Matándome suavemente con su canción (el silencio no existe, Pamela)

Matándome suavemente con su canción (el silencio no existe, Pamela)

Escuchá el silencio me dijiste aquella noche en tu departamento de avenida Maipú, ¿te acordás, Pame? Porque como todas las chicas que por ese tiempo estudiaban piano, te creías con una sensibilidad auditiva especial. Casi de otra especie. Y cuando te dije que el silencio no existía, que era un invento de la gente, vos te reíste de mí con una risa falsa de tan afinada. “¡Típica frase de los que no saben nada de música!” me dijiste. Y era cierto. Yo no sabía nada de música. Sólo que no por las mismas razones que vos creías.

Me pregunté y aún me pregunto qué silencio podía haber en una ciudad como Córdoba en los noventa; incluso un lunes a las cuatro de la mañana en un piso diez. Y por otra parte me pasé toda mi infancia, Pame escuchando “el silencio” en las noches del pueblo. Eran tiempos en que mi padre se había ido de casa y yo estaba por repetir tercer grado. Tiempos en que iba a tomar la comunión y mi madre se encerraba a llorar en el baño a las siete de la tarde de cada día. Y creo que ahí empezó mi locura o por lo menos ese estado de alteración auditiva del que nunca me he repuesto. Porque descubrí cuando mi madre se callaba o se iba, que debajo de la frecuencia de los días había una banda ancha cuya programación era mucho más horrible todavía. Algo así como el ruido permanente de cuchillas que se afilan en una piedra; la vibración metálica de un estampido que pareciera apagarse pero que de pronto sube los megahertz de su emisión de radio hasta un volumen demencial en el eco de una cabeza. Y detrás de esas cuchillas y de ese lejano estampido, siento voces que se acercan. Al principio son susurros pero luego se vuelven gritos. Voces de un idioma que no conozco pero que a la vez me resulta lejanamente familiar, como si lo hubiera hablado alguna vez.

No todos los escuchan. Yo sé que no todos los escuchan. Pero también sé que esos gritos están ahí, camuflados tras ese audio que todos llaman “silencio”. Especialmente los músicos que distinguen un acorde con séptima de otro con novena pero jamás percibieron esas voces detrás, muy detrás de los ruidos del mundo. Pero yo sí las percibí cuando era chico y estaba en estado de gracia. O al menos el suficiente como para no mentirme ni dejarme mentir. Las oí por primera vez en esas noches en que me quedaba solo en la pieza y mi madre se iba a la confitería. En ese tiempo no había casi televisores ni motos en el pueblo. Y por cierto ninguna computadora ni celular. Por lo que la vibración electrónica no existía y aún no desorientaba a las pobres abejas ni alteraba a los esquizofrénicos en septiembre. Y para que te des una idea, Pame, el tic tac del reloj en la pieza de mi abuelo me daba la sensación de dos hachazo regulares en el patio. Acaso el recuerdo de mi padre partiendo durmientes para la estufa de la estación poco antes de partir. Pero cuando me iba a mi pieza y cerraba la puerta, el silencio que vos decís pesaba sobre mí como cuatro frazadas extra. Y entonces, tapado hasta la cabeza y sin moverme, trataba de dilucidar cómo estaba compuesto. Y ahí fue que empecé a oir las cuchillas lejanas afilándose en la piedra.

Acaso eran cuchillas para degollar niños o animales indefensos. Muchas veces pensé que ese audio subliminal podía ser producto del magnetismo maldito de la casa, pero tiempo después descarté la idea. Porque a esas cuchillas las volví a escuchar en las sierras de Córdoba, en el Montjuic catalán o en las noches de un pueblito francés. Esos filos seguían ahí, recubriendo el audio del mundo como un envoltorio evanescente pero cuyo celofán se podía escuchar prestando atención, tratando de entender con qué hebras estaba tejido esa malla que llamaban silencio ¿Qué era el silencio entonces? ¿La mentira social en la que todos participaban cuando se quedaban callados o lo que realmente estaba tras de ese celofán? ¿O es que detrás habría otros celofanes y otros envoltorios acaso peores?

Desde que tuve esas experiencias, me negué a intentar un nuevo contacto. Por eso en mi casa siempre había algo encendido. Una radio a un volumen imperceptible, música de la computadora o el tic tac de un reloj como un metrónomo para no darle lugar a las fusas de esas cuchillas de porquería.

Entonces me acuesto bajo cuatro frazadas, me quedo a solas con mis pensamientos pero a salvo de esa irradiación malsana.
Tiene que haber existido el silencio antes de la creación, me digo. Antes que se hiciera cargo el Príncipe de este mundo envolviendo el campo magnético del mundo no con un audio de paz sino con un audio de guerra (por algo en el mundo hay guerras sin parar); ecualizando eso que los músicos llaman “silencio” con la lejana matanza de los inocentes, Pame.

Esa noche en tu departamento terminaste poniendo un disco de Chick Corea. No sé si lo pusiste porque realmente te gustaba o porque lo “cool” era escuchar ese jazz intelectual para entendidos. Yo te pregunté si no tenías “Matándome suavemente con su canción” de Franck Pourcel y vos te me reíste por segunda vez en un minuto. Mi pedido no podía ser más cursi; y hasta hubieras preferido que te pidiera cuarteto o un bolero de Luis Miguel. Pero yo te lo pedí porque era el disco que tenía cuando era chico en la casa. Lo había dejado mi padre al irse para siempre y esa canción era casi un conjuro a la hora en que todo se callaba. A ese disco lo perdí para siempre pero aún me lo acuerdo. Tenía en la portada la cara de un niño sonriente, y el sol dorándole el pelo. Y pensaba que, si cada noche que me quedaba solo aquel disco rodaba en la bandeja, yo estaría a salvo. Que acaso mi rostro estaría en paz como el del niño de aquella carátula.

Por eso, Pame, si alguna noche escucho la ausencia total de sonidos que vos decís escuchar cuando te quedás callada, entonces te voy a llamar para darte la razón. Aunque haga veinte años que no sé nada de vos. Ni siquiera tu número o tu dirección o si leerás alguna vez esta carta.

Del mismo modo, cuando sepa qué es realmente lo que escucho cuando me quedo quiero te lo voy a decir también. Porque si digo escuchar estertores y cuchillas miento también. sólo lo digo para poner en palabras aquello que no tiene ni siquiera sonido; aquello que incidía en el imaginario de mis ocho años plagado de citas del Evangelio.

Los dos nos hemos mentido, Pame. Pero vos te mentiste más que yo. Porque vos decís “no escuchar” cuando hay tanto que escuchar al fondo… Algo que más atrás de los días, grita en la noche de los tiempos.

Mientras escribo esto en la mañana del pueblo, hay música en mi casa (esta vez no es Franck Pourcel sino Nick Cave). Pero también oigo la respiración regular de mi perro dormido y la certeza absoluta de saber que hoy a la siesta, aunque más no sea durante algunos segundos, volveré a tener un encuentro cercano con las viejas espadas. Ese eco que asesina suavemente y que acaso sea la tesis de mi locura; la confirmación de mi oído paranoico o absoluto. Por más que yo no sepa nada de música, Pame. Por más que el Príncipe de este mundo sólo me envíe esa canción para matarme a mí, y el silencio absoluto sólo exista en tu planeta.

Por Iván Wielikosielek

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