Heraldo, el romántico poeta gaucho

Su existencia física se tronchó trágicamente una semana antes de celebrar el almanaque número veintisiete. Heraldo Jesús Hernández dejó un legado imperecedero de coplas y poesías. Una estrella que brilló fuerte en su tiempo. La breve vida de un verdadero poeta testimonial que transmitió con sus letras el compromiso con lo social, con el postergado, y con el amor. La famosa Chaya para un adiós en La Rioja, musicalizada por Daniel Altamirano, y transformada en la exitosa versión de Los Altamirano, puede erigirse como referencia ineludible de su obra. Pero afloran también Al que grita por pan, Eliseo Teyos, Después de los festivales, Adelante inmigrante (con Cayetano Conti), Nocheros del Río Negro, Hoy y mañana, o Triste, solitario y vencido (con Victorio Russo y Luis Porrini).
La poesía de Heraldo sigue marcando senderos en esta llanura pampeana que sirvió de alimento para su creación. A principios de los años ’70 la llevó como bandera por diferentes escenarios de una importante región del país. Su hermano Dardo recordó cierta vez que “le gustaba mucho interpretar poemas de Osirio, de Rodríguez Castillo y de varios poetas pampeanos y orientales. Pero fundamentalmente su arte era el recitado gauchesco, le apasionaba la improvisación en la payada”. Sus amigos han mantenido viva su memoria a través del tiempo. De ahí que su obra no fue ganada nunca por el olvido. Todos los años se producen nuevos homenajes en el monolito construído camino a la vecina localidad de Dorila, a la vera de la Ruta Provincial 1, convocados por la Asociación Amigos de Heraldo Hernández. Así está instalado su recuerdo permanente en el aire piquense. Bebiendo la luz de su poesía.

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Una breve vida para una profusa obra poética, marcada por la llanura pampeana. Foto: Montecito nativo Heraldo Hernández.

Así escribía

Viaje

Nací pa’ correrle al viento
sobre el andar del camino,
es por eso que al destino
no lo asujeto a los tientos;
lo dejo pasar y siento
que mi vida es solo un viaje,
donde se anida el mensaje
sentido, dulzón, campero,
puesto a los cuatro rumbos
refugio de un aguacero.

Viaje que partió en un día
medio a gris tirando a incierto
y que después se hizo cierto
de clara policromía;
largo viaje quien diría
que tuviera tanta aurora,
tanta noche donde aflora
la raíz de una protesta
rebelde, pura, masiva,
gaucha, sentida y honesta.

Viaje que nunca claudica
aunque no ceja el invierno
y nos castiga un gobierno
de obstinada oligarquía;
llevo en la letra mía
lo que mañana diré
poemas que coseché
a lo largo de mis días
sentidas algarabías
que aquí mismo ya dejé.

Y si mañana en un cruce
me quedo sin consonante
sepan que sigue adelante
la verba que aquí dispuse;
y si alguno la rehuse
sepan que no me interesa
pues me da pena y certeza
de que tengo un enemigo,
que nunca pensó en el pobre
que nunca tuvo un amigo.

Pero mi viaje es mi viaje
gaucho, matrero y masivo.

Cuando me piale la muerte

Cuando me piale la muerte
en algún corral del tiempo;
no quiero que llore el pueblo
ni tan siquiera hacia adentro;
pues, cuando muere un trovero
sólo Dios sabe si es cierto.

Porque aquel que ha verseado
tras tantos rumbos lejanos,
no puede morir del todo…
tiene que quedar algo
aunque más no sea, un canto.

Sólo el cuerpo es lo que muere
y se restaña en auroras,
su copla jamás muere,
transita por largas noches
y allá en el fuego del vino
llora sus penas salobres.

Quiero que el día que muera
no me pongan cuatro velas,
ni me velen una noche
para dejarme en la ausencia.

Quiero que me llore el viento
en la tela de un velero
y que me lloren los pastos;
o algún réquiem de guitarras
que algún payador amigo
me tenderá en la nostalgia.

Cuando me piale la muerte
habrá una ventana abierta,
para que un verso de amor
viva colgado a su reja…
y no me quede tan solo
abonando alguna huerta.

Y hay una razón profunda
por la cual no quiero velas,
ni la vigilia postrer
que vendrá cuando yo muera.

Quiero que piensen que estoy
verseando en algún postigo,
o riendo tras una mesa…
brindando con un amigo.
O secándole las lágrimas
con mi verso, a la tristeza.

No quiero que el canillita
me busque por saludarme;
que me encuentre como siempre
con una copla en el aire.

Ni quiero que el lustrabotas
pregunte por qué no vuelvo.
Que no busque mi silueta
estribando en el silencio,
que me vea en la sonrisa
nunca en el rostro severo.

Cuando se cierre mi cielo
rumbiador de poesía,
la escarcha de los inviernos
no helará la sangre mía…
porque siempre ha de quedar
algún cantor en las noches
ya casi rayando el alba
se acordará de nombrarme.

Cuando me piale la muerte
sólo Dios sabe si es cierto.

La calle de mi vino
(mi calle es una mujer,
es…la juventud)

Hay una calle en mi vida
que me recuerda el olvido,
hay una calle en mi vida
mejor no lo hubiera sido.

Cuando transito esa calle
se me vuelve vino el tiempo.
La geografía de ella…
me detiene algún momento.
Los pàjaros cuentan cosas
que a veces las lleva el viento.

Son pàjaros…los comprendo
porque vuelan sin regreso,
como volaste por mí…
con tus alas de silencio
y en esa calle ha quedado
ausencia de luz y besos.

Me detengo en tu recuerdo
al ver jugar a los niños;
algunos me gritan algo…
que no oigo o no comprendo
porque…yo deje hace mucho
mi niñez dormida en sueños.

A veces me entran las ganas
de perderme en la distancia,
pero me tira el recuerdo,
pero me gana su estampa;
cuando apenitas me alejo
tarde arriba en la nostalgia.

De esa calle y de mi sombra
apenas si tengo vino…
porque la calle es recuerdo
y la sombra ya es olvido.
Pero…
Hay una calle en mi vida
mejor no lo hubiera sido.

Acaso me olvidaste

Si acaso me olvidaste
tratá de recordarme.
Yo soy aquel viajero
que una noche te amó
con un silencio largo
y el dolor de saberte
una quimera presa…
que otro hombre cautivó.

Recuerdo que esa noche
fuimos los más felices
o acaso los más tristes
Con un inmenso amor.
Te dije que te amaba;
yo a vos, me contestaste
y volviste la espalda
para llorar mejor.

Qué miradas profundas
guardaban nuestros ojos
y esa luna tremenda
que nos vio palpitar
con un deseo loco
al sabernos prohibidos
y un fuego tan tremendo
que nos llegó a quemar.

Pediste que te olvide
dijiste: Soy casada…
ya ves tengo dos hijos
por qué esta situación.
Y yo que era un estorbo
nomás, simple viajero
no pude retenerte
y sufro por tu amor.

Después cuando te fuiste
detrás de la alborada
llevabas las ojeras
con sombras de nostalgias.
Y yo pensé en silencio
de qué vale decirle
que me siento muy solo
que sin ella soy nada.

Por eso te recuerdo
sencillamente en verso
ya que nunca podré
volverte a acariciar.
Yo soy simple viajero
vos sos mujer casada;
si acaso me olvidaste
sólo Dios lo sabrá.

Después de los festivales

Después de los festivales
cuando se van los cantores
y pasan los payadores
con rumbo pa’ otros nidales.
Después de los festivales
me toca también partir
y siento tenerme que ir
pero otro pago me llama
y desde adentro me brama
la libertad y mi sentir.
Y nos vamos alejando
troveros y payadores
a veces con mil dolores
en las coplas recitando
y en otras improvisando
sobre el andar de un rastreo
donde amanece un floreo
de patria, amor y conciencia
echada por la experiencia
al volido de un rumbeo.
Y al irnos vamos dejando
en algún beso perdido
un recuerdo amanecido
que tal vez quedó llorando.
Queremos seguir amando
pero el hilo del camino
nos envuelve con sus trinos
y al enyuntar la distancia
nos llevamos la fragancia
mujer, sabrás, voy herido.
Cómo decir que me esperan
si yo no prometo nada
a más de tantas verseadas
los regresos se me mueren.
Por eso nunca me esperen
yo vendré para otro viento
trayendo el fiel sentimiento
que al momento me acompaña
y no claudica ni engaña
así mi sangre el aliento.
Se está quemando la hora
me cuesta decir adiós
pero me alcanza la voz
pa’ despertar una aurora.
Y allá mismo donde aflora
el velero de otro encuentro
un forastero sustento
me va galopando el pecho
y grita de trecho en trecho
será…será hasta cada momento.

Foto: Montecito nativo Heraldo Hernández.

Heraldo y su impronta testimonial sobre el escenario. Foto: Montecito nativo Heraldo Hernández.

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Autor

Raúl Bertone