Luis Matías González: De héroes y cobardías

Por Luis Matías González

De héroes y cobardías

Cuando uno rastrea en su propia niñez, aparecen datos interesantes para escudriñar.
Imágenes, sensaciones, fortalezas y temores, se arremolinan muchas veces para intentar completarnos.
Para darnos una vaga idea de por qué somos quienes somos y otras muchas veces para llenarnos aún mas de perplejidades.
En esa búsqueda quizás, noté hace un tiempo que siempre me indignó la cobardía de quienes se alejaban apenas pocos centímetros de la piedra jugando a la escondida.
O de quienes nada avanzaban en las aguas cuando disfrutábamos del murallero.
Pero refiriéndonos al primero de los juegos, me indignaba esa actitud poco valerosa.
Entiendo que por la popularidad de dichos juegos, que una gran mayoría habrá disfrutado, o por qué no destetado (ya que los gustos van por caminos ampliamente disímiles a veces) cuando infantes, podré ahorrarme tiempo y espacio en la explicación de los engranajes de aquellos pasatiempos.
Volviendo a mis memorias infantiles, recuerdo que por el contrario, colocaba en espacios cercanos a los de un héroe a aquellos que inmediatamente terminada la cuenta establecida de antemano, dejaban ese lugar de cómodo refugio y partían en alocada búsqueda por los lugares mas inhóspitos demarcados en el reglamento, colocándose en una situación de hermosa desprotección.
A tranco seguro, partían en revisión de huecos, copas de árboles, resquicios de garages, yuyales prominentes, espaldas de vecinas que disfrutaban del mate y cualquier otro lugar en el que algún sabandija pudiese estar oculto.
Esa decisión, seguro los llenaba de una adrenalina similar a la que uno siente cuando está en peligro de muerte.
Actitud solo comparable con aquellos que elegían la misma piedra como escondite, para sorprender al buscador ni bien se despegara un centímetro para iniciar el rastreo.
Desde mi escondrijo, casi siempre evidente, de nulas dificultades para el explorador, me deleitaba con quienes tomaban ese tipo de iniciativas.
Los seguía con la mirada.
Los envidiaba silenciosamente.
De la misma manera que maldecía a quienes hacían lo contrario y solo miraban hacia los costados sin alejarse un metro y recibían algún quejoso e infructuoso grito por parte de los ya hallados, similar a un “¡dale Raúl, salí un poco querido!”.
Algunos seguro confiaban en su conducta atlética.
Tenían fe en la velocidad con la que emprenderían la carrera para sentenciar el grito de “¡piedra libre a Ernesto!” por ejemplo, y evitar el “¡piedra libre para todos los compas!”.
A otros sencillamente no les importaba. Y esos eran los que tenían mi total admiración.
Porque entendían redondamente que hay que arriesgar.
Ellos sí demostraban estar convencidos de que hay que alejarse de la comodidad de nuestras posiciones de privilegio.
Con su actitud evidenciaban que perder no significa morir.
Es mas, que muchas victorias con actitudes canallas que nos lleven a palmadas de felicitaciones de los indeseables, sí se parecen mas a la muerte.
O al menos, que en ese momento en el que las urras nos enceguecen, alguna llamita de un creciente fuego dentro nuestro, ha sido extinta.

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