Las frases célebres de ‘El Principito’ sobre la esencia de la vida

El cuento poético más famoso de todos los tiempos, El Principito –Le Petit Prince–, vio la luz el 6 de abril de 1943, un año antes de que su autor, el escritor y aviador francés Antoine de Saint-Exupéry, despegara a bordo de un avión caza de una base aérea de Córcega para llevar a cabo un reconocimiento sobre los movimientos de las tropas alemanas en el valle del Ródano. Una misión de la que nunca regresaría.

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El desaparecido escritor, perteneciente a una familia aristocrática de Lyon venida a menos, forma parte de la larga lista de autores que jamás pudieron saborear las mieles del éxito de su obra. Traducido a más de 250 lenguas y dialectos –el más traducido de la historia después de la Biblia-, el libro narra el encuentro de un piloto perdido en medio del desierto con un pequeño príncipe que asegura que procede de otro planeta y que le cuenta sus aventuras interplanetarias.

El escritor y piloto francés Antoine Saint-Exupéry, autor de ‘Tierra de hombres’ y ‘El Principito’, nacido en 1900 y muerto en 1944 en un relámpago durante la Segunda Guerra Mundial

El escritor y piloto francés Antoine Saint-Exupéry, autor de ‘Tierra de hombres’ y ‘El Principito’, nacido en 1900 y muerto en 1944 en un relámpago durante la Segunda Guerra Mundial (Archivo LV)
El cuento, que Saint-Exupéry escribió mientras se encontraba exiliado en Estados Unidos, se publicó en plena Segunda Guerra Mundial, cuando en Europa millones de niños se estaban quedando huérfanos, desamparados, perdidos, como el mismo protagonista de la historia. Según Teresa Iribarren, profesora de los Estudios de Artes y Humanidades y directora del máster Edición Digital de la UOC, el libro invita a niños y adolescentes “a pensar que la vida también es entender que las cosas acaban, que tenemos que superar las pérdidas”.

Pero la obra es, además, un paseo por los valores universales de la humanidad, como la esperanza, el esfuerzo, el compromiso, el amor y la felicidad que aportan las pequeñas cosas de la vida. Una esencia que el escritor francés construye a través de diálogos a menudo desconcertantes para el adulto que envuelve de un halo de fantasía.

De hecho, el cuento comienza con una dedicatoria a Léon Werth (cuando era niño) y pidiendo perdón a los más pequeños por haberla dedicado “a una persona mayor”, aunque más adelante el autor argumenta: “Si todas estas excusas no son suficientes, quiero dedicar este libro al niño que este señor ha sido. Todas las personas mayores fueron primero niños. (Pero pocas lo recuerdan)”, advierte.

“Todas las personas mayores fueron primero niños. (Pero pocas lo recuerdan)”

Luego, continúa la historia con un recuerdo de niñez del aviador: una imagen de un elefante dentro de una boa en la que las personas mayores sólo veían un sombrero en vez de lo que realmente era. Pero cuando el aviador sufre una avería en el desierto del Sáhara y se encuentra con un hombrecito –el pequeño príncipe-, éste acierta ver en el dibujo “la boa cerrada”.

De esta forma la historia del aviador francés consigue plasmar la gran brecha que separa el mundo infantil y el mundo adulto, “el primero, regido por la fantasía, y el segundo, basado en la lógica”, tal como destaca la psicóloga y psicoterapeuta infanto-juvenil y familiar Amalia Gordóvil Merino. Según la psicoterapeuta, con este relato sencillo, profundo y conmovedor, el autor habla de “la necesidad de entrar en el mundo de los más pequeños escuchándolos y disfrutando con ellos”.

“Las flores son débiles. Son ingenuas. Se defienden como pueden. Se creen terribles con sus espinas…”

Antoine Saint-Exupéry
‘EL PRINCIPITO’
En este sentido Gordóvil, que también colabora con la UOC, considera que El Principito es apto para todos los públicos. El cuento explora la curiosidad natural de los más pequeños por conocer y entender las cosas que los rodean, incluso, aquellas que a los mayores pueden parecerles más insignificantes-. Y, además, intenta concienciar al lector de la necesidad de proteger al más frágil.

Así es como se desprende de este diálogo entre el aviador y el pequeño príncipe, que le pregunta para qué sirven las espinas, a lo que el primero responde:

– Las espinas no sirven para nada; son pura maldad de las flores.

– Oh!

Y después de un silencio, me dijo con una especie de rencor:

– ¡No te creo! Las flores son débiles. Son ingenuas. Se defienden como pueden. Se creen terribles con sus espinas…

A pesar de los años transcurridos desde que las dos primeras ediciones de la obra –en inglés y en francés- salieron a la venta, para Teresa Iribarren El Principito “es un clásico contemporáneo, ya que no ha perdido su vigencia”. “Leído hoy apela a la voluntad de solidaridad respecto a los demás o los animales, de custodiar nuestro entorno, la naturaleza”, sentencia.

“Si tú me domesticas, entonces tendremos necesidad el uno del otro. Tú serás para mí único en el mundo, yo seré para ti único en el mundo…”

Esto se puede ejemplificar, por ejemplo, con el encuentro entre el principito y el zorro, quien le enseña el verdadero sentido de la amistad y la esencia de las relaciones humanas. “Pero si tú me domesticas, entonces tendremos necesidad el uno del otro. Tú serás para mí único en el mundo, yo seré para ti único en el mundo…”, avisa el animal a su nuevo amigo.

Y más tarde el zorro le obsequia desvelándole un secreto: “No se ve bien sino es con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos”, le recuerda. “Para mí la idea es que es un libro que nos hace preguntarnos sobre el sentido más profundo de la vida y hace que no subestimemos a los niños en su capacidad para preguntarse cosas trascendentes”, comenta Teresa Iribarren.

“No se ve bien sino es con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos”

Sin embargo, entender este clásico de la literatura infantil y juvenil puede ser complicado para los pequeños de la casa. Es por esta razón que la psicóloga Amalia Gordóvil recomienda que los adultos ayuden a los niños a profundizar en el libro, por ejemplo, buscando dibujos que les gusten, frases bonitas e invitarlos a repetirlas cuando lo necesiten.

Por otro lado, Teresa Iribarren destaca que la obra encierre una vertiente “filosófica” –a través de un lenguaje poético- sin que esté “bajo el paraguas de ninguna confesión religiosa”, lo cual también explicaría que sea “válida para todas las culturas”. A esto se le suma el hecho de que el texto va acompañado por imágenes pintadas por el propio autor.

En conclusión, para la profesora es un libro que “apela a la imaginación, a la inteligencia y al sentido crítico de los niños”, a la vez que es “una invitación para que los adultos se interroguen sobre las cosas más fundamentales y vayan más allá de las apariencias”.

A continuación recordamos otras de las frases más célebres de la obra El Principito:

– Me pregunto si las estrellas se iluminan con el fin de que algún día, cada uno pueda encontrar la suya

– Únicamente los niños saben lo que buscan. Pierden el tiempo con una muñeca de trapo que viene a ser lo más importante para ellos y si se la quitan, lloran…

– El tiempo que perdiste con tu rosa hace que tu rosa sea tan importante

– Eres responsable para siempre de lo que has domesticado

– Lo que embellece al desierto es que esconde un pozo en cualquier parte

– Las personas mayores nunca son capaces de comprender las cosas por sí mismas, y es muy aburrido para los niños tener que darles una y otra vez explicaciones

– Los hombres ocupan muy poco lugar sobre la Tierra… Las personas mayores no les creerán, seguramente, pues siempre se imaginan que ocupan mucho sitio

“El libro apela a la imaginación, a la inteligencia y al sentido crítico de los niños”

Fuente: La Vanguardia

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