«La loca de la biblioteca», un cuento de Dora Alba

La loca de la biblioteca

Entré subrepticiamente en el palacio más bello para mí, la biblioteca, sabía que no era bienvenida por aquellas dos señoras bibliotecarias, tal vez fuera por mi desastrado aspecto, vestimenta raída, zapatillas desflecadas, pelo enmarañado.

Ellas no conocían mi secreto, me decían loca, a mi realmente no me importaba, Hoy, tengo una cita impostergable, y eso era lo que me hacía desafiarlas.

Me acomodé en la silla más oculta a esperar, las partículas doradas que flotaban en el aire jugueteaban y se hacían visibles en los rayos oblicuos del sol que penetraban por los impolutos vidrios. La espera no fue mucha, lo vi allí, fue el primero, con su traje gris, su bastón y sus ojos sin vida, se repantigó en la silla sonriéndome cómplice, mientras mi emoción crecía. El segundo en llegar fue un tal Pablo Neruda, mi corazón latía, me lo habían prometido y estaban cumpliendo, pero faltaban otros que se fueron corporizando ante mis ojos, llegó Márquez con su Cien Años de Soledad a cuesta, la dulce Gabriela con su inmensa tristeza y sus poemas Balada y Desolación, Hermigway con su barba y El Viejo y el Mar, sí, llegaron todos, la ronda era inmensa, los labios de todos se movían, el aire del espacio se llenó de letras, sublimes algunas, tristes otras y también las hubo duras y dolorosas.

Siento el chistido, es la bibliotecaria.

Nunca podía acordarme de su nombre, tal vez era secuela de mi locura, solo sabía que empezaba con “M”, pero ella me trajo a la realidad, aquí la tenía, tenaz y envarada, expulsándome por romper el silencio en el templo de los libros, me levanté y mirándola con desdén me fui, ella nunca tendría el placer que yo tenía, volvería al día siguiente, mal que le pese.

Nuestras reuniones seguirían, los invitados serían otros pero el placer el mismo.

Por Dora Alba

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