Mi camino

Alcé mi voz y grité:

no me pidas que vista al mundo

de bronce y seda,  

yo sólo conozco 

un color.

En el yermo de mi existir

donde apenas oigo su voz,

dijo: “sigue la senda”,

 con un talante

que infundía temor.

Tomé mi bolso rebosante y ceñido

con toda mi historia y 

seguí  el camino  

al que llamaban el del dolor.

“Para qué hablé” me dije,

ahora es cuando empieza lo peor.

El bolso me fastidia,

lo llevo lleno,

es una carga de mal sabor.

Hastío y noches amargas

se llevaron la luz,

me robaron el sol,

las malezas se apoderaron 

del canto del ruiseñor.

Pero quiero ver y vi

sobre el cielo celeste y claro

cómo se zambullían dos palomas:

abrían en libertad paz y color.

De atrás se sentía la voz

que decía: “sigue

 aunque el mundo

 es un barrilete de papel,

si lo sueltas se escapa a la deriva

o te caes  a un abismo sin fin.”

Al costado de la huella

los árboles se mostraban.

Fuimos sembrados

 para dar sombra al dolor

y repetían: “suelta tus amarras

no te detengas”.

Pero la voz insistía:

“Mira, existe un camino 

acrisolado, es el amor.”

Alcé mi voz y grite con todas las fuerzas:

no me pidas que vista al mundo

de bronce y seda,

 yo sólo conozco

un  color.

Por Dardo Cuellar

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