Muy oscuro

Muy oscuro

El miedo bien pudo haber llegado en un horario impreciso, entre el que normalmente se levantaba a orinar y la llegada de Estévez que hacía el segundo turno en la fábrica de cerámicos. O sea, entre las dos y cuatro de la madrugada. Una fugaz mirada al reloj luminoso le mostró un treinta y siete que por supuesto eran minutos. No fue capaz de asomarse a verificar la hora. El miedo estaba allí, tal vez tenía forma de horrible monstruo, de un enano con un enorme cuchillo, o de vieja y aquilina mujer de ropas oscuras. No sería tan sencillo, con los ojos cerrados debajo de la sábana el miedo adquirió un color indefinido, tacto frío y rasposo, olor pesado a sudor y aliento.

Del otro lado del tabique miserable que permitía contar los empujones que Estévez le daba martes y viernes después de las veintitrés a la señora de la limpieza — invariablemente entre dieciocho y treinta y uno— sonó esta vez el despertador con un agotado zumbido. La claridad se filtraba por la tela de la cortina, pero el miedo seguía allí aunque no pudiese verlo. Se escondía entre el polvillo de aire que brillaba en oblicuos surcos desde el mirador de la puerta. Un momento… el despertador sonaba a las siete. Alguien se había robado entre cuatro y cinco horas por lo menos y también los quince minutos que le llevaba al vecino vestirse y echarse de nuevo a la calle. Corrió hasta la puerta, pero Estévez ya no estaba. Al entrar el reloj marcaba las ocho y cinco y en el tiempo que le llevó vaciar la vejiga había saltado a las nueve. El miedo lo empujo afuera, el sol ya estaba alto, tan alto que pegaba a las personas a las exiguas sombras de las casas y hacía trotar a los niños que salían del Liceo con sus trajes azules. ¿El Liceo no cerraba a las doce y treinta? Corrió hacia el grupo sosteniendo el pijama con el cinto y los chicos gritaron y huyeron en todas direcciones como si hubieran visto al miedo. ¿O lo habían visto? Tal vez lo seguía, o era su sombra que lo manchaba a esa hora vertical convirtiéndolo en un hombre negro. Dos padres lo esperaron en la esquina, lo empujaron e insultaron hasta que el policía intervino y le dijo impúdico de no sé qué y de no sé cuánto. Los padres se mostraron satisfechos cuando lo vieron subir al móvil y su cara se dividió con la cuadrícula del protector en una promesa de futura cárcel. El miedo seguía allí, aunque el policía le gritaba que no había nada de eso en el asiento trasero y que por favor dejara de llorar. Durante el viaje, su captor o protector habló continuamente por la radio mientras lo miraba extrañado y con desconfianza. Al terminar le sonrió y dijo unas palabras al conductor que viró en la esquina y corrió alocadamente por la avenida entre un caos de luces y sirenas. El miedo pareció calmarse.

Ya había estado en el edificio blanco cuando su ex mujer se tomó todas las pastillas, dos tipos de bata blanca lo acompañaron y le decían “no tenga miedo” como si él pudiera hacer algo para evitarlo. Les pidió sollozando que lo protegieran y ellos le prometieron un lugar seguro y cálido. Y cumplieron. El lugar era tan blanco, puro y acolchonado que cualquier miedo hubiese quedado en evidencia al instante. El agotamiento y algún inyectable que ardía en su nalga lo durmieron hasta las seis de vaya a saber qué día, cuando despertó el miedo seguía allí, ahora se había acercado lo suficiente para tomar contacto con su piel que respondía con un asombro de cabellos erizados. Lo sintió mientras se introducía por sus orejas, nariz y boca, lo vio mover los músculos de su antebrazo y correr por las carreteras venosas en dirección a la máquina tictac. Inadmisible. No debía llegar. El enfermero tuvo razón en no quitarle el cinturón, no había ningún punto de apoyo para colgarse, pero la hebilla guardaba su clavo atravesando el cuero y pareció no notar la diferencia al introducirse en el ángulo interno del codo y recorrer en su longitud a las venas, como dicen que hay que hacerlo. Un brazo primero, luego el otro y el miedo burlado, rabioso, desviado en su trayectoria.

Veinte minutos después —cálculo de médicos— la máquina tictac se había detenido y los lívidos enfermeros juraron que el miedo seguía allí.

Héctor Massara
Por Héctor Massara

Compartir

Autor