Los elegidos de Lorena Allemandi (actriz)

Un libro: Crimen y castigo, de Fiódor Dostoievski.

“Me acuerdo la necesidad de devorarme esa historia donde prevalece el sentimiento de culpa que persigue al protagonista toda la novela, el peor de los castigos, aun peor que el castigo social. Me atrapó el perfil psicológico de Rodia siempre entre el bien y el mal, entre lo que se debe y lo que se quiere. La descripción de sus pesares es de una brillantez y riqueza propios de la literatura rusa y que después volví a sentir con, por ejemplo, Sobre héroes y tumbas de Sábato o El juguete rabioso de Arlt. Pero ya que estaba en Rusia, y como amante del teatro, como no nombrar las obras completas de Antón Chéjov que con su realismo logra plasmar tan nítidamente el carácter humano. Leer sus obras implica sumergirse en todo aquello que en las relaciones no se dice pero pasa e inunda el momento. Y ahí está el gran desafío de todo aquel que osa por llevar al escenario sus obras.

Fragmento: “A la mañana siguiente se despertó tarde, tras un sueño agitado que no lo había descansado. Se levantó bilioso, irritado, de mal humor, y consideró su habitación con odio. Era una jaula minúscula, de no más de seis pies de largo, y tenía un aspecto miserable con su papel amarillento y lleno de polvo colgando en jirones de las paredes.
(…)
Le dió el golpe precisamente en la mollera, a lo que contribuyó la baja estatura de la víctima. Enseguida, le hirió por segunda y por tercera vez, siempre con el revés del hacha y siempre en la mollera. La sangre brotó cual una copa volcada, y el cuerpo se desplomó hacia delante en el suelo. El se echó atrás para facilitar la caída y se inclinó sobre su rostro: estaba muerta. Las pupilas de los ojos, dilatadas, parecían querer salírsele de sus órbitas; la frente y la cara muequeaban en las convulsiones de la agonía.
(…)
¿Donde he leído -pensó Raskólnikov prosiguiendo su camino-, dónde he leído lo que decía o pensaba un condenado a muerte una hora antes de que lo ejecutaran? Que si debiera vivir en algún sitio elevado, encima de una roca, en una superficie tan pequeña que sólo ofreciera espacio para colocar los pies, y en torno se abrieran el abismo, el océano, tinieblas eternas, eterna soledad y tormenta; si debiera permanecer en el espacio de una vara durante toda la vida, mil años, una eternidad, preferiría vivir así que morir. ¡Vivir, como quiera que fuese, pero vivir!”.

Una canción: Noches de bohemia, de Navajita Plateá.

“Especialmente en una versión que hacen con Alba Molina. Por la dulzura de la melodía y la magia flamenca. Muy injusto elegir solo una.”

Un disco: Voulez-Vous, de Abba.

“Es un disco que me regaló cuando chica mi madrina y todavía conservo. Aunque en este momento me vienen por lo menos otros tres a mi cabeza”.

Una película: Esperando la carroza, de Alejandro Doria.

“La última que vi. La elijo por la deliciosa interpretación de cada uno de sus personajes. A la misma altura ubico a Cinema Paradiso, por ser la ternura hecha película.

Un poema: No te salves, de Mario Benedetti.

No te quedes inmóvil

al borde del camino

no congeles el júbilo

no quieras con desgana

no te salves ahora

ni nunca

no te salves

no te llenes de calma

no reserves del mundo

sólo un rincón tranquilo

no dejes caer los párpados

pesados como juicios

no te quedes sin labios

no te duermas sin sueño

no te pienses sin sangre

no te juzgues sin tiempo

pero si

pese a todo

no puedes evitarlo

y congelas el júbilo

y quieres con desgana

y te salvas ahora

y te llenas de calma

y reservas del mundo

sólo un rincón tranquilo

y dejas caer los párpados

pesados como juicios

y te secas sin labios

y te duermes sin sueño

y te piensas sin sangre

y te juzgas sin tiempo

y te quedas inmóvil

al borde del camino

y te salvas

entonces

no te quedes conmigo.

“En esta no dudo tanto. La elección está motivada por su clamor a no quedarnos inmóviles en la vida, a no llenarnos de “demasiada” calma. Bueno, y ya que estamos, Walt Whitman y su ¡Oh, mi yo! ¡oh, vida! que nos obliga a preguntarnos: “que hay de bueno en todo esto? y su respuesta contundente: “que estas aquí, que existen la vida y la identidad, que prosigue el poderoso drama y que quizás tú contribuyes a él con tu rima”.

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Autor

Raúl Bertone