«Nos va a costar mucho remontar el desastre»

«Es un tiempo raro. Sigue corriendo pero estamos detenidos. Estamos en suspenso. O a lo mejor andamos hacia atrás. Al principio por inercia seguimos con un ritmo más o menos vertiginoso: quedate en casa pero aprovechá el tiempo. Hay miles de cursos on line, talleres, rutinas de gimnasia, manualidades, cocina, subí videos con poemas, recomendá libros para la cuarentena, tomás clases de yoga o de guitarra, leé, trabajá desde casa, escribí, cursá una licencia-tura, planificá tu día, hacete nuevas rutinas…Basta, no se puede seguir haciendo mil cosas como si nada, como si no existiera el peligro, como si no hubiera un temblor a escala mundial. Nos desaceleramos, nos deprimimos. El aislamiento social se siente. Es un tiempo raro. Claro que no es lo mismo para mí, poeta, acostumbrada a la soledad y la introspección, que vivo en una casa amplia y tengo un patio grande. Que me refugio en los libros y que la escritura me abriga. Que cobro puntualmente mi jubilación. Que estoy en el grupo de riesgo pero me siento cuidada por las medidas tomadas a nivel nacional y provincial (volvimos a tener ministerio de Salud, nada menos). No es lo mismo para mi hijo y miles como él que no tienen trabajo estable. No es lo mismo para mi hija y miles como ella cuya actividad se vio mortalmente afectada: gastronomía, turismo, pequeños comercios, emprendedores, artesanos…No es lo mismo para quien vive en habitaciones reducidas , con baño compartido, con varios convivientes. Nos va a costar mucho remontar el desastre y la situación social, pese a los esfuerzos del gobierno, es desesperante. Veníamos de cuatro años de economía paralizada, de endeudamiento por cien (100) años, y ahora esto, que exacerba las diferencias, que pone mayor distancia entre las desigualdades. Pero, ¿de cuántos muertos estaríamos hablando si no se hubiera iniciado en marzo la cuarentena, si no se hubiera preparado el sistema de salud como se hizo? No hay economía que se reactive si gran parte de la población muere. O sí, pero el costo en vidas sería altísimo. Hay ejemplos de esto. Estados Unidos. Y le dicen “primer mundo”. ¿Este sacudón nos hará mejores? No lo sé. Lo pongo en duda. Al principio, quizás por mi optimismo un tanto ingenuo, creí que aprenderíamos algo. Pero con el correr de este tiempo aletargado fui modificando mi visión. A lo mejor sólo muestra descarnadamente lo que somos: seres solidarios que exponiendo su propia vida se arriesgan por los demás, como todo el personal vinculado a la salud, o los referentes barriales – varios han fallecido en las villas porteñas-, los artistas y escritores que por las redes comparten su trabajo para ayudar a pasar el encierro, los que siguen trabajando en comedores y merenderos, los que se acercan a asistir a quienes no pueden salir de sus casas…Y los otros: seres egocéntricos que sólo ven su propio ombligo, capaces de agredir a un camionero que hace tareas esenciales (y se expone) o a médicos y enfermeros “que los pueden contagiar”, sin importarles que están salvando vidas, que insultan a los sospechosos de Covid como si se enfermaran a propósito…Igual, creo que es mucha más la gente solidaria, la gente para la cual “la patria es el otro”, la gente que empatiza. Pero los egoístas suelen tener más prensa. No me acostumbro a la virtualidad. El primer día que salí al supermercado hice una fila de casi dos cuadras -por el distanciamiento-. Y me alegró que me tocara estar parada justo en una casa que tenía en la ventana un cartel que decía: Son 30.000. Era la semana de la memoria, y no podíamos marchar. En el portón de mi casa había un cartel similar, y el pañuelo de las Madres que me regaló Hebe la primera vez que vino a Pico. Cuando pudimos hacer la primera caminata –cerca de casa, con barbijo- tuve ganas de abrazar a cada uno que cruzaba. Y al regreso, con un sol otoñal a pleno, Zoquete y Sovaco hacían las recomendaciones sanitarias usando un megáfono, con la alegría de siempre. Ahí tomé conciencia real de cuánto me había afectado el aislamiento, cuánto necesitaba ver a otros seres humanos, cuánto necesitaba reirme. ¿Escribí? ¿Organicé poemas en libros? No. Casi nada. Tengo tiempo, pero no tengo ánimo. Hice un taller de escritura con nuestra Soledad Castresana, sobre escritura y viajes, cuyo leit motiv era el poema de Baudelaire Invitación al viaje. Y el poema que surgió creo que resume de algún modo lo raro de este tiempo».

Viaje quieto

Allá, todo es orden y belleza (Baudelaire)

Acá todo es caos y extrañeza,

desolación y túneles de niebla.

Dentro de mi mente bulle el viaje

y veo muertos amontonándose

sin nombre.

Las alcantarillas colapsan de agua enferma

y de esta sensación que no sé describir.

Lo peor es el miedo.

Cualquiera a mi lado

es potencial mensajero de muerte.

Levanto muros transparentes.

Lo aíslo. Me aíslo.

Pero la vida no es aséptica.

Sin abrazos no se puede seguir.

¿Alguien recuerda cómo olían los cuerpos

antes que el desinfectante llenara el aire?

Viajar alrededor de mi cabeza,

eso pide este tiempo de pasaportes cancelados.

No salir de la casa

que nos asfixia sin que lo notemos

como un organismo que se va extendiendo desde el rincón

y cubre cada poro.

Acá, todo es caos y extrañeza.

No me acomodo a este viaje sin salida

que no sé cuándo acaba

ni en qué estación de infierno me abandona.

Águeda Franco

Nació en Buenos Aires en 1957. Desde 1975 reside en Gral Pico. Es socia fundadora de la Asociación Pampeana de Escritores y del Grupo de Escritores Piquenses. Publicó Laberintos Antiguos (Fondo Editorial Pampeano, 2000), No le digas (Fondo Editorial Pampeano 2010), Raspando los días (Ediciones En danza 2017) y El año que no hubo verano (Ed.Lamás Médula 2018). Fue seleccionada en dos oportunidades por el Fondo Nacional de las Artes para asistir a talleres coordinados por Alicia Genovese e Irene Gruss. Junto a otras seis poetas integra desde fines de 2010 el grupo Desguace y Pertenencia, con el que recorren escuelas y bibliotecas públicas de nuestra provincia, y con el que ha publicado una plaqueta y los libros El hilo invisible (2012), Donde el viento (Ed. Dunken, 2016) y Hoja de Ruta: entre la niebla y otras zonas de duda (Ed. En danza, 2019). Coordinó talleres literarios en la Casita de los Escritores de Gral. Pico. Fue jurado en numerosos concursos literarios de nuestra provincia. Ha recibido premios provinciales en los certámenes Vivir en democracia con justicia social y Por la memoria de los pueblos. En 2013 ganó el primer premio en el certamen federal Casa Museo Olga Orozco. Su libro El año que no hubo verano fue uno de los diez finalistas del concurso organizado por Ediciones Lamás Médula y Grupo Editorial Sur en 2016, obteniendo mención especial. El jurado estuvo integrado por Alberto Szpunberg, Horacio Salas y Laura Yasan.

el año que no hubo verano
la lluvia creció desmadrada
en los ladrillos crecieron líquenes
los humedales florecieron
colmada su capacidad de reservorio

no hubo verano

pero la sed seguía sed
aún en tanta agua

De El año que no hubo verano (2018).

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Autor

Raúl Bertone