“Mujer, dame de ese dulce para que esta vida no sea tan amarga”

“Mujer, dame de ese dulce para que esta vida no sea tan amarga”
(una mañana en la clínica Marañón).

Por Iván Wielikosielek

Una enfermera con un dulce de leche camina por un pasillo vacío. Y pienso que es una imagen fabulosa que inaugura la mañana. Se trata de una chica muy delgada y completamente vestida de negro, lo que le da un aire musulmán o del evangelio. Y no sé si esto tiene que ver exactamente con su vestimenta o con el parecido a una samaritana portando un cántaro. Porque su pote blanco es pura luz caramelizada; leche manando entre las piedras; agua en el desierto para los sedientos de salud.
Sí, creo que fue la instantánea fugaz de la chica lo que me hizo pensar en la tierra de Sicar y en una lámina del catecismo de la infancia, donde la mujer iba al pozo llevando un cántaro de barro. Y lo hacía con la misma cadencia femenina y materna, con la misma profética inocencia conque esta joven trabajadora portaba dones en la mañana.

“Mujer, dame de ese dulce para que esta vida no sea tan amarga”, pienso. Y me digo que acaso ese sea el pedido subliminal de cada uno de los pacientes. De la señora que comparte pieza con Fabiana, por ejemplo; que se rompió la cadera y estuvo tirada dos días hasta que la rescataron. O del hombre que se internó el mismo día y que portaban su hija y su mujer en una silla de ruedas con respirador. Y el hombre tenía un tremendo parecido al escritor Philip Dick pero en una variante más enferma y envejecida, con la piel pálida y los ojos enrojecidos de los tísicos. Este pobre Philip Dick villamariense, a diferencia del otro americano, tenía la mirada acuosa y distante. Como si el único remedio para su mal fuera un viejo lago divisado a la distancia; un oasis fresco y evanescente como un espejismo. Y en cierto modo, ver un espejismo desde una sala de espera es convertirse en un escritor de ciencia ficción o en un loco furioso. En un visionario de una tierra prometida entre los el aplastante realismo del mundo.

“Mujer, dame de ese dulce para que esta vida no sea tan amarga”, pronuncia el hombre en mi cabeza, con una voz que no le conozco pero que mi imaginación pone en sus labios.
La chica pasa con su cántaro, aséptica y pura como una virgen. Y su estela deja tras de sí un vestigio y una promesa de luz que volverá. Como la estrella de Belén. Y me pregunto si esta chica será real. Porque puede que también sea una alucinación colectiva; un redentor fantasma que sólo materializan los ojos abombados de insomnio como un prisma enloquecido. Si a esta idea la hubiera escrito el propio Dick -me digo- todos dirían que es un ejemplo más de su paranoia mesiánica y de su enfermedad psiquiátrica. Pero acaso el único pecado que haya cometido Dick a nivel cognitivo haya sido el haber tenido visiones de locura y muerte sin estar loco ni estar muerto. A diferencia de su gemelo villamariense, que quizás sólo ve a la chica del cántaro sólo porque agoniza.

Cuando pienso en todas estas cosas, el pasillo queda repentinamente desierto y sin voces; como el Pozo de Sicar cuando Jesús y la samaritana se fueron para siempre. Y apenas si subsiste un murmullo de agua y viento soplando entre las piedras como pulmones enfermos. Y eso es lo que ha quedado ahora en la clínica: un corredor iluminado por la sucia claridad del afuera, el olor a desinfectante y la respiración de un hombre que acaso sea el propio Dick, al que no he visto desde ayer. Y entonces me digo que quisiera caminar por los pasillos para encontrar de nuevo a la enfermera, para aceptar que sólo era una chica atendiendo pacientes en la mañana y no una visión ni el místico holograma de una virgen. Pero ha llegado la hora de desocupar la habitación y con Fabiana abandonamos la clínica. La llevo del talle y ella me agarra del brazo, sin saber quién sostiene a quién. Y cuando estamos a punto de dejar el sector del internado, por una puerta entreabierta lo veo a Dick moviendo sus labios resecos. Está tratando de decirle algo a su mujer o acaso le está pidiendo agua. Pero como no alcanzo a distinguir su voz en el trajín del día, entre sillas de ruedas y carros del desayuno, le pongo sonido a su intento de palabras: “Mujer, dame de ese dulce para que esta vida no sea tan amarga”.
Y yo le digo a él, antes de irme, “ojalá salgas de esta, amigo. Ojalá te vayas pronto de esta pieza o esta misma tarde estés en el paraíso”. Y lo saludo con la mano, rogando que venga a verlo la enfermera con su pote de luz para que los sedientos ya no tengan sed.

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