Maples y billares (a la memoria de Nardelli, el alquimista)

Ayer acompañé a un amigo a buscar huevos al campo. Se bajó de su desvencijada chata y volvió con una torre de maples de varios colores, igual a una torta de cuatro pisos. Sólo que aquel bizcochuelo de cartón, en vez de bolitas plateadas tenía enormes confites de marfil. Mi amigo puso los maples a mis pies y me pidió que los vigilara mientras arrancábamos y eso fue lo que hice. Durante todo el camino miré aquella bandeja como un muestrario de raras piedras. Algunos huevos eran de color café con leche y otros como el flan. Los había más blancos y más rojizos; cinc y arena; lechosos y rosados; del color de la manteca y del color del papel manteca; del color de la madera y del color del papel madera. Y entendí que ningún huevo es igual a otro; que cada uno está pintado con un pigmento especial en la infinita paleta de la naturaleza.Lo cierto es que aquellas perlas me trajeron a la memoria los viejos billares de mi pueblo. Y sobre todo, aquellos triángulos con bolas de colores en los tiempos en que sólo venían amarillas y rosadas, con la bola negra como una luna de ébano y la blanca como una luna llena tiznada de azul cobalto. Y aquellas bolas del pasado tampoco eran iguales entre sí. Deformadas por los tacazos, agrietadas por el impacto de los años, desteñidas por quedar olvidadas al sol como frutas inservibles, no necesitaban números para distinguirse la una de las otras. Y su marfil sintético se parecía a la suave porosidad de una cáscara pero también a la fabulosa piel de las chicas que se bañaban en el río; esa humedecida epidermis del deseo.Fuera de toda “asociación ilícita” entre las dos partes de un recuerdo, lo que más me alucinaba de aquellas partidas de billar eran los triángulos mágicos; o mejor dicho, ver el modo azaroso en que cada “armador” disponía las bolas previas a romper; esos “frutos pétreos” como equiláteros gajos de una granada de marfil. Podía pasarme horas viendo el “degradé” del rosa oscuro al rosa claro, como si negras ciruelas se fueran convirtiendo lentamente en duraznos color carmín en una fascinante metamorfosis cromática. Al punto que años después, cuando en una clase de dibujo me hicieron pintar una “escala de valores” a la témpera, el espectro del rojo me hizo pensar en aquel juego de billar.Siempre me preguntaba lo mismo cuando un “armador” disponía el triángulo: si la disposición de las quince bolas se repetía alguna vez. Y si, en ese caso, mi “ojo de lince” (es decir, mi ojo de niño solitario que se pasaba las horas en el club para no volver a casa) sería capaz de distinguir esa repetición momentánea.Si por esos días alguien me hubiera enseñado estadística, acabo hubiese calculado la probabilidad exacta de que un triángulo se repitiera idéntico a otro; independientemente de si yo hubiese sido o no capaz de captarlo.Lo cierto es que en el universo de los huevos de campo, la posibilidad de repetición era prácticamente imposible. Aquellos “acomodadores rurales” armaban cada maple como una pieza única en el infinito billar de los días. Y cada caja era un fabuloso muestrario de colores que la naturaleza no volvería a copiar jamás.Y con una de esas cajas irrepetibles iba yo entre los pies; con esas treinta piedras preciosas dispuestas por las rústicas manos del azar. Porque, como si se tratase de un pintor profesional, aquel “huevero” había dispuesto las piezas en un maple de cartón verde que, a fuerza de sol, había decolorado en verde veronés; casi el complementario ideal para la rosácea piel de durazno de aquellas bolas.Una vez en mi pueblo, pasó algo que alteró por completo mi percepción del billar. Don Nardelli, un hombre que acaso para escaparle a la miseria se aficionaba a la bebida, estaba armando un triángulo. Y por algún problema mecánico, una de las bolas no había salido del vientre del billar.Inútil fue la buscara al fondo de la garganta mecánica o encajada en una tronera. Aquella amarilla luna rancia no apareció jamás. Y en un intento por recuperarla, Nardelli cambiaba desesperadamente la disposición de las bolas, como si esa operación fuera a materializar en algún momento la faltante.“¡Eh, Nardo! ¿No ves que falta una? ¡Falta una y no hay nada que hacerle!” le dijo un muchacho. Y Nardelli lo miró aterrado.Para mí, aquella escena era una afrenta a las matemáticas. Sin embargo, con el paso del tiempo, ya no pensé igual.¿Qué hubiera pasado, me dije, si en vez de matemática Nardelli estaba intentando la alquimia? ¿Qué hubiera pasado, me dije, si existiera alguna combinación secreta mediante la cual la bola faltante se reconstituyera mágicamente? De la misma forma en que el cuerpo humano puede regenerar una muela allí donde el dentista la extrajo… Y conste que el material de una bola de billar era casi idéntico al de una pieza dental… ¿Por qué razón, entonces, esa operación sería imposible? Como si una combinación precisa de los treinta huevos en un maple hiciera que una nueva caja apareciera replicada de forma idéntica en la de abajo…Lo de la bola que le faltaba a Nardelli no se me ocurrió en esos días de la niñez sino muchos años después en la universidad, leyendo a Baudelaire y a Poe y entendiendo que muchos los borrachos no sólo podían ser poetas sino, también, alquimistas y magos. No sólo porque “la realidad” se altera en sus percepciones sino porque, de la misma manera, acaso ellos la podían alterar incidiéndola. Pero cuando volví al pueblo no volví a ver a Nardelli para preguntarle. Me dijeron que se había muerto carbonizado. Estaba borracho y dormido cuando un incendio abrasó su precaria casa. Acaso fue su modo de escaparle definitivamente a la miseria, volatilizándose de este mundo como aquella bola que no encontró jamás en los billares.“Llegamos”, me dice mi amigo. Y antes de bajar de la chata tomo una fotografía fugaz al maple. Quisiera levantar la caja para ver si la de abajo es idéntica, por si el azar me concedió el don de encontrar la alquímica combinación secreta. Pero temo quebrarle las preciadas piezas a mi amigo y que pierda su negocio. Y me voy con esa partida de billar inconclusa; como la que aún se juega con una bola menos en el paño sucio de mi melancolía.

Por Iván Wielikosielek

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