Máximo Gorki

Máximo Gorki

“Estuvimos callados largo rato, el atardecer era dulce y apacible, uno de esos tristes atardeceres del dorado otoño en que todo es bella policromía en derredor y tan perceptiblemente va perdiendo sus colores y galas, de hora en hora, mientras la tierra agotados ya su pródigos aromas estivales, sólo huele a fría humedad, el aire es de una transparencia extraña y en el cielo rojizo revolotean los pájaros, fugaces, afanosos, suscitando tristes pensamientos. Todo está callado y en calma. Cada sonido (el aleteo de esos pájaros, el susurro de la hoja al caer) se nos antoja un fuerte ruido que obliga a estremecernos en temblor, pero pasado el estremecimiento quedamos de nuevo inmóviles, envueltos en el silencio que abraza la tierra entera y nos colma el pecho.

“En tales instantes surgen pensamientos de una pureza y sencillez singulares, pero tan sutiles y transparentes como telas de araña, y no es posible encerrarlos en palabras, se encienden y se extinguen con rapidez esos pensamientos, como estrellas fugaces, quemando el alma con la nostalgia de algo impreciso, la acarician, la inquietan, y en ese instante el alma hierve, se funde tomando la forma que ha de tener para toda la vida, entonces es cuando se moldea nuestro verdadero rostro”.

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