No tenemos idea de cuánto vale el otro

No tenemos idea de cuánto vale el otro

No tenemos idea de cuánto que vale el otro. En eso pensé todos estos días mientras caminaba por la calle o leía los diarios. En Buenos Aires, un hombre le pegó a su esposa hasta casi matarla con la beba en brazos que se salvó de milagro. En Córdoba, una mujer mató a dos familiares por diferencias económicas y luego se suicidó. En Villa María, ayer, una cuatro por cuatro casi atropelló a una anciana en mis narices. La mujer había ganado la calle y tenía prioridad. Pero estas palabras, “prioridad”, “anciana”, “mujer”, parecieran no tener ningún valor en la “Ciudad del aprendizaje” (según Unesco); donde esta escena se repite unas cien veces al día. Y hace poco, en un país llamado Argentina, un gobierno decretaba una “devaluación-castigo” contra los pobres que no lo votaban; esos pobres peleándonos entre sí (entre nosotros) como ratones en la caja de experimentos de un científico cruel.

Sea como fuere, no tenemos idea de cuánto que vale el otro. No sabemos el fabuloso milagro de que exista, de que esté al alcance de la mano ese al que llamamos “semejante”. Ese que nació en el mismo país y que habla el mismo idioma que nosotros. Si estuviéramos perdidos en Finlandia, por ejemplo, cuánto que valdría haber encontrado a ese “otro” que casi atropellamos o que le robamos veinte pesos en la balanza. No sabemos que ese otro podría socorrernos si estuviéramos en un apuro o tras un accidente, como ese muchacho que ayer vi salvar a un animalito que se incendiaba en el Amazonas.

No. No somos conscientes de cuánto que vale el otro. Que ese que pasa en la otra vereda podría donarnos su sangre si la necesitáramos. Que su compatibilidad con nosotros es casi total, incluso mucho más allá de nuestro grupo sanguíneo. Que podría ser la madre de nuestro hijo, el padre de nuestra hija o esa persona que nos salve con un consejo a tiempo.

Siempre pensé en aquella famosa de Rimbaud que decía “yo, es otro”. Claro; eso fue escrito en clave francesa del siglo diecinueve en donde el poeta rompía su personalidad para volverse un “vidente” y salirse incluso fuera de sí. Pero yo pienso en clave argentina del siglo 21 y me doy cuenta que ya no hay que seguir rompiendo, que lo que necesitamos es lo contrario. Rearmar nuestra personalidad y volvernos dentro de nosotros. Que mejor sería decir “yo, son los otros”.

Si sólo pudiéramos ver aunque más no fuese algunas pocas veces al día al “otro” como nos vemos a “nosotros”, pienso que algo empezaría a cambiar para siempre. Y eso que los antropólogos llaman “lazos sociales” o “espíritu de los pueblos” empezaría a reforzarse, a mejorarse para siempre.

Vivimos en una barbarie democrática basada en votos. Vivimos en una carnicería cotidiana basada en una “economía de mercado”. Vivimos en una barbarie ontológica donde la alteración sistemática de los estados de conciencia atentan contra nuestra integridad más honda. Y pese a todo, aún no estamos del todo muertos. El sistema de deshumanización perversa no pudo del todo con nosotros. Ni siquiera el álgebra de la necesidad de habernos convertido en ratones mordiéndose en la caja de experimentos ha podido con nosotros. Acaso porque en el fondo hay algo que aún no se ha roto. A pesar de tanto crimen contra el semejante; a pesar de tanta conciencia de sí vuelta “inconsciencia del “no”. A pesar de tanto comprensible “no matarás” convertido en incomprensible “moríte”, hay algo que aún no se ha roto. Algo que viene a decirnos que acaso el gran misterio de la divinidad para que aprendamos a querer, consiste en poner lo mejor de cada uno en ese que pasa en la vereda del frente. Que todo lo que la divinidad quiere que aprendamos no es una inmensa enciclopedia sino el significado de una sola palabra: “prójimo”. Esa que, como cada uno de nosotros, se halla inscripta en el Libro de la Vida.

Por Iván Wielikosielek
Iván Wielikosielek

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