips desde las islas británicas hasta Providence y que, poniéndole una nueva tinta a su pluma, cambiarían el relato de terror para siempre.

¿Influencias de Lovecraft en la literatura? Baste decir que la ciencia ficción del siglo veinte sería impensada sin él. Escritores como Ray Bradbury, Arthur Clark o Pihilip Dick tienen una deuda inmensa para con él. Ni hablar del “nuevo terror” tanto literario como cinematográfico. Verdaderos monstruos como Stephen King o Peter Straub, abrevaron directamente en el “estanque Lovecraft”, al igual que las películas de John Carpenter, Stanley Kubrick y David Kronenberg.

¿Lovecraft en Argentina? Borges le dedicó su fabuloso “There are more thigns” (“Hay más cosas”) en “El libro de arena” de 1970. Roberto Arlt lo remedó, acaso sin leerlo jamás, en su “Luna roja” y Quiroga lo homenajéo en “El almohadón de plumas. Los guionistas del cómic apocalíptico lo veneraron como a un Dios: Germán Oesterheld con su “Eternauta” y más acá en el tiempo Diego Cortés y Luciano Saracino. De hecho y hace apenas unos días, se presentó en una sala de Villa María la película “Necronomicón”, basada en un guión del propio Saracino. Fue el primer gran homenaje en un soporte “masivo” al desolado genio de Providence desde estas pampas; una delicada perla hecha de conjeturas cósmico-literarias y de puro amor a los libros. Ambientada en “la ciudad de la furia” (una Buenos Aires del futuro turbada por una tormenta solar y un cielo nublado que persiste y hace volver a la vida los fantasmas) la película también podría haberse llamado “los guardianes tienen el honor”.

La última pregunta es si los susurros de Lovecraft se siguen escuchando en este mundo, y la respuesta es “más que nunca”. Sólo hay que quedarse solos y en silencio. De ser posible en un sitio desconocido en donde las nubes opriman o nos congelen las estrellas vistas entre las ruinas de una casa. Y acordarse que los hombres apenas somos microbios entre dos abismos: el que intentó describir Freud y el que trató de describir Einstein y Hawkins; ese océano lleno de agujeros negros, materia oscura y viajes en el tiempo. Un cosmos que de tan aterrador hace que aúllen las estrellas. Y para conjurar ese aullido, nada mejor que sintonizar aquellos susurros venidos de Providence y que desde hace cien años resuenan en nuestra cabeza como un antídoto contra el vacío. Esa voz que sólo puede oírse a través de la radio sensible de los sangrantes corazones.

Por Iván Wielikosielek

Compartir

Autor