La próxima fiesta

Luis Matías González

La próxima fiesta

Por Luis Matías González.

Inundarse de hermosa oscuridad.
Profunda.
Con solo pequeñas claridades. De esas que están siempre (o casi) permitidas. Como redondas lunas y estrellas tan incandescentes como lejanas. O una relampagueante tormenta allá, en el fin, donde todo parece caer al abismo.
Empaparse de noche pura.
Ganarle a los miedos infundados, aquellos que nos asolan desde tiempos inmemoriales.
Atrapar las sombras con las pupilas inútilmente abiertas.
Caminar hacia la nada, guiados por nada.
Escuchar solo susurros, risas lejanas.
Noctambulear. Anochecernos iluminados por dentro.
Amigarnos con aquellos monstruos que se alojaban en nuestros dormitorios de niños cuando las penumbras caían. Sobre todo con esos que elegían la negrura mas plena, instalándose debajo de nuestras camas si es que no nos dormíamos.
¿Quién nos regaló esos miedos? ¿Quiénes quisieron quitarle a la noche su capacidad de despabilarnos de manera casi absoluta?
¿Quién la amarró con la muerte si desborda de vida, desde las tripas mismas en donde nacen los sentidos?
En los anocheceres pampeanos, como en todos los del universo, pasaron y pasan cosas que bajo la luz no sucederían.
Y recuerdo una historia que no sé si contar, porque aquellos afectados por la mala prensa la desmentirán tan rápida como rotundamente.
Bah. No importa.
Lo haré solo para intentar conquistar al menos un alma que se encuentre en el molesto límite de la duda.
Alguien escribió alguna vez, que cuando las sombras de un nuevo día se desploman en el pequeño Realicó, cuando la puerta de la Biblioteca Popular es cerrada para darle fin a la jornada y queda vacía, un espectáculo indescriptible y bello da inicio.
Duendes y fantasmas que permanecieron perfectamente ocultos se desperezan.
Y bailan, y cantan, y recitan, y lloran emocionados por Almafuerte, Bécquer o Quevedo.
Tocan en el viejo piano algún vals de Strauss o tangos de Canaro y Piazolla.
El cuadro en blanco y negro de Borges que descansa sobre una de las repisas, tartamudea algunos párrafos de La Escritura de Dios, de El Aleph.
Mientras, otros ríen con chistes obscenos en el fondo.
Viejos socios leen libros que cuando vivieron no se atrevieron a escrutar.
Y los espectros mas benévolos y jugados, borran del listado de las bibliotecarias los libros que llevaron algunos pibes para tomar como propias palabras de legendarios poetas, con el fin de enamorar a alguien que por el momento los esquiva.
Un festejo que se esfuma ni bien el crepúsculo empieza a adueñarse del paisaje.
Todo en perfecto orden, vuelve a la normalidad.
Si bien nadie pudo asegurar que la historia sea cierta, me encanta al menos tener la mínima sospecha afirmativa.
Por eso, cuando la noche me inunda, me prolongo en su abrazo, me acomodo en su alfombra.
Y antes de dormir, miro debajo de mi cama esperando que alguien, con un chistido, me llame para saltar y reír y leer y cantar hasta que amanezca, donde todos entonces nos dormiremos, esperando la próxima fiesta.

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