Madre e hijo viendo llover desde la ventana

Madre e hijo viendo llover desde la ventana

Hoy a la siesta cuando salía del trabajo, vi una postal “zoológica y urbana” como nunca antes la vi en mi vida. En el ventanal de una casa antigua, una gata con su cría miraban pasar a la gente y a los autos. Sólo que no estaban “adentro” sino “afuera” de la vivienda, con las hojas y los postigos herméticamente cerrados. Como si esa pequeña familia, desmembrada y desesperada, hubiese encontrado ese único refugio para guarecerse de la lluvia en pleno corazón de Villa María.
Pensé que mucho tiempo atrás, cuando en esa casona quizás fuese un hotel para inmigrantes o un conventillo, alguna mujer italiana o rusa habrá mirado con idénticos ojos de intemperie a la ciudad hostil; esa urbe en la que acababa de recalar con un hijo y sin trabajo, acaso sin perspectivas de progresar jamás. Y con ese pensamiento me acerqué a ellos. Y pasando mi mano tras la reja labrada (única barrera que los protegía y los preservaba del mundo) los acaricié. Y ellos, madre e hijo, se hicieron cariño en mi mano también, pero con ojos de quieta indiferencia. Como si esa práctica fuese habitual entre ellos y los pasantes; y que de todos modos no les resolvía su intemperie.
Advertí, entonces, que tenían una toalla sucia para acostarse y una latita de picadillo con un poco de alimento balanceado. Y me dije que quizás los dueños de la casa los cuidan pero sin dejarlos entrar a la vivienda. Que acaso le estén dando un alojamiento provisorio a esa “madre divorciada” y a ese hijo, súbitamente huérfano de padre. Y eso me hizo pensar automáticamente en mi niñez, en las veces que caminé de la mano con mi madre por las ciudades mirando a la gente con los mismos ojos que ese gato y sabiendo que mi padre no volvería jamás.
Tras la siesta la lluvia paró y volvió a caer, para luego volver a parar y caer a la tarde. Y cuando caía la noche y yo tuve que volver al centro, desvié mi trayectoria para ver una vez más aquella casa. Ahí estaban de nuevo, la mamá con su cría hecha un ovillo sobre su regazo; ella protegiéndolo sobre la toalla sucia y él soñando en blanco y negro (como dicen que sueñan los gatos) pero con algún día no muy lejano en colores. Un día donde pare la lluvia y ellos tengan un hogar. 
Pasé mi mano para acariciarlos de nuevo, pero esta vez no se movieron. Sólo la mamá abrió los ojos entre cansada y vigilante para volverlos a cerrar. Acaso habían dado por concluido el día y ahora entraban en el fabuloso universo de la noche; ese del cual provienen los gatos que, según dicen, nacieron en el Egipto cósmico de los faraones. 
Y entonces no me acordé del hijo que alguna vez fui, sino que pensé en el hombre que ahora soy. En ese que podría ayudar a esa familia rota siendo un padre para ese niño huérfano y un sostén para esa mamá desesperanzada. Para esa pobre mujer italiana o rusa que mira llover entre las rejas pero con ojos de esfinge, soñando despierta con las estrellas.

Por Iván Wielikosielek

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