Miguel de la Cruz y El viento que pasa

El reconocido escritor pampeano escribió sus impresiones respecto al libro de Eduardo Senac, «El viento que pasa». Trasuntamos el correo recibido:

El viento que pasa

«Querido Eduardo: Hoy Sergio de Matteo me dio tu libro. La luz tostada fue la primera vista de la tapa; luego los tonos casi ocres, mostazas, ladrillos, terracotas. Me impresionó: y esa suerte de espigas -un pasto lacio coronado de semillas- de trazo y mirada orientales contra un crepúsculo entre arenoso, de resplandor incendiario, de viento que lleva en andas un polvo imperial. Esa fue mi visión: también las letras, un poco más subidas de tono pero impregnadas de la misma temperatura. El enternecedor logo de El Lobo Estepario aullándole a la inmensidad del viento que pasa. Después vino esa alegría, que compartimos con Sergio, de que hayas creado tu propio sello editorial. Tu libro material es delicadeza, unidad y decoro. Perdón por mi ataque barroco. Pero tengo la sensorialidad a flor de piel cuando miro objetos, cuando recorro texturas. Por último, la emoción de tu dedicatoria que me sobrepasa: ser de existencia asombrosa es pertenecer a una especie de extraños y tal vez a todos los seres que llevan adentro el asombro sin saberlo. Yo adoro las dedicatorias espontáneas y también las esmeradas. Soy un hombre antiguo, más bien decadente.

«Algunos de los textos te los oí un anochecer en Arte Propio. Es como un homenaje a la reseña, a la crónica existencial, al misterio de ciertas vidas.

«El extranjero», de Camus es uno de mis libros preferidos; lo quiero más que a «La peste», que tal vez sea más elaborada como novela. Lo tengo como una suerte de género, de relato breve, al lado de «La metamorfosis», «La muerte de Iván Ilich»o «El capote». De este libro de Camus me identifiqué con el extrañamiento: Murió hoy pero pudo morir ayer. Como si una suerte de corrimiento de la realidad intensificara la percepción y a la vez la volviera impersonal. Ese extrañamiento me dejó en suspenso cuando leí en tu libro «La precisión de la fiebre»: «… La canción corría y Gabriel Reinhard, sentado en el sillón de enfrente, me dice por sobre las voces que salían de las bocas invisibles de la noche: ‘Es inútil, la humanidad no puede terminar bien’. Y volvés a señalarlo en este texto con tu propia voz: «… la fuerte actividad moralista, que viaja en todos los hombres, factores que nos pierden, y por los cuales deduzco que la humanidad no puede salvarse».
«También me extraña, cuando Meursault (también lo conozco como Mersault), está asomado un domingo a una terraza y ve unos futbolistas exaltados y uno le grita: «¡Les ganamos!» Y él, desde arriba, dice: «Sí», sacudiendo la cabeza. A pesar que Camus decía que le debía mucho al fútbol, el personaje parece contradecirlo.

«Me he propuesto leer tu libro a la siesta. Voy a desplazar a Rilke, que me acompaña desde hace meses. Para mí leer, es releer.»

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