La cultura y el corazón

Texto de José Texeira Coelho Netto, para el curso de Gestores Culturales/ SP. Brasil abril 2019, oportunidad en que participara la Secretaria de Cultura del Gobierno de La Pampa. Prof. Adriana Lis Maggio.

Traducción de Emanuel Fernández.

El 30 de abril se cierra una era en Japón: Akihito, el emperador que no impera, renuncia y su hijo Naruhito se sienta en el trono en el que nadie lo verá sentado: nadie ve al Emperador en Japón, el emperador es invisible, nadie mira al emperador: cuando alguien (un mortal común) entrega algo a un emperador japonés, la mirada de quien le entrega ese objeto está orientada hacia el suelo y probablemente sus ojos, que en muchos casos son como una ranura, probablemente estarán semicerrados o totalmente cerrados: “eyes wide shut”. El Emperador aparece a veces en público, pocas veces. Y cuando aparece, no dice nada. Mejor así: cuanto menos se abre la boca, mejor. Elizabeth de Inglaterra es casi igual. Comparen este comportamiento con los charlatanes conocidos.

Akihito es el primer emperador japonés en 200 años que renuncia a un poder que no tiene. La renuncia está de moda, recuerde al papa anterior a Francisco, si es que alguien se acuerda de él. Esta tendencia debería ser estimulada y alentada, todos ganarán con ella… Entonces, hoy se cierra una era y comienza otra. A la que termina se llamaba “Heisei,” la realización de la paz, la consecución de la paz, la concreción de la paz. Japón tiene la costumbre de asignar nombres específicos, plenos de significado, a los períodos cubiertos por la “tutela” de un emperador. La nueva era, correspondiente al ascenso de Naruhito, será conocida como “Reywa”. El gobierno plebeyo de Shinzo Abe, el primer ministro, explica el significado de “Reywa”: “Cuando los corazones están en armonía, la cultura puede florecer”. Quién explicó el sentido de la nueva era fue el gobierno plebeyo, o civil si así lo prefieren, del primer ministro y no la Casa Imperial porque fue el gobierno, y no el emperador, quién escogió el título… Bello emperador.

“Cuando los corazones están en armonía, la cultura puede florecer”. Es interesante esta proposición. Japón está del otro lado del mundo y además se queda en el hemisferio norte: del lado de allá del mundo, más aún si en el hemisferio norte, es lo contrario de esto, la antípoda, como si fuera el negativo de este positivo que somos (¿o ellos son el positivo y nosotros, el negativo?).

Aquí estábamos considerando (y aprendiendo) que “cuando la cultura florece, los corazones pueden entrar en armonía”. Fórmula opuesta a la “Reywa”. Es decir, promoviendo la cultura, apoyando la cultura (incluso si lo que realmente interesa es la promoción del arte, de la ciencia, de los valores básicos y de los valores secundarios…), los corazones entran en armonía.

La primera reacción al enunciado del primer ministro tiene bastante soberbia: es un error. ¿Qué grado de cultura tiene un primer ministro, más aún si ese primer ministro es Shinzo Abe, el que propuso o quiso proponer a Donald Trump para el premio Nobel de la paz por las conversaciones con el dictador de Corea del Norte que no llegaron a ningún lugar?

Pero la perspectiva nipona nos hace pensar y puede ser interesante: trae a la memoria algo que sabemos y que deberíamos saber siempre. “Reywa” habla del corazón, es bueno que alguien hable del corazón y no son muchas las culturas que hoy se atreven a hablar del corazón, al menos de modo no tan meloso. La sensibilidad nipona no es un mito ni una farsa. China no hablaría del corazón, no hoy, no en estos días. Marx habló de dinero, dio primacía al dinero sobre la cultura, increíble como no percibió lo obvio: que la cultura determina el dinero. El dinero también determina la cultura pero quien define el dinero es la cultura. Es mucho mejor que “Reywa” nos recuerde la primacía del corazón, es decir, del sentimiento, y vincule la cultura al sentimiento. Leonardo da Vinci -este 2019 marca los 500 años desde de que Leonardo se volvió polvo y aún continúa más vivo y activo que la amplia mayoría de los que hoy parecen estar vivos- veía el mundo y la vida con los ojos, no con las ideas. Es decisivo ver el mundo primero con los ojos (con la lengua, con las narices, los oídos, con las manos), no con el intelecto, y la mayoría de la humanidad no ve el mundo con un intelecto que no tienen (ese intelecto le viene de fuera, le llega desde los Otros) porque no abre los ojos: eyes wide shut. Todos caminan con los ojos ampliamente cerrados, como Tom Cruise en aquella película, más aún ahora que los ojos sólo ven el mundo a través de la pantalla del iPhone pegado a nuestra mano. En la etapa actual de la humanidad, parece que no hay lugar y tiempo para la experiencia primera, ni siquiera para la segunda: sólo para la tercera, la que viene de afuera, ya hecha, prêt-à-porter: es sólo comprar y salir utilizándolo. Como no son todos los que pueden formular un concepto, la práctica se reduce a citar los conceptos de terceros (recuerdan lo que se sugiere a los vivientes de la Máquina del Forster: “citen, citen, citen!”)

La cultura es una construcción, lo que significa que sale de una práctica, de una acción y luego es moldeada por un concepto, cuando no nace directamente de un concepto, saliendo después a la prueba de una práctica o de la práctica posible (como predican e imponen todos los regímenes totalitarios, y en este caso el concepto recibe una etiqueta específica: ideología), sin que importe encontrar primero un sentimiento y una sensación. Pero antes de ser una práctica, la cultura es -tiene que ser- un sentimiento, una emoción, una percepción, un afecto, intuición, insight, y anteriores a cualquier acción, a cualquier práctica. Sólo en un segundo momento es que transformo mi sentimiento en una acción, en un gesto, por ejemplo, y es sólo en un tercer momento que reflejo sobre ese sentimiento y ese gesto y formulo un concepto. El concepto no puede nunca ser primero, y sin embargo, en el campo de la cultura casi todo es antes de un concepto, antes de haber tenido sentido, antes de haber sido experimentado. Sólo que no es posible construir una casa por el techo, las casas que se construyen desde el techo se derrumban después indefectiblemente, mucho antes de aquellas casas que empiezan por los cimientos: el sentimiento, la sensación, la emoción, la visión… Y se derrumban primero sobre las cabezas de los que intentaron levantarla de ese modo cansado. Más tarde o más temprano (y cuanto antes, mejor para todos…).

En esta perspectiva, fue importante -fundamental- Adriana Maggio al recordar en su conferencia, que el resorte de su gestión cultural es la consecución de la felicidad, la implantación de la felicidad, la realización de la felicidad, que es siempre primero, está siempre del lado del sentimiento, de la emoción, de la sensibilidad, del afecto, de la intuición. Y no sólo al lado del sentimiento como hecho de sentimiento. La “era Adriana”. La felicidad, en cultura y en política cultural, no es una banalidad: es el único punto de partida y el punto de llegada. Ouroboros, la serpiente que completa el círculo tocando su cola con su propia cabeza. En una versión más cruda: la serpiente que traga la propia cola. La duda se instala: ¿cualquier felicidad sirve? ¿Hay una auténtica felicidad? ¿Existen felicidades menores y mayores? ¿Hay falsas felicidades?)

Y volvemos a la Reywa: si los sentimientos se resuelven, la cultura puede florecer. Acostumbrémonos a considerar que, si la cultura florece, la armonía se instala en los corazones. Pero, ¿cómo hacer florecer la cultura si los corazones no conocen de antemano la armonía? Un lindo problema. De hecho: sin el corazón, es decir, sin lo primero, no hay cultura. No hay nada.

Si la abdicación de Akihito abrió camino por lo menos para la llegada de la Reiwa y para llamar la atención hacia la sensibilidad y el sentimiento, ya habrá valido de mucho.

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