«María», de Claudia Gómez

El Taller Literario que se desarrolla en CORPICO desde el presente año 2019, produjo uno de sus primeros resultados. A través del proceso de corrección ortogramatical llamado comúnmente como «editing», la piquense Claudia Gómez consiguió darle una estructura a su inspiración durante el relato «María», que deja traslucir una historia terrible.

MARÍA

Camino hasta la última casa de la cuadra para terminar el recorrido del día. Estaba abandonada pero tiene un nuevo inquilino, un hombre solo y algo raro por lo que comentan. Empujo el portillo de entrada, golpeo las manos y el ruido de unas gallinas se confunde con la voz de un hombre que grita: — Entrá. Ahora voy.

Las ventanas del frente están cerradas. Con algo de temor abro la puerta y en el living no hay nadie.

Necesitaría que Joaquín esté conmigo. A veces me acompaña en gran parte del recorrido vendiendo panes y pasteles que hace mamá. Joaquín, el que sacó a mis hermanas de la casa en llamas cuando se incendió la cocina. Esa tarde él parecía un héroe, creo que lo es. No se cómo hizo porque es más flaco que yo y eso que soy muy flaca. “Demasiado escuálida para tus doce años”, suele decirme papá usando esa palabra rara que me causa gracia.

El mismo Joaquín que me defiende cuando mis compañeros se burlan porque salgo a vender con un carrito viejo que construyó mi abuelo.

Me detengo a mirar las paredes de este living que alguna vez han sido blancas y hoy muestran manchas de humedad. Las de más arriba parecen nubarrones de tormenta, como las del verano, amenazantes , mezclan grises y negros y me provocan un escalofrío que recorre mi cuerpo. Descubro tantas imágenes como las que vemos con mis hermanas en nuestra habitación. Adivinamos algunas y a la noche siguiente se convierten en otras según como las miremos y el reflejo de la luz del velador.

A eso jugamos siempre y más aún cuando la abuela nos leyó un cuento que me encanta y ella siempre repetía. Una nena imagina en una pared manchada por la humedad del invierno, ríos, montañas, pájaros, mundos y cielos, pero un día un hombre pinta la pared y ella se pone muy triste porque siente que perdió los contornos de sus sueños.

Todavía sé de memoria la frase final “porque ninguna lágrima rescata el mundo que se pierde ni el sueño que se desvanece”. No entendía muy bien el significado pero esperaba ansiosa esa oración de Chico Carlo, el libro preferido de mi abuela cuando era como yo.

El revuelo de las gallinas que viene del patio se siente cada vez más junto con el ladrido de unos perros. Recuerdo cuando mi tía agarra alguna para matarla. Me pone mal escucharlas y ver como después de un rato se siguen moviendo , resistiéndose a la suerte que les toca. “Es para el guiso, María ”, repite siempre cuando observa mi cara de espanto.

Mientras espero pienso que no tengo que tener miedo. El miedo paraliza, escucho siempre desde chica, pero también que debo ser cuidadosa y ahora no lo soy.

Quiero irme, pero me quedan algunos panes por vender y se necesita la plata porque con lo que gana papá no alcanza.

Escucho pasos que se acercan, se abre la puerta y solo puedo observar una sombra por el trasluz de la ventana.

La voz del hombre me dice: “te estaba esperando ”.

Por Claudia Gómez

Claudia Gómez (foto Facebook)

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