“¡Bajo los adoquines seguirán estando las playas!”

Hoy más que nunca la pintada poética “Sous les pavés, la plage” resulta a todas luces un postulado de orden científico. Cuando en apenas unos cursos académicos ya estará consumada la Convergencia Europea cualquier intervención filosófica que haga suya la metodología de la sospecha para salirse a martillazos del imperante molde academicista nos dará algunas pruebas fehacientes de que todavía es posible el derecho universal a la utopía: “bajo el peso ministerial de los adoquines de Bolonia, aún permanece la naturaleza de las playas en Canarias”.

Y es que ya han pasado muchas páginas en el libro abierto de nuestro tiempo de vida compartida, desde aquel mayo parisino cuando Sartre dijo para los anales filosóficos del movimiento estudiantil que la juventud amplió el “horizonte del campo de lo posible” mientras en las calles se detuvieron los campanarios para un nuevo calendario tras la ocupación del Odeón y los gendarmes avasallaban el Barrio Latino liberado fugazmente por aquella generación que internacionalizó la primavera, aunque ya advertía André Glucksmann que “la revolución de mayo sólo existía en los libros de estampas y que las barricadas, antes que una fortaleza militar eran los elementos de un test”.

Para entonces, los telediarios emitieron imágenes de los universitarios de Berkeley que desfloraban sus gargantas contra la guerra imperialista de Vietnam, los “black panthers” rememoraban al atleta Jesse Owens sobre el podium olímpico con el puño del orgullo afroamericano todavía cautivo en la prisión de Mumia Abu Jamal y todo el mundo contemplaría con estupefacción el resultado de otro 1968 aciago entre ráfagas de ametralladora que multiplicaron la muerte en la Plaza de Tlatelolco.

Así fue que los teóricos de la izquierda conjeturaban nuevamente sobre el sujeto revolucionario preconizado por Marx que ya no residía en la abstracción metafísica de un proletariado con una conciencia de clase a punto de caramelo, ni tampoco en la vanguardia del partido que orientaba con despotismo ilustrado a la masa analfabeta, ahora los ejemplos de rebeldía estaban jalonados por el ímpetu guerrillero de Ernesto Che Guevara en su itinerario tricontinental y la figura legendaria de Lumumba para la emancipación de una África irredenta. Tan siquiera la CIA había previsto en los años dorados de su caza de brujas que iban a surgir sobre el puzzle mundial las llamas de liberación para la esperanza de los desposeídos, aunque fueran cortadas las manos del chileno Víctor Jara no cesarían de sonar las voces que reclamaban el protagonismo de su propia historia con los renovados aires del sur las playas del paraíso perdido renacían sobre los pesados adoquines de una civilización extraviada.

El movimiento estudiantil había destapado el tarro de las esencias liberadoras ante los dogmas revelados de cualquier escatología futura, la sentada del estudiante chino frente a los tanques del estado militarista que destilaba sangre en Tiananmen había culminado un debate que estuvo catapultado hasta el exilio estadounidense de Marcuse, que llamó la atención sobre un concepto de imaginación que servía como válvula de escape ante la racionalidad unidimensional y las represiones del sistema que administraba la felicidad entre las ofertas de un supermercado.

Precisamente, la imaginación arrebatada a la industria de Walt Disney fue un claro precedente de la espontaneidad que desafiaba al rancio pragmatismo de la socialdemocracia y los excesos mecanicistas del comunismo tachado a la antigua que fue incapaz de ver más allá de sus propias narices.

Y es que, para quienes conformamos la generación crecida frente al menú de televisiones privadas y bajo el amparo doctrinal de la Constitución de 1978, la historia oficial nos cuenta en clave mitológica que la transición democrática sobrevino gracias al providencial diagnóstico de una peritonitis.

En estos momentos inciertos con repetidos ciclos de desmovilización, la reclamada memoria histórica parece difuminarse como una ley con bajas aspiraciones de cumplimentar los libros de bachillerato, donde las huelgas obreras y la lucha clandestina librada desde las universidades son resumidas en el formato familiar de la pequeña pantalla con éxitos de audiencia. Desde luego que los defensores de los valores contestatarios del movimiento estudiantil con prematura edad dejamos de tener fe en los reyes magos, así que tal como se ha demostrado en cada época de sobresaltos en las aulas, nuestros derechos siempre fueron reivindicados con unas constantes históricas que dieron al conjunto de cada pronunciamiento estudiantil una morfología de interés transformador ya que la puesta en práctica de sus corolarios organizativos dieron hasta resultados matemáticos.

Véase pues que tras la guerra fría con la caída del muro de Berlín ha surgido un cambio de paradigmas constatado más allá de las enciclopedias que citan necrológicamente los procesos de descolonización, con el decline del estalinismo soviético y el triunfo del capitalismo multinacional se han abierto las vías de un novísimo proceso de resistencia global que de cara al mapamundi internacional incorpora las coordenadas clásicas de movimientos sociales junto a las experiencias enriquecidas de la participación juvenil con la “respuesta en redes” de actuación mundial contra la globalización neoliberal, todo un crisol de resistencias que sostienen a estas horas “Otro mundo posible” frente a las embajadas del Mcdonald: los menús de fast food son ofertados tanto sobre los adoquines como sobre las playas.

Ya dijo Brecht que no son buenos tiempos para la lírica, los yankis tienen sondas espaciales rumbo de Marte, ninguno de nosotros estuvo atrincherado con los partisanos, tampoco desfilamos en lucha con las brigadas antifascistas y las milicianas libertarias que dinamitaron el machismo de la propia revolución, no fuimos testigos de los preparativos para la insurgencia indígena de Chiapas y todavía estamos dando pasitos junto a las tortugas antiglobalización de Seattle, pero si nos concentramos en el cruce de un puente hacia el territorio ideal del imaginario juvenil, podríamos visualizar los ideales teóricos y las experiencias prácticas asumidas por el movimiento estudiantil en su particular desarrollo histórico desde el afamado Mayo del 68, aunque mucho antes de la efeméride preferida de nuestros progenitores tenemos constancia de que las reformas educativas de Córdoba (Argentina) en 1918 ya supusieron con otros episodios de resonancia mundial una influencia externa que tuvo influjo en la decrépita educación de la España de “charanga y panderetas” eternizada por Machado.

Durante el transcurso de las modernizaciones en el tablero de ajedrez del siglo XX, el movimiento estudiantil se ha perfilado como una fuerza de signo democrático que notició Julio Cortázar con la metáfora de un “puñado de pájaros que desafiaban a los dragones escolásticos”, sobresaliendo con personalidad propia en los capítulos más determinantes de muchas naciones, donde la puesta en escena de cada proclama reivindicativa coreada con entusiasmo por la juventud ha surgido como el efecto de las coyunturas sociopolíticas de cada país, no siendo pocos los ejemplos históricos de un derrocamiento de gobiernos totalitarios por la desestabilización llevada a la calle desde las aulas. Así de esta forma, la articulación social en las universidades de la travesía estudiantil ha tenido un decurso heterogéneo y discontinuo, marcado por los factores de la renovación generacional y la diseminación territorial de cada espacio geográfico, pero ante las barreras formales que debilitaron su proyección real en cada sociedad, siempre la resurrección se dio mediante el detonante natural de un malestar ante los dogmas de autoridad que han irradiado secularmente una forma de combustión para la atmósfera de los centros educativos que incorporaban una población juvenil cualificada según las estadísticas puestas de moda por la sociología.

Casi por las reglas lógicas, los estudiantes han estado fuera de la esfera productiva de manera virtual, pero aglutinando la potencialidad crítica de su discurso frente a los problemas generales fue capaz de realizar una inversión del tiempo lineal académico en un tiempo horizontal donde las orillas de las playas ensanchan las posibilidades del presente y los pétreos adoquines sólo indican un sentido unilateral del futuro.

Y es que a la pregunta de ¿Qué es el movimiento estudiantil?, interrogante por lo demás típicamente infantil, daríamos por respuesta evidente la famosa frase griega de que “el movimiento se demuestra andando”: ¿quién no ha experimentado la participación vertiginosa en una huelga?,¿cuántos de nosotros no hemos sentido la impotencia de no poder decidir acerca de nuestro futuro?. La génesis del movimiento estudiantil radica en todo momento donde queda roto el curso ordinario del calendario y por la unidad consciente de su fuerza centrífuga son concretadas las posibilidades de una intervención sobre la realidad que es percibida como una totalidad a partir del cuestionamiento del poder establecido la prensa, el ejército, la banca, la religión y el Estado se convierten en la diana simbólica de los adoquines, mientras que la libertad de expresión y el derecho de educación inauguran el horizonte real de las playas.

El inventario de pancartas del movimiento estudiantil hace que el sistema quede al descubierto con sus contradicciones antes bien maquilladas por nuestra adaptación de colegiales, la toma de conciencia política ya está en marcha con el comienzo de cada asamblea, la organización de la protesta establece como parrilla de salida el intercambio de la comunicación y la participación en las movilizaciones ya se torna como una experiencia comunitaria que dará pie a nuevas fórmulas de socialización antes desconocidas por las leyes selváticas que sostienen el stablishment.

Entonces, la capacidad de invención que ha sido llevada hasta unos extremos insospechados como demuestran las experiencias de la UNAM (México, 2000) facilitará la multiplicación de vivencias compartidas con la realización de acciones reivindicativas que desatarán los nudos del horario lectivo para ofrecernos una inmersión distinta en la ciudad descubierta ahora en carne viva por los pitos que pulverizarán instantáneamente las barreras impuestas para la ilusión engañosa que distancia los pupitres de estudio y los puestos de trabajo y abran bien los ojos porque esto es el movimiento estudiantil: de nuevo la utopía fértil de las playas renace bajo el imperio artificial de los adoquines.

¿Alguien se ha quedado atrás? La juventud no tiene fechas de caducidad, todos nos haremos viejos por la lógica biológica que opera como un rodillo, pero a nadie le resultará imposible desvelarse otra vez ante el perfume creativo de las manualidades y ponerse en guardia con los nervios rotos por la memorización de las tablas de multiplicación, por ello nadie será incapaz de retomar la tensión dialéctica de las asambleas y arrojarse en los prolegómenos agitadores de una manifestación para que nuestras intervenciones filosóficas no se consuelen con los castillos de arena fabricados en las playas y no se acomoden a la seguridad civilizada de los adoquines.

Con todo lo sugerido, retroceder con un poco de remembranza literaria de la mano de Marcel Proust a la temprana inocencia gracias al sabor de una merienda en el recreo y redescubrir el mundo liberados de la costumbre con tuercas que nos ha servido para insensibilizarnos a la barbarie diaria de las guerras, nos pondría en la disposición de una apertura comprensiva para neutralizar por momentos, tal como nos avisa Raul Vaneigem, aquellos “esquemas rígidos que la escuela impuso en nuestra manera de ver el mundo con su reglamentación carcelaria de la vida”.

¿Se acuerdan de los dictados en lengua española como anticipo de nuestros futuros exámenes tras las clases magistrales en la universidad?

Tal vez no haya mejor remedio para los males de nuestra juventud que redoblar los tambores de protesta frente a las causas negativas que deshumanizan la sociedad como un grotesco espectáculo ya descrito por Guy Debord, donde las relaciones entre personas están mediatizadas violentamente por imágenes comerciales que colonizan la vida cotidiana convertida en una sombra chinesca de sí misma: sobre los adoquines de la ciudad todo es transformado en piedra y las playas aparecen reducidas a la propaganda turística.

Volviendo a poner en tela de juicio el uso del tiempo que es impuesto a través de la división de las asignaturas en el horario de cada curso y el adoctrinamiento formativo con la especialización del saber y la producción repetitiva del conocimiento bajo los dogmas del examen, podríamos desenmascarar las artimañas con que los organismos del Estado diseñan el sistema educativo bajo legalidades consuetudinarias, aparentemente inofensivas por los preceptos del bien común y el interés general que tanta tinta derramaron desde los best-sellers de Hobbes y Rousseau, pero de una manipuladora ingeniería fabril ya que cada estudiante nombrado por sus apellidos en la lista de clase queda signado como un recipiente de alma y cuerpo, supuestamente libre y autónomo cuando alcance la mayoría de edad ilustrada esbozada por Kant.

A estas alturas, sabemos que no hemos venido de París en cigüeñas, asaltemos todas las bibliotecas para desempolvar los avances filosóficos pues si es posible aún descifrarlos como un progreso nos servirían para denunciar los idealismos que ocultan el hecho de que toda persona humana está construida socialmente y su mundo de vida está sujeto a las tenazas ideológicas de todo sistema que reproduce hasta el infinito las verdades encostradas que repudiaron a Nietzsche en su embate contra la moral, al igual que desde la semiótica social de Bajtin hasta las novedades de la teoría queer: los adoquines sobre el terrero de la lucha de clases son el propio lenguaje y la transgresión de las convenciones de género es posible en la desnudez de las playas.

Estas apreciaciones críticas que de nuevo quieren cambiar la vida como los viejas consignas del surrealismo ponen también en evidencia otro de los malestares tradicionales del movimiento estudiantil, a saber: la sujeción pasiva a las directrices del profesorado, los lastres pedagógicos de las cátedras vitalicias y el ejército de funcionarios por oposición que amparados en la figura autoritaria del docente multiplican los estigmas de todo evangelio, con salvadas excepciones de sectores sindicales que defienden la educación pública desde los postulados de la izquierda, aunque esta es otra historia de edades más allá de los adoquines y de las playas.

Si preguntásemos a nuestros abuelos sobre las escuelas del pasado y observamos alrededor nuestra con el detectivesco soporte de unos rayos ultrarrojos, veremos como los crucifijos del catolicismo franquista que tanto daño ejecutaron con su moralina vencedora en la mentalidad de generaciones precedentes, aún persisten en unas aulas informatizadas que mantienen el velo supersticioso ante la oscuridad de lo pasado y el reino mediocre de lo consumible sobre los adoquines se levanta la historia de los vencedores y bajo las playas se oculta la historia de los vencidos.

El movimiento estudiantil ya hemos insinuado que parte de unas condiciones peculiares en los entornos de la educación, enfrentándose en su desenvolvimiento a etapas cronológicas de auges y declives, desde los pasillos de los institutos públicos hasta las facultades universitarias su aparición está muchas veces provocada como un pulso generacional ante los atropellos de nuestros derechos colectivos por el modelo de enseñanza, tal como se refleja en las diferentes épocas de movilización frente a reformas gubernamentales ejemplificadas en la sopa de letras (LAU, LRU, LOGSE, LOU, LOE) y otras veces su impulso particular queda proyectado hacia las sinrazones globales que a lo largo de las décadas han conformado nuestros más encarnizados obstáculos: los Numerus Clausus y la Selectividad como unas barreras impuestas al derecho universal de la educación, las clásicas carencias de representatividad en los órganos de gobierno, los recortes en los presupuestos públicos y de inversión para las infraestructuras educativas, la subida de tasas académicas que encarecen la enseñanza superior y la privatización de la educación entre las garras sin escrúpulos de lobbys económicos y empresas multinacionales, toda una serie de problemas estructurales que han sido interiorizados en el seno histórico del movimiento estudiantil como unas cuestiones de base programática para los sectores más politizados del estudiantado en general desde ahora los adoquines son una eficaz arma ofensiva y las playas un desértico espacio de mutismo.

Volviendo la vista atrás, podemos también hacer transparente con nuestro zambullido por la historia convulsa de las últimas décadas, el propio modus operandi del movimiento estudiantil donde se pueden evidenciar las complejas fricciones da la actividad política, con la reivindicación de la transparencia democrática en la toma de decisiones frente al oscuro estatismo jerárquico de los esquemas delegados de representatividad que arrastran desde muy lejos la esclerosis múltiple de la democracia burguesa.

Al igual que en las moquetas de las instituciones públicas, se han vivido las nocivas transformaciones provocadas por la estetización banal de toda política, con unos parámetros democráticos rebajados a los escuetos parangones de las urnas, con unos altos índices de abstención que evidencian en general el grado profundo de apatía en la mayoría silenciosa del alumnado universitario y el contraste llamativo de unos cuadros minoritarios que de forma camaleónica aspiran a controlar focos de movilidad para la autopromoción personal electoralista en carreras políticas de partidos hegemónicos, además de la variante revolucionaria de las minorías concienciadas que desenvuelven sus estrategias de captación con ideologías críticas y alternativas, desde la pluralidad de la izquierda con las demandas de justicia social y solidaridad internacional hasta los nacionalismos diferenciales que reclaman justamente la pervivencia de sus lenguas y el derecho de autodeterminación como una forma de soberanía democrática donde cada pueblo decide libremente su destino.

Para los devotos de las frías estadísticas y los demás estudiosos de lo social, otra de las facetas más relevantes del movimiento estudiantil son los registros simbólicos que a nivel epistemológico brindan un rico caudal de fenómenos históricos que tomados como objeto de estudio ofrecen referencias antropológicas de interesantes contenidos sociopolíticos, y que descifrados sin necesidad de bisturís darán una serie de pistas interpretativas sobre el cruce de intereses de clase en cada realidad social.

Por la naturaleza epidérmica de su propio funcionamiento, el movimiento estudiantil aparece en la escena de la historia contemporánea como una expresión más de los nuevos movimientos sociales que estaban superando las tesis tradicionales de la izquierda y enriqueciendo la radiografía de la sociedad post industrial, pues con el paso del tiempo contabilizado digitalmente por nuevas tecnologías, la participación juvenil a pesar de las dificultades añadidas sobre las identidades generacionales, ha seguido forjando la historiografía moderna, sea por las desapariciones en dictaduras latinoamericanas, sea empuñando las armas en la guerras fraticidas de África, ya sea propiciando la sublevación popular en los conflictos de Oriente Medio y Asia.

Esta prolongación del movimiento estudiantil se vislumbra históricamente en el auge de la insumisión contra los ejércitos profesionales y el pacifismo frente a la carrera armamentística y las guerras culminadas en Irak, los movimientos feministas que cuestionan los lastres del hetero-patriarcado dominante y las desigualdades de género que resultan inherentes a las estructuras sociales del poder, así como los tipos de ecologismo que sensibilizan cada vez más a la ciudadanía sobre el deterioro de la calidad de vida por el desarrollismo industrial y los atentados sobre el medio ambiente a gran escala.

Toda una serie de discursos emergentes que se introdujeron en la permeabilidad del movimiento estudiantil con sus particulares estelas ideológicas, generándose un espacio de retroalimentación que en el futuro daría con el actual movimiento antiglobalización, que ya de por sí tenía sus semillas en el dinamismo crítico que amplificaba directamente cada denuncia estudiantil hacia todas las injusticias sociales en el orbe internacional.

Además de estos datos aproximativos, la incorporación masiva de alumnado a las universidades con el proceso de democratización facilitó que la ubicación en la sociedad de la universidad pública fuese un referente de compromiso con el progreso, sirviendo así de baluarte simbólico para la sintonización solidaria con las demás causas de lucha localizadas en el seno de una sociedad. Aunque también hay que decir lejos de todo romanticismo, que en los tiempos presentes la elitización de la educación superior está modificando genéticamente el estatus de la universidad convertida en una verdadera empresa que administra la formación del capital humano y reproduce en sus pieles el librecambismo más agresivo para menoscabo de nuestra anhelada autonomía universitaria.

Desde luego que no hace falta poner sobre la mesa las cuantiosas pruebas sobre las atrocidades cometidas hacia la vulnerabilidad del estudiantado, que hasta día de hoy suele criminalizarse por complejas estrategias de linchamiento, pero sí podemos extrapolar el fuerte sentido de solidaridad que hace que en las pizarras de todo el mundo fueran garabateadas las protestas de toda latitud para una internacionalización del movimiento estudiantil que hace de la juventud un ideal para la rebeldía.

En esta cuenta atrás para el Plan Bolonia, el movimiento estudiantil está siendo afectado por el fenómeno competitivo de las orlas y la perpetuación de la mimosería de las guarderías hasta edades avanzadas, algo que está generando unas crisis cíclicas de conciencia estudiantil, cada vez más debilitada en su conformación social de clase debido al influjo uniformador de los mass media que estandarizan unos patrones de conducta individualistas, dirigidos con total salvajismo mediático a la manipulación de las necesidades y la recreación de unos roles de comportamiento basados en las teleseries juveniles de sonrisa enlatada y el fanatismo insuflado por el divismo de las estrellas musicales alejadas de toda contracultura.

Y es que la máquina uniformadora no se detuvo siquiera frente a los emblemas de la “flower power” en el mítico festival hippie de Woddstock y tampoco ante la resistencia beat y underground de la poesía en la calle, pues sus tentáculos siguen volcando sobre la juventud una peligrosa sugestión masiva a base de tecnología punta que desmonta peligrosamente los engranajes más simples del asociacionismo- desde los boyscouts hasta las Ong´s-, creando una maraña generalizada de extrañamiento que se manifiesta en una subjetividad desarraigada de su comunidad y abstraída de la realidad social por una conciencia hiperaturdida con brotes permanentes de consumo compulsivo que reflejarían las delicias esquizoides para los diagnósticos filosóficos del dúo Deleuze / Guattari: el fenómeno global de los videojuegos, los coches tuneados que prolongan la hibridación del yo y el consumo de productos lácteos para el sistema inmunológico son un ejemplo diario de la metafísica de las costumbres universalizada por la mano negra del neoliberalismo que parece controlar totalmente a unas generaciones en tierno proceso de socialización que delatan su mortandad entre las superficies comerciales.

Las figuras emblemáticas de esta cosificación generalizada de la juventud contemporánea, amaniatada por la robotización de la vida y el tétrico espectáculo de una supervivencia global escenificada por el arribo de jóvenes africanos en pateras, serían estas tipologías para un catálogo aún inédito del movimiento estudiantil:

“Aprendices de brujo” maravillados por las excelencias mágicas de la ciencia y los trucos tecnológicos reproducen el ascetismo que justifica la superioridad del patrón, deseando por mimesis anuladora ser ellos mismos los brujos del futuro.

“Monaguillos” instruidos para deplorar las pasiones liberadoras de la vida, representan la amargura de la escolástica basada en la eficacia y el rendimiento a ultranza, encuentran refugio entre los inciensos adormecedores de la trascendencia.

“Becarios” competitivos que pululan satisfechos por el abastecimiento del bienestar y el régimen acomodaticio que financia los éxitos personales y premia el tipificado esfuerzo individual, levantando barreras normativas que imposibilitan la conformación de lo colectivo y el surgimiento de lo distinto.

“Pioneros” movidos por la rebeldía de los ideales y el ánimo transformador de la realidad, encuentran su error en el ciego maniqueísmo de las utopías y las trampas burocráticas de la repetición.

Una vez consumada la primera década del nuevo siglo con decepción para los pregoneros del “final de la historia” como Fukuyama y la expectación ministerial que decreta militarmente un tipo de universidad europea preparada ante una invasión extraterrestre, los planes de estudios oficiales están cocinando lentamente en la juventud mejor formada de todos los tiempos una permanente alucinación sobre los destellos refulgentes del futuro, inoculando entre los resortes de la producción intelectual un modelo de sujeto ideal fracasado aún por muchas dosis de competencia universal recetadas para la diplomacia internacional por el monólogo de Habermas.

Las facultades de filosofía están percibiendo con asientos de primera clase la debacle sistemática de la modernidad, disparatada con los sueños de una razón que reproduce los ecos de sus ronquidos entre las paredes de unos campus similares a las maquetas arquitectónicas de búnkeres nucleares, donde la dispersión epistemológica entre las disciplinas alimenta cada vez más las nóminas de una casta sacerdotal injertada del Antiguo Egipto hasta las poltronas universitarias que con marketing científico perpetúan la mentira entre la estratificada pirámide de la educación superior.

Alcanzando el final de nuestra travesía, mientras Emilio Lledó contempla por el escaparate de alguna cafetería el paso acelerado de la ciudadanía desmemoriada por los cuentos de palacios, no se equivocan quienes aventuran como el primer indicio del movimiento estudiantil aquellos episodios de protesta sucedidos en 1956 tras el funeral del filósofo español Ortega y Gasset, y es que una vez retomados desde cero los combates contra la dictadura que lapidó en fosas anónimas al duende de Federico García Lorca, ahora el reflujo sistemático de todas las organizaciones estudiantiles vistas en el conjunto total de su literatura devenida en testimonio de lucha ponen de manifiesto que España no es más que una invención administrativa y militar que hunde su etérea constitucionalidad en el sueño impertérrito de los reyes católicos en Granada.

El movimiento estudiantil, en definitiva, seguirá atesorando la virtud de saber lo que no quiere, como siempre el presente será de lucha y hablar de los estudiantes siempre es tratar el futuro, por ello respondamos al olvido del pasado que Daniel Cohn Bendit publica con disculpas por su radicalidad, aunque todavía arenga con megafonía a las masas, pero esta vez con chaquetas de eurodiputado verde y al son de un Himno de la alegría que ameniza los desfiles macabros de la OTAN.

¡Ahora digamos nosotros en alto con renovado ímpetu que los estudiantes seguimos teniendo la última palabra y continuamos la lucha de cada manifestación demostrando el presagio real de que “¡bajo los adoquines seguirán estando las playas!”.

Samir Delgado, 2008.

Conferencia sobre Mayo del 68 impartida en la Sala Federico García Lorca de la Universidad de Granada en 2008, incluida en el libro Una casa mal amueblada (Baile del sol, 2010).

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Autor

Raúl Bertone