Hasta luego, mi vida…

Hasta luego, mi vida…

Tantas veces viajamos juntos, Tatito; que ya ni sé hasta dónde llegamos.

La cosa siempre era así: yo me recostaba cansado en la cama y vos te subías a la plataforma de mi pecho. Y con tu ronroneo encendido sobre mi corazón apagado, yo sentía que despegábamos, que nos íbamos a otra parte. A un espacio muy lejos de este mundo que no nos pertenece, porque es de un príncipe al que no le pertenecemos.

Tantas veces viajamos juntos… Y así, posándote sobre mi pecho me curaste de la neumonía que produce el invierno y también de esa otra enfermedad sin estaciones y que es la tristeza, haciendo nido como un pájaro en el hueco de los bronquios. Pero vos sabías muy bien que los pájaros tienen terror por los gatos y por eso te posabas en mÍ, Lolo; para que el dolor no tuviera dominio en mi pecho.

Tantas tardes volví triste o vencido… Pero me bastaba con tu mirada o la paz de tu esfinge blanca para sentir que alguien cuidaba por mí; que la enfermedad y el dolor no tenían lugar en ese espacio al que viajábamos.

Pero en el último año estabas muy flaquito, como un tísico vagando por el hospital de la pieza. Casi no comías y los veterinarios no acertaban a descubrir qué te pasaba. Como quiera que fuese, siempre me pedías que te hiciera la leche. Acaso para continuar con el rito que teníamos desde que naciste; desde que tu mamá te trajo del pescuezo y te daba su teta hasta que yo empecé a prepararte el desayuno cada día. Me pregunto qué va a ser ahora de mi taza blanca que era también tuya, que era nuestra taza y ahora se ha quedado sola después de siete años. Me pregunto si seguirás desayunando conmigo en espíritu durante todos los días que me queden en la Tierra, Pupito, porque hoy te encontraron muerto. Estabas duro en el bañito donde orinabas siempre. Me llamó Fabiana para decírmelo. Y entonces en medio del trabajo le corté el teléfono y lloré como hacía siglos que no lloraba, repitiendo todos tus nombres en el baño con lágrimas en la boca y en los ojos y en el corazón.

Pero en ese momento entró un amigo y me dijo “¿Qué te pasa? ¿Tenés conjuntivitis?”. Y le conté todo. Pero él me habló con la paz que da la necesaria indiferencia. Me dijo “lo que le pasó a tu gato es lo que le pasa a cualquiera cuando deja la materia. No te amargués. Alegráte porque ya no está sufriendo. Está en otro lado ahora y lo vas a encontrar un día. Vos pensá que los gatos no son de la Tierra. Tienen una genética distinta a todos los animales. Y tienen, además, una frecuencia vibracional que nadie entendió todavía”.

Y entonces pensé en los faraones egipcios y en los reyes asirios. Y en todos los gatos que tenían en los palacios de Memphis o de Nínive porque eran los mejores “psicompompos”, es decir los que mejor conducían el alma una vez fuera de esta vida. Pensé en todos esos gatos “amantes fervorosos y sabios austeros” sacrificados en masa cada vez que un rey o faraón se moría; para que los orientara en el más allá. Pero yo no soy faraón ni rey; sólo soy un hombre y hoy sólo pienso en vos; que te fuiste esta mañana sin esperarme ni decirme adiós. Dejando cómo póstumo mensaje tu cuerpito blanco y consumido. En vos, Pupito, Poloncho, Tigrecito Blanco, mi vida…

Hoy, donde quieras que hayas ido, te pido que me esperes para que volvamos a desayunar juntos la blanca leche de los días. Para que limpies de nuevo mi pecho y acaso me pueda volverme tan puro y bueno como vos. Y para que vos sientas de nuevo que mi corazón es tu almohada y tu alfombra mágica. Y que mis latidos y tu ronroneo son nuestro idioma, el modo en que te sigo llamando para que volvamos los dos a casa.

Iván Wielikosielek

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