Moneda hallada en la vereda de la cárcel

MONEDA HALLADA EN LA VEREDA DE LA CÁRCEL

La vi en la madrugada de ayer, brillando en la vereda de tierra con modesto fulgor. Como un camafeo de plástico que un niño se olvidó una tarde y cuyo cromado de fantasía ya carcomía el óxido. Una placa de sheriff o una diadema de Blancanieves, pensé. Pero no. Aquel brillo no era de plástico sino metálico. Y en la calle opaca de la cárcel y entre todos los ocres del invierno, ponía la única nota de luz. Era, por cierto, una luz fría y blanquecina. Como la de una luna mordida entre las nubes de agosto o un ojo de buey mirando tras su vidrio sucio, el opaco Río de la Plata.

La desenterré y la reconocí de inmediato. Era una moneda de un peso grabada en 1960; tan común y barata en los tiempos en que yo coleccionaba. Y como una luna menguante y gastada por medio siglo, tuve que desprenderle las costras de tierra reseca con los dedos hasta verla llena; el plenilunio de una noche que no volverá.
Y me acordé de aquella escena del “El exorcista”, cuando el padre Merrin limpia una talla desenterrada de las ruinas de Nínive. Y tras desprender el último cascote de tierra iraquí, se da cuenta que se trata de una cabecita de Pazuzu, el demonio asirio del viento. Y en la madrugada de ayer también volvió a soplar el viento. Una ráfaga helada desde el sur que barría las veredas como un presagio.

“Un peso de 1960” vuelvo a leer para mí. Y el “uno” está grabado como el buzo de un arquero del pasado. Y rodeando el número, los laureles oxidados que supimos conseguir en mil ochocientos diez. “Un peso de 1960”, vuelvo a leer.
Me pregunté cómo diablos había ido a parar esa moneda ahí; y por qué diablos había emergido en la madrugada de ayer, sin dejar de asombrarme que tras el recuerdo del “exorcista” pronunciara yo la palabra “diablo” dos veces. Me imaginé, entonces, la escena. Una fila de mujeres haciendo fila en esa misma vereda bajo la llovizna, esperando el horario de visitas y trayendo alimentos para sus hijos o maridos en cautiverio. Y los oficiales que las revisan al entrar y a una le dicen: “No podés pasar con monedas, madrecita”, confiscándole acto seguido su miserable botín. Alguna de esas monedas habría rodado al suelo y se habría quedado clavada en el barro, enterrada con los pasos de los hombres, las botas de los oficiales y el neumático de los patrulleros. O la mujer pudo pasar con la moneda y un preso se la arrojó a un policía desde la ventana al otro día. O se le cayó a un oficial dando un vuelto a un proveedor, o cobrando una coima de estacionamiento o pagando al albañil que perimetraba la cuadra. O se le cayó a un familiar o a un abogado que le pagaba el viaje a un taxista.

Como quiera que sea, aquella pieza volvió a brillar en la mañana de ayer. Y lo hizo con el opaco fulgor de una luna cautiva, trayendo al presente el eco de un día irrecuperable.
Tuve la moneda todo el día en el bolsillo de mi pantalón. Anduve con ella por la ciudad y por los barrios. Y en un momento, mientras cruzaba el Puente Negro, un muchacho que limpiaba los vidrios quiso robarme el celular. Más tarde, dos policía me miraron insidiosamente en sendas plazas. Sospechaban de mí, supongo. No sólo por la hora en que volvía a casa sino también por mi falta de barbijo o por mirar a un pobre caballo en un baldío. Quizás ese amuleto me había servido para atraer la policía y el delito. Y yo no sabía cuál de los dos quería más lejos.

Cuando caída la noche pasé frente al presidio, saqué la moneda y la volví a dejar donde la había encontrado, como quien planta una ofrenda. Lo hice así para que se la tragara la tierra de nuevo o emergiera algún otro día. Y pensé que acaso yo no era el primero al que le pasaba eso. Cuando retomé la calle y miré al cielo, vi una luna menguante también. Parecía oxidada en las alturas y de escaso valor. Y duraría en el cielo el mismo tiempo que esa moneda duró en mi bolsillo. Una luna oxidada y sin laureles. Una luna confiscada a toda idea de libertad. Una luna que, como un miserable peso de niquel, apenas si iluminaba el patio del presidio.

Por Iván Wielikosielek

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