Monor, que habita en el espejo

El escritor piquense Héctor Massara, autor de Tierraplana, sigue produciendo narrativa que amuebla tanto mejor la narrativa piquense en particular, y pampeana en general. En este caso presentamos el relato hasta aquí inédito Monor, que habita en el espejo.

MONOR, QUE HABITA EN EL ESPEJO

Monor hace tiempo que está en mis sueños, tal vez veinte años. En un principio parecía conformarse haciendo vuelos rasantes en mis fases de sueño ligero como una música apagada y a la vez ensordecedora que me hacía despertar sudado. No deben preguntarme como sé que se llama así, nunca se ha presentado y cada vez que lo pienso tiemblo.

Lentamente, como si contara segundos sumergidos en jalea encontró la forma de llamar mi atención y me obligó a seguir su rastro entre los sueños comunes, desechándolos, aún a los agradablemente imposibles como hacerle el amor a mi vecina que tiene acaso treinta años. Me ha costado años aprehenderlo, es escurridizo y juega a confundirme tomando la forma de un vendedor de salchichas o de gorda recepcionista preocupada por el acné. Un día lo llamé por su nombre y me contestó con un rugido salvaje cargado de odio. Se presentó entonces, cabizbajo, y era notablemente parecido a mí. La pequeña victoria tuvo su precio, no pude encontrar la forma de hablarle de nuevo y caí en cuenta que le era insoportable y a la vez inevitable mi presencia. Me castigó entonces con recuerdos dolorosos, como la muerte de mi padre y cuando mi compañero de oficina informó a todos entre risas que mi mujer me engañaba con Dufresne. Maldito Dufresne y maldito Oviedo de lengua suelta. Basta Monor… por favor, basta. El castigo continuó, ardiente. Niños muertos y aplastados por gigantescas planchas, mujeres violadas con un salvajismo inimaginable, hedores, alaridos de gente quemada, vertiginosas caídas a pozos del nunca jamás, dolores tan insoportables que ulceraban los ojos y abrían la piel dejando escapar humores e insectos.

En un intento de escapar comencé a tomar estimulantes y litros de café para no dormir, durante una semana soporté el sacrificio hasta darme cuenta que…iba a morir si continuaba así. Compré un moderno despertador programable y lo ajusté para que sonara cada hora. Dormí entonces en síncopes de sesenta minutos y creí burlar a Monor, aunque los espasmos de sueño me habían convertido en un esqueleto sombrío y sucio que arrojaba al inodoro las citaciones de mis empleadores, preocupados por mis inasistencias y los avisos de Bancos y Financieras, preocupados por sus ganancias.

Monor encontró la forma de torturarme. En realidad yo le ayudé con mis vigilias obligadas. Lo volví a encontrar, una mañana al observarme en el espejo. Casi tan flaco como yo, las órbitas rodeadas de nieblas oscuras y las orejas descarnadas colgando de un cráneo pequeño. Se burlaba copiando mis movimientos y aunque me tapé los oídos para no escucharlo me confesó que mataría a Dufresne, cómo lo haría y cómo evitaría ser inculpado. Dufresne apareció muerto al día siguiente, la policía llegó a mi departamento con su carga de preguntas, seguramente alertados por mis compañeros de trabajo. Contesté con las mismas palabras que Monor me había regalado y los despedí palmeando su decepción.

Monor me esperaba sonriente en el espejo, antes de que pudiera enrostrarle su asesinato me pidió que cerrara los ojos. Procedió entonces a mostrarme su matanza, la cara traspirada de Dufresne al ver el cuchillo, el razgado del filo en la piel, el olor a sangre e intestinos, el rictus de dolor y los espasmos involuntarios de la muerte ya enseñoreada. Le espié entreabriendo los ojos y el maldito estaba haciendo lo mismo. Le rogué que apartara las imágenes. “Ahora mataré a tu mujer”, fue la respuesta. Y de nada sirvió mi súplica, se limitó a desaparecer aprovechando que corrí a vomitar al baño.

Me acosté, con el estómago encabritado y las piernas temblorosas, el sueño llegó pesado y húmedo. Sin Monor. Por la mañana pensé en romper el espejo, pero eso podría significar multiplicar a mi demonio en tantos fragmentos como se dieran en su destrucción. No lo cubriría con un paño, sería salvaje cegarlo. Podría evitar mirarlo, una solución peligrosa de tan simple.

El timbre sonó cerca de las diez, pasé por el espejo echando un reojo y creí verlo preocupado. La policía entró de nuevo con su carga de preguntas. Y no supe como contestarlas.

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