“Había una vez…”: diez grandes comienzos de la literatura

La virtud de un comienzo es la síntesis, un buen mix de datos y poesía, de música e indicio. Hay historias muy buenas con comienzos mediocres. Por ejemplo, el comienzo informativo de Los hermanos Karamázov, del exuberante Dostoievski. Pero hay otros que quedan clavados como un mantra en el inconsciente colectivo, y trascienden incluso a las obras de las que son el gong inicial. Acá una lista de grandes comienzos:
Libro del Génesis

“En el principio Dios creó el cielo y la tierra”. Sin medias tintas, no nonsense como dicen en inglés: en una oración corta y seca, el personaje fantástico más influyente de la historia hace su aparición más relevante. El narrador del Génesis crea a Dios en una línea, y Dios nos crea a todos nosotros. El modus operandi de este personaje es literario: pronuncia palabras que crean realidades. Según las encuestas, alrededor del 86% por ciento de los seres humanos cree que no se trata de un personaje fantástico; los libros sagrados serían, en ese caso, libros de no ficción. En el nombre impronunciable de Dios se han librado guerras y se han construido imperios. Y también se han consolado las gentes, digámoslo todo. Vaya comienzo.

Evangelio según San Juan

Los escribas de los libros sagrados tenían mucho de burócratas: la frase “en el principio” gustó tanto que muchos la repitieron acá y allá. Hay varios Juanes que pudieron haber escrito el evangelio correspondiente. El que lo haya hecho tomó prestado el comienzo del Génesis y le hizo un rulo neurótico: “En el principio era el Verbo”. Se supone que el verbo es Jesús, pero también pueden ser las palabras. Palabras, palabras, palabras, dirá quince siglos más tarde otro personaje muy famoso y muy neurótico. Los relatos están hechos de palabras, y es pertinente empezar un relato nombrándolas, llamándolas para que con su misterio sonoro nos arrojen a la aventura calmante del significado. En el principio está la palabra, dijo dos milenios más tarde Adrián Suar, hablando de la génesis de sus ficciones televisivas.

Moby Dick, de Herman Melville

“Llámenme Ismael”. El narrador se pone en primer lugar y se nombra a sí mismo, se bautiza, nos cuenta quién es el que narra. Y el “call me”, aunque ambiguo en inglés, es probablemente un pedido a los lectores. A continuación viene un párrafo perfecto (quizás el mejor de toda la novela) sobre cómo el mar lo salva de la locura. El protagonista de Moby Dick no es Ismael ni el capitán Ahab, y tampoco quizás la ballena blanca: es el mar, el populoso mar, como dijo Borges, la planicie de agua que calma las ansias de los hombres (en Moby Dick casi no hay mujeres). El comienzo en ese sentido es engañoso, sólo el grito de angustia de un hombre común que llama la atención sobre sí, para después perderse en la narración de los otros.

Hablando del asunto, de Julian Patrick Barnes

“Mi nombre es Stuart, y me acuerdo de todo”. Decía Ricardo Piglia que los buenos escritores son los que saben que escribir es difícil, que el lenguaje no es transparente. Julian Barnes es sin duda uno de ellos, y este comienzo es parecido al de Moby Dick, y al de tantos relatos que llaman la atención sobre el hecho de que lo que viene a continuación es una versión de lo ocurrido, una perspectiva, y no la verdad objetiva. Al mentar su nombre propio, están diciendo: todo lo que viene a partir de acá es arbitrario. La gracia de este comienzo es que en la segunda parte de la frase se desmiente a sí mismo: dice que se acuerda de todo, y le queda al lector creerle o no. Hablando del asunto es una novela sobre un triángulo amoroso en el que los tres personajes-narradores se desmienten continuamente los unos a los otros.

Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez

“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”. El modelo más arriesgado de comienzo: el que avanza parte de la trama. La idea de qué es lo que piensa un hombre antes de morir ejecutado es muy fructífera narrativamente; aparece también en tres grandes cuentos: El incidente del puente Owl Creek de Ambrose Bierce, El milagro secreto de Borges y Una bala en el cerebro de Tobias Wolff. En la primera frase de la gran novela familiar-tropical-fantástica-política de Gabo está todo lo que la literatura necesita: el trayecto de una vida, la epifanía infantil, la melancolía y la muerte inevitable. Queremos tanto a Gabo… habría que volver a leerlo para ver si resiste nuestra imaginación machucada por los años.

Por el camino de Swann, de Marcel Proust

“Mucho tiempo he estado acostándome temprano”. Este comienzo explicita el presente de la narración, el momento desde el cual la historia es narrada. Igual que en el caso de García Márquez, pone de relieve que la literatura está muy relacionada con la memoria, ese mecanismo mágico y misterioso que nos obliga a procesar de nuevo lo vivido para saber quiénes somos, para recrearnos a nosotros mismos. Además, la oración habla del sueño, ese proceso también extraño y parecido a la literatura en que dejamos vagabundear a la mente y dejamos que exprese sus verdades profundas.

Campamento indio, de Ernest Miller Hemingway

“Habían preparado otro bote en la orilla del lago, y dos indios esperaban a su lado”. El cuento empieza por la mitad de la acción, como si el autor le hubiera tronchado el comienzo, como si viniera de un texto anterior que no vemos: si hay un segundo bote, da por supuesto que hay uno del que todavía no dijo nada; y el sujeto tácito presume a unos personajes que deberíamos conocer. La técnica se llama “in medias res”, una frase en latín que significa “hacia la mitad de las cosas”. De algún modo, lo que señala es que un relato es simplemente un recorte en medio del gran mar de relatos que es la vida. La mención a los indios en la primera frase es una pista fuerte: el cuento de Hemingway es, como tantos otros, un cuento sobre el choque con los otros, con una cultura diferente.

Un día perfecto para el pez banana, de Jerome David Salinger

“En el hotel había noventa y siete publicitarios neoyorquinos, y monopolizaban las líneas telefónicas de larga distancia de tal manera que la chica del 507 tuvo que esperar su llamada desde el mediodía hasta las dos y media de la tarde”. Este cuento perturbador empieza con una información banal, casi irrelevante. Los noventa y siete publicitarios neoyorquinos no volverán a aparecer en el relato, aunque aportan una información sobre la época (podemos pensarla como una cita avant la lettre a Mad Men). La chica sí volverá a aparecer: la mitad del relato que viene será una conversación telefónica con su madre, aparentemente banal. Después ella se irá a dormir la siesta, y esa será toda su participación en el cuento. Este comienzo distractivo es un comienzo perfecto para un cuento perfecto que incluye en su título la palabra perfecto.

Anna Karenina, de Lev Nikoláievich Tolstoi

“Todas las familias felices se parecen, pero las infelices lo son cada una a su manera”. Es el tipo de relato que empieza con una sentencia abstracta, pero llena de pistas: casi como un resumen de la conclusión que nos llevaremos después de leer la historia. Otro rasgo de esta novela es que su protagonista aparece tarde, cerca de la página cien (sobre un total de mil y pico). Quizás esa sea la receta para escribir un clásico: los protagonistas de La Odisea de Homero y el Ulises de Joyce también aparecen tarde.

El gaucho Martín Fierro, de José Hernández

“Aquí me pongo a cantar / al compás de la vigüela / que el hombre que lo desvela / una pena estrordinaria / como la ave solitaria / con el cantar se consuela”. El teniente retirado Hernández encuentra en 1872 la fórmula de la inmortalidad: sextina octosílaba con el primer verso suelto (sin rima) + lengua popular + paisaje pampeano + preocupaciones metafísicas + soledad rebelde. El protagonista de esta primera oración no es el narrador ni las palabras, sino el canto en sí mismo, las palabras convertidas en música. Aparece también la tristeza como origen de la literatura.

Fuente: Infobae
Nota: Diario de cultura

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