La bolita embrujada, un cuento de Dora Alba

El Taller de literatura de Corpico entrega en esta oportunidad y a través de El Lobo Estepario, un cuento fantástico producto de la imaginación y el talento de la piquense Dora Ester Alba, que trasuntamos.

La bolita embrujada

La llamaban La Bruja los chicos del barrio, era realmente endiablada, perfecta, de un blanco radiante y un ojo negro, en muchas oportunidades, mirándola bien se veían destellos de crueldad en ella.

Juanchi se sentía invencible jugando, era su dueño.

-Mi dueño- pensaba La Bruja, – Ya te demostraré de que soy capaz y que no tengo dueño- .

La bolsa de bolitas de Juanchi cada vez pesaba más, nadie quería jugar con él, La Bruja era infalible. Siempre cumplía con su trabajo, ganar y ganar, incluso despedazando a sus contrincantes.

Ese mes de Junio, Juanchi enfermó, fue una enfermedad maligna y rápida terminando con el muchachito que pocos días atrás gozaba de excelente salud, los médicos no pudieron dar una explicación a tan drástico desenlace.

Alguien en soledad sabía la verdad y sonreía, -Yo, musitó la bolita, dije que me conocería, yo, y remarcó ese yo, no tengo dueño.-

Los días transcurrían grises y tristes en la casa de Juanchi desde que él no estaba y La Bruja se encontraba atareada, queriendo escapar de la bolsa, después de muchos días y de intentarlo siempre, lo consiguió. Salió de su encierro, loca de felicidad esperó pacientemente a que dejaran la puerta de la calle abierta, cosa que ocurrió un día de mucho calor.

Al alcanzar la vereda se sintió libre,- para siempre,- se dijo,-nunca más tendré dueño-.

Deambuló mucho disfrutando de su suave rodar. Se deleitó con el aire, que no tenía ya el olor a sudor y suciedad de las manos infantiles, el sol, ese sol que casi no conocía por haber estado mucho tiempo prisionera en la bolsa de Juanchi, la lluvia, fue todo un descubrimiento para La Bruja, la lluvia le encantaba, su frescura, su suavidad.

Todos esos elementos eran signos de libertad y la ponían inmensamente feliz, solo había una cosa que despertaba su profunda maldad, los cientos y cientos de pies, que veía como verdaderos gigantes amenazándola con pisarla y destruirla.

Sonrió silenciosamente, estaba madurando su venganza.

Recorrió la larga cuadra muchas veces en esos días, era muy transitada, tenía que elaborar su vendetta y con cuidado si quería que fuera un éxito. Esa tarde cuando comenzaba a ocultarse el sol, la vio venir, paso cansado, ayudándose con un bastón, era una viejecita con su bolsa de supermercado. La Bruja, esperó pacientemente a que llegara y se posicionó, miró los pies de la anciana enfundados en unas zapatillas de pana, quedó conforme, esas zapatillas no le harían daño.

Esperó tranquila colocándose donde el pié derecho se apoyaría, el resbalón, la caída y el golpe seco de la cabeza en el piso. La anciana ya no se movió.

La Bruja rodó hasta la calle antes de que llegaran a socorrer a la accidentada.

Quedó oculta a unos metros observando los vanos intentos para ayudarla, escuchó las palabras,- No hay nada que hacer,- parece haber sido un infarto, dijeron.

La malvada bolita, sintiéndose plena y satisfecha se alejó del lugar rodando alegre.

Pasaron los días y nuevamente puso en marcha su mortal venganza, esta vez fue un señor cincuentón que iba a ingresar al banco, al pisar a la endemoniada, resbaló aparatosamente golpeando su cabeza en las baldosas y quedando quieto, cuando llegaron a socorrerlo el pobre hombre había dejado de existir.

Fueron varios los accidentes similares ocurridos en muy corto tiempo en esa misma calle, la gente rumoreaba que era una cuadra embrujada en el barrio, optaban por no transitarla, el banco y los restantes negocios veían con alarma la falta de clientes y la marcha a la bancarrota segura. Mientras tanto La Bruja satisfecha por lo efectiva de su venganza, era feliz escondida en la calle bajo las hojas caídas o los trozos de papeles sucios. Siguieron los días plácidamente para ella, hasta que cansada de la inacción decidió cambiar de barrio para seguir con sus maldades.

Así fue como en los meses siguientes fueron varios los accidentes mortales que provocó y fueron varias las calles que visitó, el fenómeno para la gente no tenía explicación, evitaban salir de la casa y si lo hacían, siempre salían de a dos.

La bruja seguía aferrada a su maldad, observando el mundo que la rodeaba desde su redondez que ya no era blanca, se había transformado en un gris sucio producto de rodar en la inmundicia.

El pueblo había reducido su cantidad de habitantes, muchos se trasladaban a pueblos vecinos a vivir, lejos de ese peligro indescifrable.

La tarde en este verano, muy caluroso, fue poblándose de amenazantes nubes grises, el aire cálido y dulzón maltrataba a los ocasionales transeúntes.

El pavimento caliente se ensañaba con La Bruja haciéndola arder, hasta que las primeras gotas aliviaron su tormento.

Los violentos truenos y el viento desenfrenado fueron el prolegómeno del aguacero que se desató, la lluvia azotaba la calle convirtiéndola en un río tumultuoso.

La bolita sintiéndose arrastrada entre hojas, papeles y ramas, quería desesperadamente aferrarse a algo que fuera su salvación, en esos momentos añoró la seguridad de la bolsita de Juanchi, pensó en que daría cualquier cosa por tener un dueño que la salvara, pero era tarde para todo eso.

La fuerza de la corriente la llevaba inexorablemente a la boca de tormenta, el terror se apoderó de ella, sus llantos y juramentos de cambiar su manera de actuar no le sirvieron, sintió que caía junto al montón de desperdicios, inmersa en ese río sucio, la recibió la oscuridad, siguió rodando hasta que sintió el barro atraparla… y allí quedó, agotada y llorando, extrañaba la vieja bolsita de Juanchi.

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