La torre de Hölderlin

Incómodo en el siglo XVIII, incómodo con sus contemporáneos, Friederich Hölderlin llevó su imaginación a la Grecia clásica. Lo esperaban Platón, Aristóteles, Sócrates, Diótima, sacerdotisa que fue maestra de este último y que además simbolizaba la belleza, como Helena de Troya. Absorbido por el estudio del paganismo helénico dio al mundo un libro más o menos colosal: Hyperión, que está situado en el tiempo de los mitos.
Hölderlin quiso estar allá, con los griegos. Cuando conoce a Susette Gontard, le escribe a un amigo: “encontré una ateniense”. Poco tiempo más tarde esa “ateniense” era su gran amor.
Hölderlin para entonces ya era Hölderlin, es decir, una voz altisonante en la poesía alemana. Pronto comenzaron las dificultades con Susette, y ella lo deja para siempre. El libro que le estaba escribiendo y que llevaba varios versos de poesía luminosa de pronto se oscurece, los símbolos griegos se agitaron en su sangre y se subieron a sus días. Su realidad desmejora y viaja imaginariamente, sin saberlo, a la época de Sócrates y su sacerdotisa. De pronto Susette Gontard es Diótima, de pronto Hölderlin cree que fue abandonado por un símbolo de la belleza y la inteligencia. Las páginas que siguen se refieren únicamente a ella y los títulos de las poesías se repiten como en el eco de una fiebre.
Lo que él pensó, lo que supuso después que Susette Gontard le diera olvido, es que Diótima misma le había dado olvido. Confundió los símbolos con la carne y confundió las épocas: ya no sabía dónde estaba. Después viaja a Friburgo, y allí encuentra la locura.
Desesperado y en silencio, sale al camino porque quería escuchar sus pasos. Supongo que se oiría decir: camina, eso es todo. Cuando se encuentra exhausto, hambriento, la aristocracia lo recoge para que enseñe literatura a sus hijos. Dos o tres meses el escritor permanece en tales casas, pero irremediablemente vuelve a caminar por la periferia de la realidad, hasta que un carpintero lo recoge desmayado en el vado de un río y lo lleva a su casa. Al cabo, escucha un viento que sale de la boca de Hölderlin con estas palabras: rey, príncipe, su alteza, majestad. Balbucea estas palabras luego de dormir varios días y repite estas palabras al despertar, como un mantra. El carpintero, creyéndolo dueño de una locura particular, le construye una torre de madera que simulaba la de un castillo.
Construye, sin saberlo, la Torre de Hölderlin.
El poeta entra en ella y no vuelve a salir hasta su muerte, ocurrida treinta y seis años después. Cuando la cultura alemana conoce el paradero lo visita una y otra vez, como el propio Hegel, profesores y estudiantes universitarios. El ambiente literario pasa por allí. A todos ellos Hölderlin les da las mismas palabras que al carpintero: reyes, príncipes, altezas. Después los acompaña hasta la puerta cuidando de no sacar jamás un solo pie de su torre. Luego de unos años las visitan cesan, todos comprenden y se resignan a ver a un poeta acostado en la demencia, bajo el techo de su encierro.
Fueron, como dije, treinta y seis años entre esas paredes. La escena de su imaginación se llenó de escombros, pero poco antes de morir revela que a todos les dio el título de rey porque a su lado, al lado de su desdicha, cualquier otra vida era la de un rey.
Entonces lo sabemos ahora, después de Susette Gontard, de Hölderlin quedó sólo el cuerpo, por eso cortó las avenidas que lo ataban a la especie, porque sintió que cualquier otra vida es la de un rey, porque sintió el fracaso atravesándolo como un sol; y estaba solo, tan solo, que su observación era la misma en donde estuviese: veía desiertos por todos lados.
Sabemos también que su autobiografía es más impresionante que sus libros, aún que Diótima, aún que Hyperión. Sabemos que no volvió a mirar el mundo externo y sus ojos fueron para él.
Después de todo, ¿qué había fuera suyo que no estuviera adentro y adornara el decorado de su torre?
Quizás comprendió que nada era lo que veía, y los muros del encierro crecieron a su lado, porque así debió ser, porque así debe ser. Si eran monstruos quienes lo asustaban, si eran los hombres, y si él no quería ser más un hombre, los muros de su torre fueron el mejor abrazo que este mundo puede dar. Y ése abrazo es, quizás, el que secretamente nos espera.
Ahora lo sé: la Torre de Hölderlin es el mundo, es como la sensación de dormir sabiendo que alguien está caminando por la misma habitación, pero no hay nadie. Hölderlin pudo haber sentido que el mundo está vacío salvo por una sombra, por eso se aturdía con sus propios pasos. Susette lo dejó para toda la eternidad y él entró en su torre para sentir esa eternidad, íntima e impiadosa. Creyó que la literatura es para la mayoría y no volvió a escribir. A Hölderlin le subieron paredes por el cuerpo y ya no pudo moverse.
Habrá pensado: ya siento la invisibilidad venir.
Habrá pensado: ya se cae la mampara del mundo.
Habrá pensado: voy a acostarme para que la noche aplaste, si ella cierra los ojos no estoy más.
Y entonces, Hölderlin, las bestias del sueño vinieron a buscarte.

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Autor

Eduardo Senac