La publicidad y los escritores

Tardó meses en elaborar la lista de invitados. Todos los días borraba uno y añadía otro. El 28 de noviembre de 1966 Truman Capote dio la más glamorosa fiesta que recuerde Nueva York. El Hotel Plaza se llenó de celebridades, millonarios, artistas y escritores que, siguiendo las instrucciones vestían de blanco o negro y llevaban una máscara. De Frank Sinatra a Andy Warhol, todos estaban ahí marcando un hito en la historia del jet set. Afuera, un enjambre de futuros paparazis. Capote prácticamente no publicó más libros, pero en 1980 se despidió con Música para camaleones, que permitió espiar la tensión de su vida.

Parte de una generación de escritores y periodistas fascinada con llevar una vida pública, Capote fue la celebridad del grupo. No tuvo escrúpulos para moverse en un ambiente que aún hoy está vedado a escritores serios: la fama y la frivolidad. Por eso el asombro, la incredulidad y el morbo entre los círculos literarios hispanos, o entre los simples lectores, cuando la revista Hola! avisó que a los 79 años el Nobel Mario Vargas Llosa había abandonado a su mujer para iniciar una relación con la modelo Isabel Preysler, ex de Julio Iglesias.

Rostro habitual de las páginas del periodismo cultural, en el último mes el autor de Los cachorros es el protagonista de un huracán impulsado por la prensa rosa española: fotos paparazzi, rumores bien y mal intencionados, peticiones de privacidad que nadie escucha, entrevistas a hijos felices o sorprendidos, y mil opiniones con asidero o sin él, que le dan la razón al propio Vargas Llosa cuando hace tres años escribió en La civilización del espectáculo: “Los órganos de prensa contribuyen mejor que nadie a consolidar esa civilización light que ha dado a la frivolidad la supremacía que antes tuvieron las ideas y las realizaciones artísticas”.

Aunque Vargas Llosa disputó la presidencia de Perú, sus ambiciones de figuración social están en el extremo opuesto de las de Capote. Este affaire los acerca. Sitúa al peruano dentro de ese lugar escurridizo para los literatos tan naturalmente perdedores y solitarios: el éxito, la fama, las brillantes superficies del glamour pasajero. Una historia que, quizá, partió en el largo coqueteo por cartas que mantuvieron Ernest Hemingway con la actriz alemana Marlene Dietrich. Nadie llegó tan lejos como el dramaturgo Arthur Miller, que se casó con Marilyn Monroe.

ROSTROS, ÍCONOS

Aún quedaba un par de islamistas fanáticos dispuestos a matar a Salman Rushdie cuando el escritor empezó a ser víctima de los reporteros de farándula. Corría 1999, el fatwa en su contra por la novela Los versos satánicos llevaba un año suspendido, y él dejaba a su esposa para casarse con la modelo india Padma Lakshmi, 23 años menor que él y una de las favoritas del fotógrafo Helmut Newton. Tras años escondiéndose, su salto a la vida pública fue sin vacilaciones. La cacería de la prensa tuvo horas feroces, pero el escritor se dejó ver con su nueva esposa célebre en cada alfombra roja que lo invitó. Las luces nunca han sido un problema para Rushdie, que contó toda la trastienda de la relación en Joseph Anton (2012), un libro de memorias.

Todavía le sigue los pasos la prensa amarillista británica a Rushdie, pero desde que se separó de Lakshmi perdió algo del brillo necesario para habitar en el jet set internacional. De eso se trata: habitar en un mundo paralelo, más poderoso, más bello. Para algunos, se trata de ser el heredero de una fortuna, ser dueño de un palacio en Marruecos, estar casado con una actriz, asesorar a presidentes como Nicolas Sarkozy y liderar una corriente de nuevos filósofos en Francia. Ése es Bernard-Henri Lévy, un hombre acusado de “adicción a los medios”, capaz de ser al mismo tiempo un intelectual de derecha y una celebridad. “Filósofo estrella ya no es un oxímoron”, decía el diario El País.

Un filósofo como Bernard-Henri Lévy sólo es posible en un país donde las Galerías Lafayette pueden tener como cara de un aviso publicitario a un escritor: el autor de la popular novela 13,99 euros, Frédéric Beigbeder, posó en una foto a torso desnudo con una copia de La sociedad de consumo, de Jean Baudrillard, en la mano. Parte de la “izquierda caviar”, como le gusta decir, y también del elenco estable de la socialité parisina, Beigbeder contó en su libro Una novela francesa (2009) cómo la noche casi se lo tragó. Todo parte cuando es detenido por tomar cocaína en la calle. Antes de irse preso, le gritó al policía: “Nosotros no somos todo el mundo. Somos escritores”.

La publicidad y los escritores es un asunto con historia. En 1980 John Cheever fue rostro de los relojes Rolex y a inicios de este año Joan Didion apareció en una campaña de la marca de moda Céline. La gracia es que Didion tiene 80 años. Fue un eco: en los 60, mientras era parte del Nuevo Periodismo, la norteamericana, autora de El año del pensamiento mágico, cultivaba un look indiferente hoy legendario. En esos años, en ese grupo, el estilo se cuidaba. Tom Wolfe reporteaba envuelto en sus inconfundibles trajes blancos, incluso cuando en 1966 llegó al dúplex de 13 habitaciones de Manhattan de Leonard Bernstein, para presenciar el debut de los Panteras Negras en “la izquierda exquisita”. Wolfe hoy vive como una estrella: después de La hoguera de las vanidades, los adelantos que ha recibido por sus libros son inmensos: le pagaron siete millones de dólares por cada una de sus últimas dos novelas.

Para el historiador y escritor mexicano Enrique Krauze, Carlos Fuentes no era mucho más que un “guerrillero dandy”. Según José Donoso, encarnó “el lujo cosmopolita que parecía imposible de obtener desde las encerradas capitales latinoamericanas”. Cuando el boom latinoamericano conquistaba al mundo, él conquistó a la actriz estadounidense Jean Seberg en 1970. Su romance fue tórrido, entre otras cosas, porque ella estaba dañada: había sido acosada por años por el FBI por sus contactos con la izquierda y los Panteras Negras. En 1994, Fuentes le dedicó el libro Diana o la cazadora solitaria, una roman a clef en la que se preguntaba por el lugar de Seberg en su época: “¿Era distinta Diana, o era una más de esa legión de utopistas californianos, pasada, además, gracias a su marido [Romain Gary], por el alambique del sentimentalismo revolucionario francés?”.

Su paso por la vida de Seberg fue sólo una de las veces que Fuentes habitó en el jet set internacional. Al momento de morir, en 2012, en su red de amigos se contaba a Bill Clinton, Ricardo Lagos, la familia Kennedy. Otros tiempos. Tipos como Fuentes ya no existen en el imaginario cultural latinoamericano. Hoy abrazar las luces y la fama tiene altos costos para un escritor serio: la carrera literaria del peruano Jaime Bayly, que ganó el Premio Herralde con La noche es virgen, nunca fue del todo compatible con su carrera televisiva. Incansable seguidor de la farándula internacional y confesamente frívolo, Bayly fue uno de los primeros en disparar al enterarse del romance entre Vargas Llosa e Isabel Preysler.

“Él tenía una relación de amor-odio con la revista ¡Hola! Odiaba la frivolidad”, dijo Bayly en una columna. “Escribió un ensayo pesadísimo, La civilización del espectáculo, contra la frivolidad, el exhibicionismo, el entretenimiento puro, ¡y ahora sale con la reina de los corazones, con la mujer más frívola del reino de España! ¿No es genial?”

Uno sobre otro, los libros de Vargas Llosa son un monolito dedicado a la libertad del hombre y sus embates históricos. Cuando en 2012 publicó La civilización del espectáculo, avisó que estaba harto del virus del sin sentido que corroe al arte y la cultura. Como recordó Bayly, aprovechó para disparar contra la revista que hoy no lo saca de sus páginas: “Esa revista es ávidamente leída por millones de lectores en el mundo entero que lo pasan muy bien con las noticias sobre cómo se casan, descasan, recasan, visten, desvisten, se pelean, se amigan y dispensan sus millones, sus caprichos y sus gustos, disgustos y malos gustos los ricos, triunfadores y famosos de este valle de lágrimas”, añadió.

Quizás al premio Nobel 2010 le caiga pésimo atravesar por este “valle de lágrimas”. En las pocas declaraciones que ha hecho sobre el tema, ha insistido en que de su vida privada no hablará. De eso se han encargado los hijos de la pareja: “Me pareció un hombre estupendo, normal y muy educado. Mi madre está feliz”, comentó uno de los hijos de Preysler, Julio Iglesias Jr. Menos conforme, uno de los del escritor, Gonzalo Vargas Llosa, lamentó “profundamente el exhibicionismo innecesario (…) Sobre todo tratándose de una relación que nace de una infidelidad”. Tiene, eso sí, una esperanza: “Espero en todo caso que, ya que mi padre ha dado el gran salto al mundo de la beautiful people, por lo menos, use ese material para una próxima novela, escrita con mucho humor”.

Puede hacerse. Al morir, Capote dejó inconclusa Plegarias atendidas, una controvertida novela hecha de chismes y observaciones in situ de, entre otras cosas, las innumerables fiestas en que habitó. También algo hizo Rushdie en Joseph Anton: escrita en tercera persona, cuenta su decisión después de que The New York Post pusiera en portada su relación con Padma Lakshmi: “Se acabó lo de esconderse. Comería en el Balthazar, el Da Silvano y el Nobu, iría a los preestrenos y presentaciones de libros y se lo vería divirtiéndose en locales nocturnos como Mooba, donde Padma era muy conocida. Inevitablemente algunos se mofarían de él en algunos sectores por convertirse en una especie de monstruo de las fiestas”.

Nota publicada en Diario de Cultura (19 de julio 2015). Fuente: Diario La Nación

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