La felicidad es un revólver ardiente

La felicidad es un revólver ardiente

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Hace poco, en una charla con amigos (el tema era la tristeza “necesaria” para poder escribir, la poesía como resultante necesaria de la angustia de existir) uno me dijo: “¡Ya, sin pensarlo, decíme algo que te haya hecho feliz en la vida”. “La música de Los Beatles” respondí de manera automática. Y juro que ni siquiera me dí cuenta de lo que estaba diciendo. Sin embargo, cuando lo pensé en frío, me di cuenta que fue la mejor respuesta que pude haber dado. Esos cuatro tipos de Liverpool, me dieron más razones para vivir “la fiesta del mundo” o “habitar poéticamente la Tierra” (como escribió el alemán Friedrich Hölderlin) que ningún otro en este mundo.

A ese hallazgo lo hice por mí mismo; como quien encuentra una lámpara maravillosa. Yo tenía 7 u 8 años y mi padre se había ido de casa. Pero había dejado todos sus discos. Y yo los escuchaba cada día, acaso porque necesitaba entender que no se podía haber ido sin dejarme algo; que su testamento tendría que estar necesariamente ahí; o en su bolso “Lacoste” de bochófilo, o en alguna “Nippur” desteñida. Entre esos discos, debo reconocerlo, había verdadera basura.

Pero también había unos 15 vinilos de Los Beatles. Mi primer descubrimiento fue una recopilación donde venía “El dinero no puede comprarme amor (Can´t buy me love)”, “De mí para ti” (From me to you), “Ella te ama” (“SHe loves you”) y “Boleto para pasear” (“Ticket to ride”). Y debo haber pasado mis dos últimos años del primario escuchando esos discos. Mi casa era un verdadero velorio. La soledad de mi vieja, la ruina de la tienda de mi abuelo y su catarata que se volvía ceguera. Pero me bastaba con encerrarme en una pieza con el tocadisco y escuchar aquellas canciones para sentir que algo en el mundo estaba equivocado; que la verdadera vida era aquella. Que por más que “la realidad” pesara más que las canciones (y vaya que si pesaba más cuando los discos dejaban de girar) las canciones eran más importantes que la realidad. En todo caso, “la realidad” era el gran malentendido del mundo.

Las canciones y la poesía eran la razón en un mundo de locos. La Belleza era una excentricidad en un planeta donde había triunfado la fealdad. El arte era una boludez en un mundo en donde había triunfado la economía. Por esos días yo no conocía aún la gran frase de Jesús (de hecho, por esos días yo había dejado de ir a la Iglesia, y a pesar de que me siento profundamente cristiano, a la iglesia ya no pude volver). La frase decía “No se puede servir a Dios y a Mamon al mismo tiempo”. Mamon era, por cierto, uno de los dioses (o demonios) del dinero. Por eso cuando leí esa frase del evangelio, pensé automáticamente en aquellos días, en que yo era un pibito de 10 años y después de escuchar los discos salía al patio con una guitarrita de plástico a cantar que, efectivamente, el dinero no podía comprarme amor.

Luego, en primer año del secundario, descubrí la fabulosa recopilación donde venían “Don´t Let me down”, “Revolution”, “Rain”, “Hey Bulldog”… Y la primera alegría de la infancia se volvió grito y aullido. Era una felicidad mezclada con unas ganas profundad de salir al mundo a gritar. Porque era evidente que a muchos les estaba pasando lo mismo que a mí. Luego vino, por cierto “Let it be”, cuyo “lado A” (nomenclatura cuasi-incomprensible para los menores de veinte) escuché sin parar durante cuatro años.

Al final del secundario y cuando ya estaba haciendo las valijas para irme a Córdoba (o mejor dicho el bolso “Lacoste” que se había dejado mi viejo), descubrí el Álbum Blanco. Simplemente estaba ahí. Una doble carátula que lo decía nada. Sólo el nombre de Los Beatles en relieve. Y adentro, en letras doradas desteñidas, los 40 temas del “Album Blanco) (“The White Album”, junto con “The Wall”, el mejor álbum doble de la historia, según mi humilde opinión). Ahí estaban “Bungallow Bill”, “Rocky Raccon”, “Martha my dear” y el fabuloso “Guitarra, vas a llorar (“While my guitar gently weeps”). Pero la canción que más me dio vuelta la cabeza (no en el sentido de las drogas sino en el sentido de la “revolución de la conciencia”) fue “Hapiness is a warm gun” (“La Felicidad es un revólver ardiente”). No podía creer que en 2 minutos entrara un rosario de sentimientos tan amplio y fabuloso, una canción que era balada y terminaba siendo grito “punk”, cuando el “únk” todavía no existía. Esa canción me acompañaba cada día de mi vida. Y los domingos, cuando la escuchaba de madrugada, era tal el impacto espiritual que tenía que ir a la naturaleza. Y daba vueltas alrededor del Pozanjón de mi pueblo con esa melodía en la cabeza, cuando atrás cantaban las calandrias y los benteveos.

Ese año decidí que no iría a estudiar astronomía sino Letras. Y creo que los discos de Los Beatles fueron decisivos en esa elección intempestiva pero de la cual jamás me arrepentí. Acaso si hubiera sabido algún rudimento de música me habría dedicado de lleno al rock. Pero además de mis desoladas performances con la guitarrita plástica en el patio, nada sabía de música. Pero (y este es el más fabuloso de los misterios) no hay que saber música para poder sentirla. No hay que “saber rock and roll” para que el rock and roll te cambie la vida. Para que sea tu mayor revolución de la conciencia. En tiempos en que la iglesia era (y sigue siendo) pura burocracia monacal, absolutamente alejada de la vitalidad de Cristo y la escuela un “amansadero”, una máquina de fabricar ladrillos para la misma pared.

Hoy, que no me siento muy bien, que estoy enfermo y con neumonía (nada grave pero es algo que a uno le baja los decibeles de existir); hoy que no tengo demasiadas cosas que me aten a la felicidad del mundo excepto mi mujer, la mirada de mi perro y el amor de mis gatos; he vuelto a escuchar Los Beatles. Y ha vuelto a mí aquella felicidad de la adolescencia, aquel revólver ardiente que vuelve a suicidar en mi cabeza toda la estupidez del mundo.

Sólo quisiera decir (mejor dicho, ponerlo por escrito, porque lo he dicho un millón de veces): gracias John Lennon, Paul Mc Cartney, George Harrison y Ringo Star por haberme prometido, antes de haber leído los evangelios, que esta misma tarde estaré con ustedes en el paraíso.

Iván Wielikosielek

Por Iván Wielikosielek

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