La mosca que pica

Marcela, víctima de la violencia de género, decide terminar su calvario el día que su esposo golpea violentamente a su hija. Aprovechando una distracción de su marido ya acostado, le acierta un golpe de martillo que le quita la vida. Esa misma noche, personal de la policía, una asistente social y el médico forense, se complotan juntamente con el juez para dejar en libertad a Marcela. La descripción pertenece a la sinopsis de “Una mosca en marzo”, pero bien podría pertenecer a cualquiera, de hecho perteneció (con distintas circunstancias) a 295 mujeres durante sólo durante 2013. Y aunque el director del cortometraje, Pablo Frapiccini no tiene “experiencia en el tema”, sabía que “la temática sería interesante y que podría llegar a ser más que un cortometraje. Podía poner en discusión y en debate el tema nuevamente”, explica Pablo acerca de esta historia real que le contaron en una cena de amigos y la cual “me pareció interesante para ficcionar”. Es que siempre “como realizador y amante de la ficción, uno está un poco atento a ideas que pasan por la cabeza o historias que escucha”, cuenta Frapiccini, detalle que lo define como un verdadero hacedor de cine (más allá de los impedimentos de filmar en el interior), porque su ojo está entrenado, su atención y voluntad dispuesta ser un amanuense de historias, y porque su producto es bueno. Es bueno el manejo de cámaras y las texturas que se consiguieron en cuanto a los colores, como asimismo es bueno el ambiente, fundamental para este tipo de relatos y es bueno, finalmente, el “foco” que se hace sobre las gestualidades de los actores. Pablo lo explica mejor: “se buscó que el tratamiento de la imagen sea bastante contrastante. Que no llame la atención ningún vestuario, sólo el de la protagonista tiene un poco de color (mal combinado). Inclusive hay un detalle muy sutil (casi imperceptible que no hace a la historia), y es que el último botón que se prende es de otro color a los demás (rojo). Simbolizando algún forcejeo del pasado que le descoció un botón que nunca encontró y tuvo que reemplazar con lo que tenía. También simboliza la baja autoestima donde la apariencia física deja de ser importante.”

El amor al arte
El corto se estrenó días atrás en el cine Gran Pampa de nuestra ciudad y “la verdad que una sorpresa por la cantidad de gente que llego convocada, nos hemos quedado muy sorprendidos y conformes”, señaló Frapiccini. Se está hablando de un galardón así, natural y espontáneo, popular, premio a la voluntad de “hacer un cortometraje sin buscar lucrar, porque lo que más quiero es que sea visto”, y amplía sobre el destino de Una mosca en marzo: “hoy las redes sociales ayudan mucho a transcender fronteras de todo tipo. Este cortometraje lo he presentado ya en más de 16 festivales y concursos de cortometrajes del mundo que se están organizando en muchos países. En alguno de estos festivales es condicional que no esté publicado el cortometraje en plataformas online. Por eso voy a esperar hasta fin de año para publicarlo en internet. Pero la idea es que el mensaje (o el debate que genere) trascienda y eso sólo se logra haciendo masiva la proyección a través de las redes sociales”, narra sus razones este joven director que mantiene el perfil bajo más allá de este buen resultado inicial, considerando que Una mosca en marzo es sólo un cortometraje y “está lejos aún de ser cine. Insume apenas una fracción de tiempo, dinero y esfuerzo de lo que requiere hacer una película. Entonces se utiliza este formato de cortometraje que no deja de ser un ensayo de lo que algún día todo realizador sueña con hacer: Una película.” Y sin embargo Pablo todavía no sabe qué clase de película, “no lo tengo pensado” dice, pero seguramente en algún momento “empezaré a trabajar en un guión para una realización en formato de película –adelanta-. Ya aparecerá esa idea o historia que crea interesante y que merezca ser contada. Lo que sí estoy seguro que se haría con toda gente de La Pampa. Hay muchísimo talento y ganas en el ambiente de incursionar en este arte casi inexistente en nuestra provincia: la ficción. Al compartir el proyecto con los actores y personas a las que se les requería ayuda (como las locaciones) automáticamente se sumaban al proyecto al conocer la temática abordada. Fue para mí sorprendente como cada persona del equipo convocado se colocó la mochila al hombre del proyecto y puso todo. Además de las excelentes actuaciones, todo se desarrolló con un compromiso y orden que ayudó a que todo salga muy bien.”

Un tema de guión
La esencia de todo cortometraje es el ritmo que se le pueda imprimir en un tiempo tan acotado, y la dificultad radica en que la historia íntegramente debe ser desarrollada en esos pocos minutos, sin puntos sueltos. En ese sentido el guión cobra una importancia singular. Y en ese aspecto una Mosca en marzo también cierra. Frapiccini hizo hincapié en el guión, es evidente, y cuenta que “tardé varios meses en terminarlo. Quería que el cortometraje tenga un dinamismo importante y que el espectador vaya descubriendo cosas por sí mismo transcurrido los minutos. Este tipo de montaje requiere más trabajo a la hora del rodaje. Son muchísimos planos que hay que hacer en poco tiempo, porque las locaciones las tenemos disponibles una pocas horas. El guión pretendía atrapar al espectador desde el primer segundo y tener giros finales que dejen atrapada la mente hasta luego de terminado el corto.” Y allí la alusión recae sobre el título mismo, que se explica segundos antes de los títulos finales. La técnica para lograr un buen guión es la misma en el cine, en el teatro y en la literatura, y es más bien simple, se trata de “ir imaginando las expresiones y la intensidad de las palabras”, lo difícil es encontrar esas palabras. “En este caso, cada actor interpretó exactamente el espíritu de la letra al leer el guion. Prácticamente no tuve que intervenir en hacer correcciones a los actores”, detalló el realizador. Hay varios datos a tener en cuenta que realzan el valor del Corto. El elenco es uno de ellos, y se destaca que se protagonizó exclusivamente con actores locales, y más aún, “nadie tenía experiencia en filmar ficción, ni siquiera yo tengo mucha experiencia -se sincera Frapiccini-. Son actores de teatro en su mayoría así que había algunos temores. Rodar una ficción es muy diferente a una obra de teatro. Es muy cortado, el actor tiene que ir de una parte a otra del guion y meterse en el sentimiento del personaje que requiera esa toma en particular. En el teatro empieza y termina la obra. Pero no hubo problemas mayores con esto. Fue muy linda la experiencia del rodaje aunque bastante cansadora.” Pasado el rodaje, pasado el estreno, queda en todos los hacedores la felicidad de un resultado convincente, pronto a expandirse para aguijonear respecto de un tema de preocupación social y también, y quizás fundamentalmente, abrir caminos a las invenciones.
Porque es allí donde están los múltiples sueños y el hábito de soñar.

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