La discografía de Soda Stereo ordenada de peor a mejor

ESCUCHÁ LAS CANCIONES. Soda Stereo, la banda que conquistó Latinoamérica, que marcó el rock-pop en castellano de los años ochenta y noventa, que se despidió dos veces y aún hoy millones extrañan, ¿cómo vería ordenados sus discos de menor a mayor? Una carrera discográfica que se prolongó por apenas 12 años y dejó huella emotiva en cada paso que dio, ahora se «somete» al juego.

xdgd

8) COMFORT Y MÚSICA PARA VOLAR (1996)

Si este disco arranca el conteo desde el fondo es sólo porque no es un disco de estudio. Y es que, como álbum que combina un «plugged» de MTV (ellos se encargaron de darle otro color e incluso de tachar la U y la N de unplugged para que quedara claro que no respetaban el formato acústico de la señal) con descartes del reciente Sueño Stereo, su inmediato trabajo anterior, no está nada mal. Sobre todo por la parte en vivo, del que se lamenta que no incluya el cover de Vox Dei («Génesis») y el subidón «Zoom»/»Cuando pase el temblor» (las tres saldrían en una edición de 2007, pero sin los extras de estudio), aunque igual se disfruta en su plan living al anochecer y antes del fin. Entre sus puntos altos, sin duda se destacan «En la ciudad de la furia», con Andrea Echeverri de Aterciopelados y un despegue en cámara lenta. Y la renovada «Un misil en mi placard», la demostración de que se podía arropar una canción desde la sofistición pop de Sueño Stereo pero sin caer en el bostezo de varios pasajes de ese disco. Por el lado de los temas nuevos, es cierto que no hay ninguno fundamental, todos tienen su origen en un intento de disco ambient que iba a acompañar a Sueño Stereo y no se concretó. Pero valen como descenso anímico y a la vez complemento de este Comfort y Música para volar.

7) NADA PERSONAL (1985)

Sale The Police, entra The Cure. Aparentemente. Cuenta Richard Coleman en Soda Stereo, la biografía (El Juglar, 1991): «Nos matábamos escuchando The Cure, Depeche Mode y muy especialmente Tonight, de Bowie, del cual intentábamos descifrar cómo se habían grabado sus sonidos». ¿El lugar? Una quinta de Parque Leloir donde los tres Soda más allegados, como Coleman y Fabian Von Quintiero, se habían encerrado a componer y ensayar las canciones de este disco que marcaría el inicio de un giro hacia una música más seria y de autor. Y con la figura de Cerati ya recortándose como la de un compositor a tener en cuenta (no por nada Charly García lo llamaría poco tiempo después para hacer el inconcluso Tango 3).

Soda Stereo y esos raros peinados nuevos

Soda Stereo y esos raros peinados nuevos

Ya no eran una banda de pubs sino de teatros y de medios (iban a la tele y salían en la tapa de la Canta Rock, de la Toco y Canto y, por supuesto, de la revista Pelo). Y ya apuntaban a más: los dos primeros cortes del disco («Nada personal» y «Juegos de seducción») marcan un salto en todo sentido respecto a los anteriores. Son más introspectivos. Sutilmente más oscuros. Son mejores. Ya tienen el público; ahora también quieren que los tomen en serio. Y de alguna manera lo logran. Aunque es cierto que exceptuando estos dos temas y «Cuando pase el temblor», a la postre el tema trascendente del disco (un carnavalito dark que te transporta a la puna desde una conciencia ochentosa apenas empieza a sonar), el resto adolece de la agudeza y el filo que por ejemplo sí tenían en su conjunto los del álbum debut («Ecos» y «El cuerpo del delito» son buenos temas, pero «Azulado» con ese pobre juego de palabras y esa intro de hotel alojamiento… mejor perderlo que encontrarlo, sincerémonos). Igual se entiende: querían cortar con la filiación a la nueva ola divertida de la cual venían. Dar un paso hacia atrás para tomar envión. ¿Nada Personal como un borrador donde Cerati por primera vez se vio como el autor que recién emergería con todo su brillo en Signos? Algo así.

6) SUEÑO STEREO (1995)

Sin ser un disco malo, para nada, no hay forma de que Sueño Stereo no figure entre los puestos más bajos de este conteo. La banda, luego de tres años sin un disco de estudio (una eternidad para lo que era el ritmo que llevaban) volvió al ruedo a mediados del 95 con este álbum que fue recibido con alegría porque, por un lado, significaba que la banda no se separaba. Y por el otro porque se tomaba como un supuesto retorno a la canción más radiable que la banda había abandonado en Dynamo (en realidad no fue así: la onda Dynamo continuaba, sólo que más atemperada, menos dogmática. No hubo tal regreso). Como sea, Sueño Stereo fue recibido con los brazos abiertos y no le fue mal. Las críticas fueron buenas, los fans estaban contentos, Cerati, Zeta y Alberti se mostraban sonrientes. Pero… algo ya no era lo mismo. Ya el primer corte, «Ella usó mi cabeza como un revólver», un tema de onda beatlesca, debería haber encendido la alarma: una buena canción pop, con todos sus elementos bien puestos, pero que no emociona nunca. Lo mismo «Paseando por Roma», que vendría a ocupar el rol de single más upbeat pero que tampoco levanta nada.

«Zoom», sí: desde el minuto uno fue un hit. Y por algo sigue excitando cuando de repente suena en algún lugar y nos toma desprevenidos. Hubo otro corte que ya nadie recuerda si no se lo nombra (otra señal de que algo fallaba) y el resto del disco transita la misma medianía: buenas canciones, bien arregladas y bien arropadas de esa estética sofisticada de bases en loop, reverberaciones moderadas de guitarra y el pop como objetivo, no como instrumento (el mensaje es el medio), que Cerati había abrazado desde DynamoColores Santos, pero que igual, al fin de cuentas, no enganchaba. ¿Por qué? Es difícil no dirigir la atención hacia la química interna. O sea, la ausencia (al menos en este disco) de ella. Basta comparar Sueño Stereo con Amor amarillo, el disco solista-intimista que Cerati sacó entre medio y con el cual comparte el mismo universo estético, para notarlo. En comparación, Amor Amarillo se escucha mucho más vital y vibrante. Más interesante. Sueño Stereo, en cambio, suena cansino, aburguesado. El fin estaba a la vuelta de la esquina.

5) SODA STEREO (1984)

Soda Stereo en sus inicios
Soda Stereo en sus inicios

Durante demasiados años el debut de Soda ocupó el lugar de «peor disco de Soda»; el que no había que tomar muy en serio. ¿Por qué? Por su evidente liviandad. Por su copia de The Police rayano a lo paródico. Por su supuesta falta de «calidad». Como esas ovejas negras que las buenas familias siempre se «olvidan» de nombrar, Soda Stereo -el disco- no suele aparecer entre lo recomendable de Gustavo Cerati y Cía. Y se entiende que no aparezca en los primeros puestos, ¿pero entre los últimos? ¿Sólo porque es divertido? ¿Porque hace de su inspiración la frivolidad? Ya desde la tapa (una foto intervenida en la que rayas gruesas de colores se estampan sobre las mejillas del trío en posición mohicana; los parietales casi rapados y los mentones bien en alto) el disco irradia frescura, pero también cierto filo y agresividad que los distinguió de sus pares de la «movida divertida» (Los Helicópteros, Los Twist, Viuda e Hijas del Roque Enroll y más). «¿Por qué no puede ser del jet set?», exclama Cerati al inicio y ya con la suficiente ambigüedad como para que la ironía no se confunda con queja o enojo. Lo mismo «Dietético», «Te hacen falta vitaminas» (un The Police energizado donde la reiteración debilita la protesta: «Algo nada mal, mal, mal. ¡Algo falla!») o «Sobredosis de TV», un «autogaste» sobre ese aparato demonizado que hoy luce benigno en comparación a la adicción que genera el celular. Un disco de éxito «instantáneo» (por usar un término coherente con los valores de esos años) que además de ser efectivo y divertido (la música de Cerati, de ahí en más, ya no volvería a tener este humor) todavía puede utilizarse hoy como excelente fresco de época, de esa primavera alfonsinista que pronto empezaría a ver caer sus hojas secas. Y no volvió a florecer.

4) DOBLE VIDA (1988)

Viniendo de Signos, la vara estaba alta. Y la jugada de Soda fue variar el entorno. No sólo el lugar de grabación (Nueva York en vez de Buenos Aires; Carlos Alomar, colaborador de Bowie, en vez de Cerati u otro argentino en la producción) sino también cierta aire latino que sobrevuela las nuevas composiciones en reemplazo del pop-rock ochentoso y por momentos dark que había sido importante hasta entonces. Así, «Languis», «En el borde» (con rap del propio Alomar), «Lo que sangra» (con esa percusión sincopada), «Día común-doble vida» (esas guitarras bien funk) y «El ritmo de tus ojos» (y su sección de vientos que no habría desentonado en un tema de Gloria Estefan) tienen todas ese feeling latino-cool de la Gran Manzana. El mismo tipo de aproximación anglo-latina que por esos mismos años también podía tener un Duran Duran o una Madonna -y que por ende para muchos suena fechada-, pero que acá vemos con simpatía porque Cerati la supo traer a su universo («El ritmo de tus ojos» es un temazo y «Lo que sangra (la cúpula)» también). Y porque evidencia que lo latino hecho en Estados Unidos tuvo en algún momento otro color.

El núcleo del disco, sin embargo, lo componen por un lado esa perfecta balada pop de los ochenta que es «Corazón delator» («Un señuelo. Hay algo oculto en cada sensación. Ella parece sospechar, parece sospechar en mi debilidad los vestigios de una hoguera…». Por favor, indestructible). Y por el otro ese diamante porteño –derruido y posmoderno– que es «En la ciudad de la furia». Cuesta mucho disociar el tema del clip en blanco y negro y esos planos que toman la ciudad desde la altura de su puerto, los edificios antiguos de Diagonal Norte, sus torres modernas, la perfecta línea de fuga hacia el Obelisco. Y también ese errante porteño enfundado en su sobretodo negro como un ángel caído de Win Wenders, que danza mientras ensaya la banda. Ese destino de furia que en sus caras persiste y que tuvo a este Doble Vida como a uno de sus momentos más gratamente singulares.

3) SIGNOS (1986)

Los temas son buenísimos. Los mejores que hizo Cerati hasta ese momento. Pero la clave es el sonido. Un audio como transparente, al vacío. Sin la distorsión que vendría pronto, pero también sin el sonido sintético, «plástico», que había estado presente hasta entonces. Con su bajo y batería en primer plano, las guitarras limpias, los teclados sin efectos y una voz que empieza jugar cada vez más con una modulación seductora, ese Cerati que pronto flecharía a miles desde su interpretación en cuerpo y voz sobre los estadios de Sudamérica, Soda llega acá a su primera cumbre. Un disco plagado de imágenes sensoriales, letras etéreas («Me amas a oscuras, duermes envueltas en redes» canta en «Signos»). Pero también con ciertos momentos de goce paranoico y suspenso («Tu misteriosa forma me lastimará, pero cada vez estaré más cerca», en «El rito»).

Años después, Cerati desdeñaría -algo raro en un claro vanidoso cómo él- su capacidad para hacer buenas letras, aduciendo que muchas las escribía privilegiando cómo sonaban, no tanto su significado. «Bueno, esa es una de las maneras de hacer una buena letra, Gustavo», tal vez habría que haberle dicho (o tal vez no; mejor no enterarse de ciertas cosas). Como sea, Signos es un disco plagado de letras que «suenan» bien y que nos van envolviendo en imágenes, sensaciones y un estado generalizado de seducción que hacen que su escucha se convierta en una gran experiencia sensorial. Una noche de luna hostil irradiando deseo.

2) DYNAMO (1992)

Apenas dos años pasaron entre Dynamo y Canción animal y en el medio ocurrió la revolución. Antes, un par de avisos: el EP Rex Mix (donde el elemento electrónico, el loop, aparece por primera vez) y Colores santos, el disco a dúo que hacen Melero y Cerati donde las secuencias, el armado de canciones sobre bases electrónicas es constante y total. En Dynamo, entonces, donde Melero volvía a ocupar un lugar fundamental, aún más que en Canción animal, todo eso confluyó en un shoegaze -estilo alternativo proveniente de Inglaterra-, que acá se divulgó como «música sónica». Y que básicamente consistía en el uso del ruido de guitarras a fin de lograr colchones de distorsión moderada, cíclica e hipnótica (y sumado a voces susurradas, lánguidas y bases rítmicas acordes).

«Mójate los labios y sueña», repetía como en una letanía Cerati hacia el final de «Secuencia inicial», el tema con el que abrían Dynamo. Y fue así. Todo Dynamo es -otra vez, como casi todos los discos anteriores- la traducción a idioma propio de una tendencia que venía de afuera y de la cual Cerati se enamora con la fe de los conversos. Pero hay una diferencia: esta vez la tendencia es de marcado corte alternativo, no mainstream, y eso tiene el efecto directo de que por primera vez al público de Soda, y al público en general, el que simplemente se engancha con una canción del trío en la radio, le cueste. «No se entiende», «suena todo igual», «hay mucho ruido», fueron algunos de los comentarios que se escucharon en Obras, aquel diciembre de 1992, cuando presentaron el disco y el desconcierto de quienes apenas dos años atrás coreaban «De música ligera» era bastante total.

El tiempo, como suele pasar, puso las cosas en su lugar. Ni Dynamo era tan disruptivo si se lo comparaba con lo que por esos mismos años varias bandas (es cierto, no latinas, aunque el under argentino ya iba por ahí) venían permeando hacia el mainstream desde Inglaterra (en Estados Unidos asomaba el grunge y la movida alternativa), ni el consumo popular -pasado el tiempo, las giras y el acostumbramiento del oído- estuvo tan alejado a fin de cuentas de esa novedad que les trajo Cerati en forma de muy buenas canciones de letrística sensorial y distorsión narcótica que terminaron convirtiéndose -también- en favoritas del público.

«En remolinos», con esa base concéntrica, es un poco el tema central del disco. Su manifiesto. El arranque con «Secuencia inicial» y la más áspera «Toma la ruta», también es otro pasaje alto. Se entiende que «Primavera cero» haya sido el principal corte de difusión, pero es un tema hueco, sin un más allá de lo que en primera instancia salta a la vista. «Luna roja», en comparación (también fue corte), con ese final a relámpagos menguantes sí tiene otro filo, otra agresividad, sin antecedentes para una canción que sonara en FM Hit o FM 100. El elemento electrónico llega con «Sweet sahumerio» y «Nuestra fe», dos temas que en su momento también supusieron un desafío para el fan de Soda. Y que aún hoy transportan directo a esa sensación de trance que a principios de los 90 bandas rockeras como Primal Scream alcanzaron cuando confluyeron con el dance. Escucharlas ahora es embeberse enseguida de ese horizonte de éxtasis en suspenso. La bella «Fue», una balada en plan sónico con ese estribillo que estalla, y la más rockera y estimulante «Texturas», son los dos cierres altísimos de un disco que no sólo marcó un antes y un después en Soda Stereo, sino también en el propio Cerati, que luego ya no volvió interactuar tan fácilmente con lo que estaba de moda. A partir de Dynamo sus ojos casi siempre se dirigirían hacia lo novedoso cool y/o sofisticado, incluso a costa de sacrificar impacto o popularidad. Fue su elección y la sustentó.

1) CANCIÓN ANIMAL (1990)

Doble vida, como no podía ser de otra manera, le fue bien. Muy bien. ¿Se podía seguir creciendo? Era difícil pero la mente creativa de Cerati demostró que sí. Aunque, por primera vez, con la ayuda externa de aliado creativo (un «cuarto Soda», pese a que ese título nunca gustó a ninguno de los cuatro) que fue Daniel Melero y fue fundamental. Viejos conocidos desde el disco debut (tocó teclados y aportó la hermosa «Trátame suavemente»), Cerati encontró en el ex Encargados un compositor de canciones como él -aunque a la vez de veta vanguardista- con el cual poder dialogar, fantasear, imaginar cosas distintas o audaces. El resultado fue un disco mucho más rockero y crudo. Una tendencia que, por cierto, ya venía registrándose en cierto ascendente rock-pop del mundo («The Look», al igual que «De música ligera», se asentaba en un riff, por ejemplo). Pero que de todos modos lograron hacer sentir como propia. Y eso que nada del sonido o la búsqueda anterior tenía algo que ver. ¿Cómo lograban esta naturalidad, esta asimilación virtuosa?


Un par de hipótesis: primero, no siendo arribistas; creyendo realmente en la adopción de ese nuevo estilo que ponderaban y los empoderaba. Enamorándose verdaderamente de esa nueva tendencia. Segundo, y derivado de lo anterior, concretando -como siempre- un puñado de grandes canciones; de esas que no vencen o capturan el tiempo. En este rubro tenemos a «A un millón de años luz, «Hombre al agua», incluso la spinetteana «Te para tres» que, con los años -y desde su extraña belleza- ganó en popularidad por dentro y por fuera al culto de la banda. Y bueno, también a «De música ligera», que siempre fue una canción hueca, sin profundidad emocional, pero también -hay que reconocerlo- tímbricamente irresistible, al punto de convertirse en la más famosa de Soda y uno de los riffs más famosos del rock argentino. No vamos acá a discutirle ese medallón. Canción animal tuvo un éxito monstruoso. La banda terminó tocando para 250 mil personas en la 9 de Julio. «¿Más arriba? El techo», podría haber dicho Cerati, parafraseando el famoso dicho político («¿A mi izquierda? La pared»). Seguramente sintió algo parecido.


Fuente: La Nación

Nota: Diario de cultura

Compartir

Autor

Avatar