Los once de memoria

El fútbol una mirada desde el sentimiento, la razón y el respeto

Por Abel Campo

Es tan cierto que a los argentinos el dinero y la victoria nos marea y nos afecta la memoria, como que lo adverso saca lo mejor de nosotros.

River y Boca tuvieron su génesis en la adversidad característica de un barrio de inmigrantes que debieron renunciar a la seguridad de lo conocido para abrazarse a la esperanza de lo incierto, sin siquiera conocer el lenguaje ni las costumbres de la tierra a la que arribaron, y sin tener más recursos económicos que sus propias manos. Tal era la magnitud del desafío que enfrentaban.

Tanto temple tuvieron en la mala, que con su esfuerzo no sólo lograron salir del pantano al que Europa los había arrojado, sino que además en las entrañas de su pujanza nacieron los dos clubes más importantes de la historia del fútbol argentino.

River, el hijo mayor de aquél sueño utópico, en algún momento eligió el bienestar por sobre la familia, y abandonó su barrio para probar suerte en un lugar mejor, con “gente mejor”. Allí obtuvo su apodo de millonario, de esa forma consiguió erigirse en el club más ganador de torneos locales, y en una institución que por momentos fue modelo de Sudamérica.

Pero, ante un tropiezo, nunca había logrado recuperar aquel fuego al que renunció al abandonar sus orígenes, el carácter y la bravura de quienes salen a la vida a sobrevivir y a defender a su sangre. El dinero y la comodidad lo entumecían y eso le costó el mote de gallina.

Fue necesario tocar fondo y convivir con el dolor, para que el club y el hincha recuperen lo que muchos consideraban perdido, y desde la desdicha más cruda River sacó su mejor versión, la de equipo ganador de finales, copero y con presencia en América y en el mundo.

River volvió al barrio, quizás, sin darse cuenta. Aunque en definitiva lo que a Boca y a River los hermana, más que el barrio de origen, es el hecho de que en la suma de sus contrastes y similitudes se encuentra la esencia del futbol argentino.

Boca, en cambio, se sostuvo durante mucho tiempo en sus orígenes humildes y eso le deparó las turbulencias propias de la pasión, pero siempre con un denominador común que era sacar la fiereza en la mala. Esa impronta de guapo de arrabal fue explotada al máximo en un ciclo exitoso como el de Bianchi, y con la gloria, y el vil metal, comenzó a transitar el camino que otrora tanto le fustigó a su hermano mayor, perdiendo lo auténtico a manos de aquellos que creen que el club es una empresa, antes que una gran familia.

Y así, embriagado por títulos, se olvidó de sus raíces regadas por ingentes cantidades de adversidad.

River, en la desgracia, se abrazó a los suyos. Al Enzo, al muñeco. Los ídolos que entran a tu casa dentro de un póster, y se quedan para siempre porque, lógicamente, ya son de la familia. River ganó antes de haber ganado.

Boca en cambio renunció a su linaje. Maltrató a sus hijos pródigos. Los usó, los bastardeó, los culpó de errores ajenos, y los obligó a cometer propios.

Román y Bianchi fueron prácticamente expulsados, Guillermo y Carlitos, usados descaradamente. De Battaglia ni se acordaron.

 El resultado era previsible para todos los que entendemos que el futbol no es matemática, y que el corazón tiene que prevalecer a los billetes.

Porque a aquellos que no se cansan de repetir la falacia de que “el club está por encima de los nombres” hay que responderles que“ojo que el club es una familia y como tal, debe respetar a quienes, por ser ídolos, se sientan a la mesa los domingos a comer los tallarines de la nona”.

Hoy Boca recuperó algo de su mística, al recuperar a parte de los suyos. Y lo primero que hizo fue demostrar, como River (o como todo Argentino descendiente de los “venidos de los barcos”), que cuando somos fieles a nuestra historia, en las malas sobran agallas.

Que se pueden perder partidos, la categoría o finales, pero lo que nunca hay que perder es la identidad. Que pueden cambiar los once, pero que siempre juegue la memoria.

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