Entre la Traffic y Despacito, ¿la idea es matar al arte?

Presentaron una escultura hecha con las partes de una camioneta trafic como la que hizo volar la AMIA. Esta noticia, tomada al azar entre tantas de este calibre, más el suceso mundial de Despacito, la canción de Luis Fonzi, demuestran cabalmente la decadencia humana o bien se proponen conseguirla. Si nosotros fuésemos el demonio y trazáramos un plan para tal propósito, sin dudas elegiríamos matar al arte.
El artista Tomás Espina (Buenos Aires, 1975), reconocido por sus obras realizadas con pólvora quemada, presentó en el Espacio de Arte de la AMIA una serie escultórica que conforma un abecedario, realizado con las partes de una camioneta Trafic similar a la utilizada para perpetrar el atentado terrorista de 1994, conformando una suerte de stencil casi inútil con “el que evidencia la imposibilidad del lenguaje para expresar el dolor.” Ante esta simple declaración conviene leer algún libro de Quevedo por ejemplo para encontrar que el vocabulario es vasto y alcanza, lo que no hay es abundancia de Quevedos, pero ése ya es otro problema. Algo semejante sucede con el atentado que sufre la música y la canción de Fonzi no es más que un ejemplo entre tantos.

Suicidar el alma humana
Hablábamos de ese hipotético plan, jugando un poco naturalmente. Pero veamos en qué se ha convertido hoy por hoy aquella cosa alada (como dijera Platón en referencia a la poesía) que debiera ser el territorio intermedio entre el cielo y la tierra. En literatura tenemos la proliferación de los best seller que apunta no a divisar las insondables regiones del alma humana sino el dinero. En arte tenemos movimientos como el fluxus o instalaciones como la mencionada traffic o simplemente salas vacías o con escombros, performances (que increíblemente se enseñan académicamente y el ISBA piquense está entre ellos) y que apuntan no a divisar las insondables regiones del alma humana sino el dinero. En música lo dicho y lo escuchado, melodías simplistas y groseras que incluso han pasado el límite del ridículo y del mal gusto o de la nulidad musical y que apuntan no a divisar las insondables regiones del alma humana sino el dinero.
Es evidente que en caso de existir el plan marcha muy bien. Jardiel Poncela nos dijo que “Lo vulgar es el ronquido, lo inverosímil, el sueño. La humanidad ronca, pero el artista está en la obligación de hacerla soñar o no es artista.” Y duele comprobar en qué manos se amasa el arte hoy por hoy y cómo esa estrecha relación del arte con la evolución humana y su espiritualidad queda desplazada y enterrada bajo montañas de dinero. Si quisiéramos conspirar contra el alma es buena idea comenzar matando al arte.

Una famosa escultura contemporánea
De Van Gogh a las tapas de yogurt, cajas de cartón, zapatos y cochecitos de juguete
La crítica mexicana Avelina Lesper quizás nos ayude a comprender mejor lo que está ocurriendo, en referencia puntual al arte contemporáneo y la pregunta de ¿qué quiere? “Pues quiere halagos, desconoce que la crítica no sólo puede estar a su servicio, como están acostumbrados, también puede ser transgresora. El arte contemporáneo exige que todo nos guste. Si cuestionamos el valor de sus obras y las vemos como lo que son, sus artistas, curadores y apologistas adoptan la arrogante postura de que nos falta “rigor”. La contemplación y la observación son un proceso racional, no de sumisión. El que contempla, razona y por lo tanto cuestiona. Exigir que no cuestionemos y que debemos pensar y ver las obras como ellos lo dictan vuelve a la apreciación artística un asunto dogmático y una imposición necia. Suponen que debemos por obligación sentirnos subyugados por basura: tapas de yogurt, cajas de cartón, zapatos, cochecitos de juguete, dibujos que en realidad son ejercicios escolares, no obras terminadas. La locación es irrelevante, que se encuentren en un museo como el MoMA o la Tate no cambia su situación de objetos sin valor. Si el arte es un proceso intelectual ¿Por qué se asustan de que hagamos uso de nuestra inteligencia para verlo y analizarlo?”

Sin arte estamos empobrecidos y con infinitas menores posibilidades de salir de aquí, aunque sea de a momentos, y todo los que nos queda es la vulgaridad que vemos ahora.

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