Lectores imposibles

Los textos no podrían escribirse sin la idea de alguien que los lea. Umberto Eco teorizó sobre esta idea y publicó «Lector in fabula» en 1979. Resulta que, avanzado el siglo XXI, esta virtud de los textos de completarse con la idea que el autor se haga del lector está borroneada por unas nuevas formas de lectura. Y como todo se trata de un eterno ida y vuelta, si cambian las lecturas, cambian las literaturas. Si cambian los lectores, cambian los autores. Y viceversa.

Mañana termina la séptima edición de Filba Internacional, festival de literatura que se realiza todos los años en tres ciudades -Buenos Aires, Montevideo y Santiago de Chile-, con invitados de todo el mundo, que busca incluir a la mayor cantidad de lectores en una discusión inteligente y placentera sobre la actualidad de la literatura. Esta vez los autores y temáticas discurrieron en torno a la literatura del futuro a partir de los nuevos modos de lectura.

A propósito, va este texto empezado muchas veces y escasamente leído:

«No voy a empezar escribiendo sobre mi estado de ánimo, cómo me siento, ni qué estoy pensando. Pasé diez horas de este feriado 25 de noviembre de 2013 pendiente de la pantalla de la computadora, por eso, tomarme este atrevimiento de escribir en la parte de atrás de un currículum que vaya a saber por qué motivo nunca entregué, con una lapicera que pronto se queda sin tinta…
(Hubo una interrupción. Luego de lo anterior debí pasar una hora más delante de la pantalla. No terminé de corregir. Hoy es 26 y llueve.)
Fue un desliz, un necesario desliz atrevido, me refiero al hecho de escribir en manuscrita en estas hojas amarillentas.
Hace años, más de diez, en esta misma cocina estaba sola, y llovía como ahora. Y también quería escribir. El intento debe estar registrado en un papel más amarronado que este, aplastado en un cajón, porque no soy de tirar esas cosas. Pero ahora tengo más historia por contar y menos tiempo.
Me cuesta continuar escribiendo. Hoy es el día siguiente. La vida se llenó de interrupciones. A mí me pasa, al menos. Pero también supongo que le puede ocurrir a cualquier lector. Y por lo tanto, mi intento de escribir implica no sólo lidiar con las propias, sino con las interrupciones de los lectores aleatorios y desconocidos de este texto.
Ese es un obstáculo epistemológico de estas epístolas trascendentes, o que apuntan a serlo; los lectores imaginarios. Puedo escribir como avalancha si no me hiciera la idea de quién puede leerme. Puedo decir cualquier cosa, ser incoherente, brutal, abusiva. Aunque paradójicamente esa idea (la imagen que me hago de mi lector) es la que me permite la fluidez de la escritura. Necesito imaginarlos en un sitio entendiéndome, relacionando estas palabras con otras, con algo que alguna vez pensaron. Pero ahora no se quedan en ese sitio, son fluctuantes y superfluos, como si se perdieran entre otras palabras, como si las palabras que aún no escribí contribuyeran a la confusión general de sus vidas. Interrumpidos. Pienso que aquel que por algún motivo me lea, no tiene tiempo de hacerlo. Tampoco encuentra un lugar. Se va continuamente. Cambia de pantalla. Desaparece.
Hace bastante que dejé de escribir como acto de entrega de algo mío al mundo, ya sea porque los trabajos que he tenido (todos relacionados a las palabras) me interrumpían la tarea o porque los hábitos que generé con el uso de herramientas virtuales me han dispersado, borroneado y maltratado las ideas, entre ellas la del lector que yo tenía. Y que tenía, por ejemplo, cuando hace diez años, en esta misma cocina, quería escribir algo que no hubiera sido dicho y la mirada se me eternizaba en la persiana y el papel seguía sin completarse.
Los lectores han cambiado. Además de haber cambiado mi idea de ellos (en este caso de ustedes). Los lectores pueden rebelarse, pueden estar ausentes, puede que en absoluto tengan intenciones de leerme. Y esa es mi calle que no sigue, mi muro, que no es temor a la hoja en blanco que precisamente no es blanco. Por eso no sigo. (Paradoja: se puede escribir en los muros).

Pero ahora que encuentro estas hojas sueltas debajo de carpetas y libros siempre por terminar de leer, y que además estoy sola en la cocina, voy a continuar con la idea, porque me ha acompañado durante este tiempo, se ha reelaborado, y ojalá salga como hilo del vellón. “Ojalá” digo por ustedes, por si acaso están, para que puedan entender. Aclaro: ya pasaron seis meses desde el primer renglón de este borrador mantecoso. (Tan lindo es escribir sobre papel en manuscrita, tan lindo… la birome se mueve casi sola, una amable directriz, como el invisible hilo de las marionetas, mueve mi mano de izquierda a derecha, de izquierda a derecha).
Decía que el lector imaginario, aquel que entiende y sigue el texto, que encuentra las lanas entrelazadas, las de las primeras palabras y las consecutivas, es un imposible en esta era interrumpida. El pensamiento se ha fragmentado, no ya como el montón de espejos rotos que dijera Borges que éramos. Los espejos se han convertido en otra cosa que ya no tiene la virtud del vidrio, capaz de romperse y cortar un dedo.
Se desprendió el reflejo. Reflejos que andan solos sin cuerpo de sustento. Tan móviles y atractivos los reflejos, tentación de todos tener uno o varios que hagan de ellos. Que hablen de ellos cuando no están.
Este es el problema, más que nada, perdí a los lectores entre sus reflejos. Se han vuelto transparentes, dicen, se han salido de los cuerpos. Sus reflejos hablan en todas partes, se multiplican y se interconectan, los reflejos no continúan ninguna línea imaginaria, no tienen punto de referencia, se han desprendido, ya lo dije, del cuerpo tangible que los sustentaba y los hacía imaginables. Las palabras se les pierden en la levedad de sus apariciones, al mismo tiempo que otro espejo, que abarca a todos, simula eternizarlas.
Sigo escribiendo por la necesidad de explicarme a mí misma todo esto. Mientras mi mano vaya al ritmo de un marionetista invisible que es mi propio pensamiento puedo hacerlo, aunque temo también perderme entre los reflejos.
Me niego a escribirle a apariencias, a apariciones de conciencias, valgan las palabras en su juego. Me niego, en fin, a no tener un lector concreto de principio a fin. Como si no pudiera dirigirme a la inmaterialidad y a la fragmentación al mismo tiempo. No quiero, tampoco quiero, que algún veloz intérprete me lea por fragmentos y se rompa el hilo hilado. Ese es mi obstáculo, lo había dicho, no es temor a escribir. Es la desfiguración de los lectores, a los que “aparentemente” conozco. ¿A quién ofrecerle esta madeja de pensamientos de una sola hebra? ¡Qué palabra antigua “hebra”! Las palabras se hacen antiguas cuando dejan de usarse, como estas hojas y esta letra manuscrita y el sentido que encierran si no encuentran a los lectores que yo temo de antemano haber perdido.
Porque amén de ser imaginarios, ideales, aguzados y entendidos, tenían algo de imperfectos, distraídos y un sustento personal indisociable. Como todos los mortales. Mis lectores imaginarios sabían qué cosas no les gustaban y eso era determinante en mi literatura. Por eso la hoja en blanco varias veces y la vista perdida buscando los sentidos que no desagradaran. A estas imágenes, en cambio, las conforma cualquier argumento falaz e inverosímil. Los reflejos fragmentados no discriminan, se gustan mutuamente sin enamorarse, se intercambian apariencias.
Este texto no avanza porque espera a aquellos ilustres preguntones, buscadores de coherencia, que ahora son banales y heteróclitos, con falta de tiempo y de memoria.
Perdonen mi pretenciosidad (Oh! Ustedes!) me olvidaba. Si es que siguen descifrando línea tras línea las significaciones de este escrito. No quiero subestimarlos o juzgarlos si estuvieran haciendo cosas más interesantes que tratar de comprender este meollo de cuestiones. Es que este texto, justamente, cuestiona la virtualidad de sus presencias.
Dicho de otro modo: son tan virtualemente presentes en mi realidad que se volvieron realmente ausentes en mi imaginación. El hecho de que yo vea lo que aparentan que les gusta, que simulan que dicen, que hacen o que piensan, le quita el misterio a lo que eran cuando yo no podía comprobar qué les gustaba, qué pensaban, qué decían. Y todos esos verbos irían en condicional indicativo también. Así los necesitaba y/o necesitaría. Por más que imaginarios, reales.
Bueno, la historia que tenía por contar se me deshizo entre los lectores que no imaginé. Entre ustedes que no son. Sumado a que esta es la última parte de la última hoja amarillenta que me queda. Hoy es 7 del 7 de 2014. Y no puedo imaginar por qué motivo, si usted llegó hasta acá, siguió leyéndome.»

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Autor

Yamila Juan

Soy licenciada en Comunicación Social, título que nadie tiene idea para qué sirve, lo cual me complace mucho. No tengo libros publicados. Doy clases de lengua y literatura sin ser docente y en la escuela aliento a los chicos a que escriban y se equivoquen (porque temo que salen sin saber escribir y creyendo que están en lo cierto). Ando en bicicleta.