Un libro, dos iglesias y tres veces el mismo viento

Un libro, dos iglesias y tres veces el mismo viento

Hace unos días, clasificando libros en la biblioteca donde trabajo, dí con esta “Nueva historia eclesiástica argentina”. Y lo primero que vi en la ilustración de tapa fue la iglesia de mi pueblo. Es obvio que esa pintura no era la Capilla de San José sino la iglesia de Santa Catalina; aquella que en el siglo dieciocho levantó la Compañía Jesuítica cerca de Jesús María y que sirvió de inspiración a la de mi pueblo. Como quiera que sea, fotografié inmediatamente la tapa de aquel lbro; pensando si en Ballesteros habría un ángulo parecido al que tomó el pintor para documentar ese paralelismo. Sin embargo, luego me quedé pensando en otra cosa. En el modo absolutamente “condicionado” en que percibimos la realidad y cómo ese “condicionamiento” proviene de nuestras vivencias primordiales.

La iglesia San José de mi pueblo es, sin dudas, una copia de la de Santa Catalina, que a su vez es una copia de las iglesias románicas españolas y que a su vez son una copia de viejos templos romanos, esos que a su vez tomaron su diseño del modelo griego y así hasta llegar a Babilonia, Egipto, Asiria y los “zigurats” sumerios. Sin embargo, la Iglesia de San José de Ballesteros siempre será para mí “el original”. Y las otras, por más que sean sus antepasados y precedentes, a mi percepción llegaron mucho tiempo después. Lo mismo me pasó de chico con mi padre; quien para mí era “el primer hombre de la especie”; aún sabiendo que él era hijo de otro hombre (es decir, de mi abuelo) y así hasta remontarse a Adán y el paraíso perdido.

Vivimos cruzados de originales y copias pero lo que importa es quién nos configuró “la casa de la percepción”, esa en la que vive el alma. Y poco importa si quien lo hizo fue un original o una copia. Es a ese “configurador” a quien le debemos nuestra identidad más profunda, nuestro modo de ser y conocer, nuestra manera de existir y percibir el mundo.

En arquitectura, estos olvidos y coincidencias son materia de cada día. El Obelisco, símbolo ineludible de Buenos Aires, es fotocopia imperfecta de los obeliscos egipcios, aquellos en donde los faraones grababan sus mensajes para la eternidad. Acaso los obeliscos egipcios sean copias de otro arquetipo perdido y olvidado. Pero eso no le importará demasiado a un porteño, para el cual el Obelisco siempre será “el” Obelisco.

Por cierto que hace unas horas encontré en el Bulevar Roque Sáenz Peña de Ballesteros un ángulo bastante parecido al de la tapa del libro aquel (aunque sospecho que el pintor estaba subido a un techo). Y desde la vereda del frente saqué esta foto, con un tremendo viento sur en la cara que despeinaba mi cabeza.

Pienso que tanto el ADN de un hombre como su concepción más personal del universo se configuran a partir de la experiencia más íntima de su casa. El macrocosmos y el microcosmos aparecen tras el modo de percibirla puertas adentro o de “obviarla” puertas afuera, que es lo que sucede cuando miramos por la ventana. Y yo sólo puedo entender los “zigurats” sumerios a partir de la Iglesia de San José, la dinastía de Adán a partir de saberme hijo de mi padre, y todo el viento del desierto y el Paráclito que mandará el Esp´ritu Santo; a partir del viento sur que, desde los viejos días de infancia, sigue soplando en las calles de mi pueblo.

Iván Wielikosielek
Por Iván WielikosieleK

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