Heráclito tonight

Heráclito tonight

Acaso yo también quisiera saber por qué, siendo el logos común a todos los hombres, la mayoría vive como si su inteligencia particular fuera el único modo de conciencia. Como si ese vicio del ego les pudiera reportar algún conocimiento. Pero es al revés. Empezar a conocer es acercarse al logos, como empezar a calentarse es acercarse al fuego. Y para Heráclito, ambas cosas eran lo mismo. Y acercarse al logos, por cierto, es empezar a quemarse, alejándose para siempre de esa vanidad llamada “inteligencia particular”.

Parece increíble que a esta observación la haya hecho un hombre hace veinticinco siglos. Y más increíble aún, es que hoy no la cite nadie con la intensidad que reclama el presente; este tiempo en donde el hombre no busca conocer sino desear y ha cambiado el “bien común” por el “placer particular”. Inclusive (y sobre todo) ha renegado del “conocimiento común; que debiera ser el máximo anhelo. Pero el “bien común” no se puede vender porque es de todos. Y esta es una época de compra-venta. Y “lo particular” es lo que permite negociar y lo que transforma en única a la mercancía. Hoy, hasta el “conocimiento” se envasa como un embutido. Pero no es conocimiento en el sentido que lo pensaba Heráclito. Tampoco en el sentido en que lo planteaba Sócrates, Jesús o el Buda. Los maestros de la humanidad jamás cobraron un centavo por el conocimiento. Acaso porque ellos no vinieron a instruir sino a “despertar”. Y despertar significa ayudar a que veamos lo que siempre estuvo en nosotros. Y eso que siempre estuvo en nosotros es el “logos común”, la conciencia, el amor. Tres modos de fuego que no nos dejaba ver la glacial “inteligencia particular”.

Hace poco, tuve que entrevistar a uno de esos “delincuentes del espíritu” que se hacen llamar “coachs ontológicos”; tipos que le roban dinero a las almas débiles (como esos que se comen la casa de las viudas) a cambio de promesas dignas de un cocainómano. Y ese hombre, el entrevistado, me dijo que el “coaching” era “muy anterior y muy superior a la psicología, porque la psicología nació en el siglo veinte con Freud pero el coach viene de Sócrates”. Por cierto que este muchacho “mayéutco” cobraba una cifra astronómica por su “socratismo en acción”; mientras que el pobre Sócrates andaba descalzo enseñando gratis por las plazas de Atenas. Y por si esto fuera poco, un día por falso testimonio accedió a beberse la cicuta. No consentía escapar del juicio, erróneo o no, de sus compatriotas. Una muerte parecida a la de Jesús. En cuanto al Buda, según la leyenda, expiró longevo en Kushingar, dormido a la vera del camino. Pero ya había muerto mucho antes en cuerpo. Cuando inmoló su materialidad como monje mendicante de túnica amarilla.

Los “coachs”, al igual que todos los que facturan para “vender conocimiento” (falsos gurúes y curanderos, curas corruptos o psicólogos con pacientes crónicos, o iluminados de avisos clasificados) tienen necesidades propias de una corporeidad que no ha sido saciada. Son pura “álgebra de la necesidad”, puras “inteligencias particulares” que jamás percibieron el logos. Si lo hubieran hecho, no venderían lo que no tienen; es decir, el conocimiento. Sencillamente porque el conocimiento no se vende sino que se despierta en el otro. Los sofistas de Atenas, el senedrín judío y las castas “superiores” de la India fueron los “coachs ontológicos” de la antigüedad. Pero Heráclito habló del logos que estaba en todos, Jesús trajo las bienaventuranzas a los que sufren y el Buda vino a decir que el nirvana no era patrimonio de casta alguna; porque hasta el más mísero esclavo estaba en condiciones de alcanzar la iluminación.

Esta noche en que leo los fragmentos de Heráclito en mi pueblo, esta noche en que me vienen a la cabeza los que facturan por lo que no conocen, esta noche en que pienso en el sermón de la montaña y en el sermón de Benarés; esta noche en que me acuerdo de las caras del día ávidas de dinero y marchitas de todo tipo de piedad, de toda idea de misericordia; esta noche quisiera quemarme en el fuego de Heráclito. Y con lo que salve del incendio, volverme un monje mendicante. Y tratar de pasar, de una vez por todas, por el ojo de la aguja.

Por Iván wielikosielek
Iván Wielikosielek

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