Más familias buscan evitar la escuela hasta los 4 años, pero advierten que es irreemplazable

Las clases en casas hogareñas dejaron de ser sólo una moda o un esnobismo, un gusto de clase media, para transformarse en una tendencia increscendo y en una opción lúdica y educativa para niños de entre 6 meses y cuatro años. Sin embargo, la modalidad no tiene control estatal.

Las guarderías y los jardines maternales y de infantes no son la única opción para los chicos. Hoy están cada vez más instalados los jardines rodantes, una opción intimista, para padres con disponibilidad de horarios que quieren evitar las instituciones para los primeros años de sus hijos.

Jardín rodante 2
Viviana Piccolo, con su grupito rodante Alma bonita.

Se trata de una modalidad que se alimenta del boca en boca y consiste en armar grupos de tres a seis chicos, cuyos encuentros -de tres horas- rotan por distintas casas, casi siempre cercanas. La demanda, según estos jardines, se duplicó en los últimos dos años. Según afirman, es porque una cantidad de padres desconfía de la educación tradicional y también buscan evitar enfermedades,como la bronquiolitis, que abundan en los jardines convencionales.

Los jardines rodantes -hay unos 50 en Capital- no están regulados por el Ministerio de Educación. Nadie les exige una habilitación formal, tampoco hay tarifas fijas y las “seños” no necesariamente tienen un título docente. El costo promedio del servicio es de unos 4.000 pesos por mes, tres veces por semana.

“Las madres de la actualidad tienen una mayor apertura sobre la existencia de otro tipo de educación, quizás, sin tantos prejuicios. Es lo que hoy se conoce, también, como crianza respetada, cada vez más utilizada”, opina Viviana Píccolo, que lleva adelante su grupo Alma Bonita. Para Estefanía Chico, que está al frente de Las Mandarinas, “no sólo fortalecen el vínculo y la socialización: los niños pueden llevarse herramientas para el futuro, ya que promovemos talleres vinculados a la música, la cocina y las huertas”.

Directora de Paso a Paso, Carolina Garea piensa que este presente que viven los jardines rodantes “surge de poder brindar una propuesta superadora, en la que los chicos puedan explorar y descubrir en un lugar confiable como pueden ser sus hogares”.

Mariela y Luisina son dos madres que defienden a rajatabla los jardines rodantes, “indiscutibles en estos tiempos”, remarcan. “Si hay mayor demanda es porque quienes hicimos la experiencia lo transmitimos como algo positivo”.

De a poco, también los papás van siendo habitués de estos universos. Eduardo está chocho con esta opción educativa para Felipe. “En el rodante Umpa-Lumpa lo veo relacionado a tareas de motricidad fina y gruesa, que le permiten prestar atención y olvidarse de la tele”. Para el escritor Alan Pauls, por ejemplo, fue descubrir “una especie de institución intermedia entre la familia (privado) y el jardín (público): un campo de pruebas donde los chicos aprenden a ser sociales, pero sin la presión ni las reglas de la sociedad”.

Maestras y madres que integran estas comunidades educativas están convencidas de que el jardín rodante “es importante como primer formador del chico. No buscamos competir ni reemplazar a las guarderías, sino ser un complemento válido. Hay vida más allá de los jardines estándar”. Ambas partes sienten que un grupo reducido propicia un vínculo más estrecho “permitiendo repensar el rol docente desde otro ámbito, ya que se planifica la tarea en función de los intereses particulares de los niños”.

Tanto Píccolo como Chico y Garea piensan que son varias las ventajas de este sistema sui géneris. “Aporta la tranquilidad al permanecer en un ámbito familiar por más que las casas vayan rotando”, dice Chico; “resulta un espacio seguro, en el que los padres descansan despreocupados”, y no es menor el tema de la salud. “Hay menos enfermedades que en un jardín común, simplemente porque al tratarse de grupos minoritarios se reduce la posibilidad de contagio en una edad en la que los chicos se están inmunizando”, puntualiza Píccolo.

La confianza entre padres y maestras no es sencillo lograrla. Por eso las mamás pueden espiar los encuentros. “Hasta que aparece el sorprendente click que nos desapega de los hijos casi con naturalidad”, confiesa Luisina, mamá de Rafaela. Eduardo habla de “algo mágico que se establece, una familiaridad elegida difícil de alcanzar”. “Siempre es mejor que en una institución, donde no hay tanta paciencia”, aseguran las madres.

¿Qué sucede cuando un chico no para de llorar? ¿Como confiar en que estará bien? “Me pasó que mi hijo gritaba cuando no me veía y observé cómo era el desenvolvimiento de la maestra, que supo como calmarlo”, responde Daniela, una de las mamás que eligió un jardín rodante.

Viviana Píccolo, una maestra que lleva varios años trabajando en esta modalidad, dice que el jardín rodante vendría a ser como la comida orgánica: “No está mal comer los tomates que te venden en la esquina, pero también es sano comprar verdura elaborada naturalmente”.

Clarín consultó con especialistas que analizaron el fenómeno y dejan en claro que las instituciones tradicionales son irremplazables.

Pros y contras

Ante la falta de una reglamentación de la oferta creciente de los jardines rodantes, el Ministerio de Educación porteño no se pronunció. En realidad, como están dadas las cosas al día de hoy, la situación parece limitarse a un contrato entre privados,a diferencia de las escuelas tradicionales (ya sean públicas o privadas) en las que las pautas están regidas por normas y controles.

“Siempre festejamos cuando niños y niñas inician una experiencia de inclusión social y pedagógica tempranamente, ya que está ampliamente demostrado que redunda en múltiples beneficios para el desarrollo afectivo, social y educativo. Si bien esto es así, pensamos que no se trata de cualquier experiencia y de cualquier modo”, reflexiona Elías Halperín, licenciado en Ciencias de la Educación.

Felisa Lambersky de Widder, médica pediatra y psicoanalista, especializada en niños, subraya la utilidad de los jardines rodantes y los recomienda “pero hasta los dos años y medio, tres a lo sumo”. A partir de esa edad “yo aconsejo ir a la institución tradicional, lugar necesario para el ingreso a otro tipo de sociabilización, y a una cultura más amplia”.

Halperín, que además es director de la organización Jardines Maternales Diálogos, remarca algunos alertas en torno a los jardines rodantes: “Las casas no suelen ser espacios pensados y armados para la presencia de varios niños simultáneamente, además de haber cuestiones relacionadas a la seguridad y la protección para cobijar y alojar niños”. Y se pregunta sobre la elección del personal que se ocupa de los chic os: “¿Es sólo cuidar?, ¿alimentar? o ¿se trata también de promover el desarrollo de experiencias de aprendizaje?”.

Cuenta Halperín que los jardines rodantes “nacieron para dar respuesta a la demanda de familias de sectores medios que decidieron compartir la crianza de los hijos sin postergar cuestiones laborales y/o profesionales. Si bien fueron experiencias cuidadas y protegidas, surgieron de forma incipiente hace unas décadas, cuando la inserción de los niños en los jardines maternales no era todavía una práctica tan extendida como en la actualidad”.

Sin embargo, eso cambió. Desde 2015 el gobierno nacional promulgó la ley que establece la obligatoriedad escolar en todo el país desde los 4 años hasta la finalización del nivel de la educación secundaria.

Lambersky de Widder agrega: “A partir de los tres años, el chico debería desapegarse de su casa y de su familia, y empezar a compartir e interactuar con desconocidos de su edad y entender que se es uno más. Por supuesto que un rodante genera un personalismo y una atención imposibles de igualar para una institución estándar la cual, sin embargo, tiene un roce que ya es conveniente”.

La especialista enumera los aspectos positivos del jardín rodante: “El niño gana muchas cosas que tienen que ver con la contención, el cuidado personalizado, el contacto directo y una evolución asociada al desarrollo lúdico, imprescindible para el aprendizaje cuando se es tan chiquito. Creo que los dos, el rodante y el tradicional, se necesitan y uno es complementario del otro pero pero en determinados sectores sociales, porque en una clase baja que no tiene el ámbito o el espacio ideal, no se puede hacer esta actividad. Los jardines rodantes son para una clase con disponibilidad horaria y habitacional”, concluye”.

Fuente: Clarin

Nota: Diario de cultura

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