Mazzocchi, una vez más entre nosotros

MAZZOCCHI UNA VEZ MÁS ENTRE NOSOTROS

Parece increíble pero el libro ya está en algunas librerías de Córdoba. Tuvieron que pasar 60 años para que este hecho en apariencia trivial (la aparición de un poemario en nuestro país) tenga la apariencia de un milagro. Tuvo que pasar la muerte (el suicidio) de un muchacho de 22 años en pleno Parque Sarmiento. Tuvo que pasar el dolor y la vergüenza de una familia (mejor dicho, de dos) y también el “dolor” ajeno y la “vergüenza ajena” de una ciudad (patética ciudad) junto al repudio de su círculo literario. Tuvo que pasar un exilio a Europa en 1972 (el de Federico Undiano, único amigo de Mazzocchi) y una valija que, en el trayecto Córdoba-París se llevaba esos 64 poemas rescatados del naufragio. Tuvo que pasar el tiempo y el olvido hasta que un atardecer de 1985 aparecía la fantástica edición de “Poémes-Poemas” en la parisina editorial L´Harmattan. Y luego, la fascinación de algunos escritores cordobeses (apenas un puñado de insignificantes y marginales, como el que aquí suscribe) para rescatar aquella tremenda poética (la más lúcida y desolada, la más hipnótica y radical, la más bella y profunda que se haya escrito alguna vez en tierras cordobesas y argentinas). Y tuvo que pasar una buena cantidad de cartas de Córdoba a París y de París a Córdoba entre Federico Undiano y este humilde cronista (y una buena cantidad de plaquetas con poemas de Mazzocchi deficientemente publicadas por mí mismo) antes de este día.

“Le insto, le pido, le exijo apreciado Iván Wielikosielek, que haga lo posible para editar algún día un libro con la obra poética de Alberto E. Mazzocchi en Córdoba. Podrá contar con toda mi ayuda y garantías; con todos los datos que necesite y que sólo yo puedo suministrarle. Si usted dice que a la publicación de esas plaquetas lo impelió una suerte de “estúpido deber moral” por la gratitud que sintió hacia la obra de Alberto E. Mazzocchi (sin estar de acuerdo en absoluto en que un “deber moral” pueda ser “estúpido”) ¿Se imagina un atardecer en la ciudad de Córdoba y el escaparate de una librería con un muchacho deteniéndose a mirar ese libro, brillando crepuscular en la avenida?”.
Palabras más o palabras menos (trato de reconstruir aquel estilo entre barroco y preciso, entre imperativo y pomposo) deben haber sido las que me escribió Federico Undiano en alguna carta del noventa y ocho y que, acaso por ira e impaciencia (defectos que padecí en grado sumo durante mi primera juventud) debo haber tirado a la basura, diciéndome (palabras más, palabras menos) “quién se cree que es, este viejo soberbio”.

Sin embargo, la comunicación con Undiano se cortó intempestivamente a fines del noventa y nueve. Y pocos meses después supe que había muerto. Lo habían encontrado solo, una semana después, agarrado al teléfono en su monoambiente de París, tratando de pedir ayuda.
Tanto la noticia como esa imagen me destrozaron por dentro. Y nunca imaginé que la muerte de Federico iba a sacudir los cimientos de mi ontología de esa manera. Al fin y al cabo, ese “viejo soberbio” había sido el mayor maestro literario que había tenido en mi vida; la única persona que hasta entonces había leído mis textos con el rigor de los escritores insobornables; sin escatimar críticas demoledoras cada vez que lo merecí (la enorme mayoría de las veces) ni elogios (que siempre me parecieron desmedidos) cuando a su criterio acerté con un poema o una metáfora. Ese “viejo soberbio” había tenido para conmigo, cachorro de escritor, una paciencia de santo. Y cada una de sus cartas, escrita con una letra milimétrica al reverso de postales y que raramente bajaba las 15 tarjetas; eran siempre una lección de estilo o una clínica gratuita de “edición”.
De hecho, aún conservo algunas de esas postales junto a la carta mecanografiada más larga que recibí en mi vida, una suerte de monografía de 40 páginas titulada “Cinco días después” de la cual extraje un pasaje que ilumina fabulosamente la relación humana entre él y Mazzocchi: “Quien quiera enfocar momentos capitales de la vida de Alberto E. Mazzocchi, no podrá eludir mi propia persona. Quien, algún día, encare mi propia biografía, tampoco podrá evitar que se perfile nítida, inequívoca, la silueta de Alberto E. Mazzocchi” (y esto sí es textual).

Por eso “con el paso del tiempo” (que así se titulaba una de sus cartas) pensé muchas veces que en esa última llamada, Undiano me volvía a pedir que me acordara de su pedido. Había vivido buena parte de su vida para que no se perdiera la obra de su amigo. Y si yo estaba tan agradecido a esa obra y a sus “lecciones” de narrativa, edición y estilo, qué podía hacer mejor que retribuirle ese favor cumpliéndole su última voluntad.
Pensé que empezaba a pagar mi deuda con Undiano cuando en 2008, con Diego Cortés publicamos, por primera vez de forma oficial en Argentina “No sé por qué se debe morir”, un libro que contenía una treintena de poemas de Mazzocchi más un apéndice; todo en Ediciones Llanto de Mudo. (Aquella “pequeña reliquia” autogestionada apenas si llegó a los 200 ejemplares y ya se debe haber perdido para siempre en la ciudad). Pero cuando hace unos meses Andrés Nieva me propuso que publicáramos “todos los poemas de Mazzocchi”, sentí que era la oportunidad no sólo de “pagar” definitivamente mi deuda contraída por un “estúpido deber moral” sino también, y sobre todo, la oportunidad devolverle a Córdoba una de sus voces esenciales; esa que durante 60 años estuvo acallada por vergüenza, por envidia, por oprobio, por cobardía.

Hoy, al ver este libro materializado en la fabulosa edición de “Postales Japonesas”, siento algo parecido a la felicidad. Algo parecido a haber podido levantar el teléfono cuando en aquella tarde del dos mil Federico se moría abrazado al auricular. Por eso es que la dedicatoria de “Alberto E. Mazzocchi: Vida, muerte y poesía” dice: “A Federico Undiano, en cumplimiento de promesas”. Y espero que él sienta, donde sea que hoy habite, que aquel llamado suyo fue respondido.

Por Iván Wielikosielek

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