Jinetes en la tormenta (Riders on the storm)

Allí bajo los eucalpitus de mi pueblo, trotan los caballos del mediodía. Montados por hombres, mujeres y por niños, yeguas y potros esquivan tambores blancos entre gritos y aplausos. Alrededor de la pista, el gauchaje del siglo veintiuno hace el asado de boina negra o colorada, como en el siglo diecinueve. Y algo de “regreso al pasado” hay en la ceremonia. Acaso la misma que celebraban los hombres del campo hace un siglo y medio ya, cuando Ballesteros apenas era una parada de trenes rodeada por el Pozanjón, estancias interminables y el almacén de Eloy Villarreal.

Yo paseo con mi perro y al ver aquel espectáculo fugaz e inesperado, tomo fotos con mi cámara portátil. Luego, acercándome a la reja ferroviaria, acaricio un caballo tostado. Su pelaje es alfombra espesa hirviendo al sol de junio. En esos momentos, un niño desensilla un potrillo y lo ata al palenque de fierros. Le pregunto cómo se llama su amigo. “Indio”, me responde. ¿Y este otro? le digo, preguntándole por el tostado. “Ese es Firulete y acaba de ganar” me contesta. La charla es breve y el niño me dice que todas las tropillas son del pueblo, que iban a venir de Morrison pero no pudieron, que ahora comerán el asado y luego habrá más destrezas. Le pregunto su nombre y me dice “Maxi”. ¿Te puedo sacar una foto con Indio, Maxi? le pregunto a mi vez. Y haciendo el nudo con las riendas, Maxi me sonríe para la foto como un crack de fútbol.

Cuando me voy con mi perro, pienso en la cantidad de chicos que he visto bajo esa misma arboleda gomereando pájaros. Siempre les pregunté por qué les tiraban piedras. Si no se daban cuenta que esa paloma en una rama también era mamá. Si no sabían que tenía huevitos en un nido y crías que alimentar. Si no se daban cuenta que ese otro pichón, si fuera un ser humano, acaso sería su compañero de banco en la escuela. Si no les habían enseñado que Dios creó los animales para que los cuidáramos y no para que los matemos. Para que le demos esencia mediante el Verbo. Y entonces a mi cabeza vino aquel viejo versículo del Génesis que dice “y el hombre le puso nombre a todos los animales”. El caballo de Maxi se llama Indio; mi perro se llama Jonás, el tostado se llama Firulete. Y creo que si cada paloma tuviera un nombre, ningún chico le tiraría con la gomera. Pero le tiran porque no lo saben. O porque saben que lo que aún no fue nombrado carece de existencia real todavía.

Me quedo pensando en eso también. Y en aquella canción de Bob Dylan que tanto me gustaba de chico: “Man gave name to all the animals”. Y pienso en aquella frase, rockera también, de Phil Spector: “el mal es la ignorancia en acción”. Así es. No podría ser de otra manera. Jesús pidió que se perdonara a sus verdugos porque “no saben lo que hacen”. Me quedo pensando en eso; pero sobre todas las cosas pienso en Maxi. En ese chico que habló conmigo sin conocerme siquiera. Sin preguntarse quien soy ni cómo me llamo ni de dónde venía. Porque para algunas personas eso no importa. Para las almas como la de Maxi, cada ser vivo tiene un nombre; por más que él aún no lo sepa. Y por eso es merecedor de respuestas y cariño.

Luego de la foto Maxi lo ata a Indio y le da un abrazo. Y se va corriendo al playón donde los gauchos de boina hacen el asado. Allí compartirá el almuerzo, se reirá con sus amigos y seguirá con las destrezas hasta el fin de la tarde. Y cuando den las seis contra el cielo nublado, Maxi será un “jinete en la tormenta” y se habrá olvidado de mí para siempre. No así yo; que le seguiré agradeciendo por acariciar a su caballo y haber hablado conmigo sin preguntarme quien soy.

Me acordaré de vos, Maxi, cada vez que escuche “Riders on the storm” de Jim Morrison, que hoy no pudo venir a verte al pueblo; a cantar para vos.

Por Iván Wielikosielek

Compartir

Autor