“Las alas sucias del tenis”, uno de esos libros que necesitan reeditarse

Publicada por la desaparecida Llanto de mudo, “Las alas sucias del tenis” del villamariense Fabián Clementi es en verdad uno de esos libros que necesitan reeditarse porque cuenta con buena literatura el mundo intestino del tenis profesional, del cual el propio autor participó fugazmente.
La reedición estaba pronta a suceder hasta que Diego Cortéz, titular de la editora cordobesa fallece imprevistamente dejando huérfanos a cientos de libros nacidos y por venir. Que valga, por ahora, este fragmento para asomarnos a una primera edición agotada y que espera muchedumbres.

Fabián Clementi
Fabián Clementi

Fragmento de Las alas sucias del tenis

El avión aterrizaba en Londres y yo podía ver la niebla que borroneaba los campos. Con Claudio y Gastón no decíamos ni una palabra. El clima exterior reflejaba exactamente mi clima interno. Mi cabeza estaba presionada por el exitismo y ya no había vuelta atrás. El niño que jugaba al tenis y ganaba competencias cada vez más importantes, creció; y comenzaba a alienarse en ese universo tan excitante como cruel. ¿Qué me estaba pasando? Ni el mejor de los psicólogos lo sabría explicar. Lo cierto era que mi confianza se suspendía como aquella neblina en el horizonte y yo apenas si fulguraba como una estrella opaca, una que de tan débil se dejaba raptar por un cielo rojo.
Dos horas después subimos a otro avión más pequeño y por fin descendimos en Munich. Nos pusimos en la cola de migraciones y primero pasó Claudio, que tenía el pelo largo y era la tercera vez que venía. Yo también usaba el pelo largo así que estaba atento. Un alemán con cara de alemán nos pidió los pasaportes. Gracias a los contratos de clubes alemanes, los tres habíamos conseguido visas por un año y eso pesaba. Por más que parecíamos drogones en busca de aventura, el tipo nos dejó entrar sin problemas. Al ir por los bolsos nos dimos cuenta de la ausencia de Gastón. Lo vimos a lo lejos, junto al tipo de migraciones revisándole sus cosas. Lo retuvieron varios minutos y nosotros, riéndonos, fuimos hasta la salida del aeropuerto. Entonces dos hombres se nos acercaron. Uno era Lothar, quien sería mi manager; el otro Andreas, quien me alojaría en su casa y jugaría en mi equipo. Claudio era el único que dominaba el inglés, así que traducía.
Luego de los saludos, mis compañeros comenzaron a alejarse; habían sido contratados por un club de Ebersberg, una pequeña ciudad en las afueras, y ya mismo debían partir. En ese instante se me despertó un temor nuevo. Yo estaba parado ahí, observando con los bolsos de recién llegado a mis amigos mientras la presencia de aquellos dos extraños empezaba a asfixiarme.

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