La línea respondiendo a la emoción visual

Croquisando. Las líneas expresando su intención. El entorno captado y la dimensión de su sensibilidad plasmada en el papel. O en cualquier otro soporte. Así viene atrapando sentimientos, magia, a través de su visión subjetiva del objeto urbano, permitiendo de esa forma que el espectador se involucre, reconociendo ese espacio, y jugando también con la imaginación.

Alejandro Monteagudo es un arquitecto piquense que desde los inicios de la década del 90 alimenta ese ritual de conseguir, en trazos rústicos, la esencia del paisaje de diferentes lugares. El dibujo, obviamente, ha formado parte de esa caja de herramientas que dispuso para cumplir con su profesión. Es el fundamento de su trabajo profesional. Y el acto de croquisar está emparentado de forma decisiva con esa intención concreta de reflejar una realidad circundante.

Avenida Libertador, Buenos Aires.

«El soporte es lo de menos, aunque siempre me atrapó el papel, el blanco y negro, salir con mi libreta y la tinta, hasta que de pronto aparecen nuevos métodos, brindando variantes. Estoy experimentando, y tiene que ver con eso, con la cuestión de no tener prejuicios, es decir, lo que surge, se representa. Siempre va de la mano con la búsqueda de los paisajes urbanos o rurales, esta cuestión de ir reflejando cada uno de los sitios que uno va conociendo, sean ciudades increíbles, o periferias, o sitios agrestes. Eso es lo que trato de mostrar en cada uno de mis dibujos instalados en la categoría del trazado grueso, de no entrar demasiado en el detalle, donde la luz y la composición están como esbozadas. Si se le hace un zoom, se encontrarán con líneas tipo manchones, como bastante desparejas, pero cuando uno se aleja, la composición tiene esa calidad general», relató Monteagudo, abriendo la charla con El Lobo Estepario.

El color apareció con fuerza en sus últimos trabajos. Monteagudo ha utilizado los negros intensos, los grises, a veces suaves, y otras profundos. Pero el color asomó en su paleta de alternativas, en la dimensión de cuestiones digitales al servicio de la tarea. Viajar es una ocasión bastante propicia para dibujar. Depositando así la mirada ante lo que surge, generalmente desconocido. Y Alejandro es un viajero empedernido. El dibujo le ofrece, entonces, la posibilidad de conectarse con lo que ocurre, permitiéndose la capacidad de asombro ante lo que lo rodea. Ese momento de lanzarse a la aventura del dibujo realizado ahí mismo, en ese instante.

Torre Gálata, Estambul.

«Lo del color surge a través de nuevas herramientas que aparecen, que se incluyen en los soportes digitales como las tabletas con el lápiz electrónico, una combinación entre lo que uno está acostumbrado a hacer, que es el dibujo a mano alzada, y algo que es fantástico. Ahora lo uso mucho, si bien en un principio estuve bastante reticente, hasta que despertó mi curiosidad y así fui probando. Un programa que te hace bastante amable la tarea, a ese lápiz uno lo puede convertir desde tinta china hasta grafitos, aerosoles, marcadores, fibras o pinceles de todos los formatos, con el color o la textura que uno quiere. Así se superponen capas, se agranda o se minimiza, y te permite llegar a un detalle de desarrollo de una imagen pequeña o de paisajes bastante impresionistas. Y por otro lado, cuando uno quiere imprimir los trabajos, existen impresiones de todo tipo, hasta en placas de acrílico transparante, donde la imagen se resalta de una manera fantástica y adquiere una luminosidad increíble. Esto no quiere decir que reemplace a lo otro, personalmente, en lo que tiene que ver con dibujar, no me importa ni el soporte ni el medio, es decir si tengo un papel, un cuaderno cuadriculado o rayado, y un pedazo de crayón o una birome azul, y tengo ganas de dibujar, lo hago», concluyó Monteagudo.

Steindorf am Ossiacher See, Carintia, Austria.
Puente Gálata, Cuerno de Oro, Estambul.
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Autor

Raúl Bertone