«Ojos Mutantes es un libro de luces y oscuridades, muy atravesado por el feminismo»

En los últimos seis años Josefina Bravo intensificó su mirada sobre lo cotidiano. Ese es el tiempo transcurrido entre su primer poemario, llamado Escalofriante de mí, y Ojos Mutantes, el segundo libro aparecido cuando se desandaba el último tramo del 2020, el raro, desconcertante y extraño 2020. Bravo utiliza la palabra escrita como fuente de sororidad. Y es el verso promoviendo un pensamiento, reflexionando, abriendo puertas para plantear preguntas en un tiempo donde el feminismo, que habita la poesía desde hace muchos años, se ancló de forma más decisiva, con mayor presencia.

«Para este segundo libro hubo toda una nueva búsqueda de la forma y de las preguntas que movían a escribir. También una reedición de las viejas preguntas, con las que escribí el libro anterior, pero con un cambio de perspectiva. Ojos Mutantes es un libro de luces y oscuridades, muy atravesado por el feminismo. Aborda el miedo, la lucha, la muerte y el amor. Insiste en la búsqueda de la vida, incluso dentro de las oscuridades», contó Bravo, en el comienzo de la entrevista con El Lobo Estepario.

Girri definió a la poesía como «arte de simultaneidades,/posesión del habla/poder de sugerir, adecuación/del sonido a la inteligencia,/movimientos del estilo”. Esa otra manera de mirar lo que nos rodea quedó expresada en su nuevo trabajo -fue publicado por Editorial Voces-, tratando de encontrar el fulgor que anida en lo visible. Allí donde pueden converger la desmitificación del amor romántico, la interioridad femenina con sus pensamientos, sus miedos, sus deseos, o la libertad creativa de la mujer.

La poeta pampeana, nacida en 1988 y que en 2013 fue seleccionada por el Fondo Nacional de las Artes para realizar una capacitación en poesía coordinada por Irene Gruss, señaló, al referirse a Ojos Mutantes, que «es un libro de larga gestación. Los poemas estaban, pero me llevó mucho tiempo armarlo, encontrarle el orden según lo que quería decir. En el poemario hay una transformación de la mirada, tiene que ver con el cierre de una etapa, con poder reconocer, entender y nombrar ciertas cosas. Por eso lo dejé reposar, lo releí y corregí mucho. Después, cuando estuvo listo, llegó la pandemia y todo se dilató. Pero finalmente salió y es una edición hermosa, acompañada de una serie de ilustraciones de Alexander Moreira que está inspirada en algunos conceptos que trabajo en el libro. Feliz, además, de que Editorial Voces me haya invitado a publicar. Todo el proceso de edición fue muy ameno y ahora está llegando a muchísimos hogares, a los suscriptores de la editorial. Pero también puede conseguirse en la misma editorial o poniéndose en contacto conmigo».

Bravo además agregó: «Lo maravilloso es que el libro deja de ser mío para ser del mundo. Empieza a hacer su camino. Y, de a poco, llegan miradas, lecturas, devoluciones, interpretaciones, algo muy rico y grato de recibir. De todas formas, es un libro que dialoga constantemente con su entorno. Cuando escribo, tomo frases o cosas que veo o escucho en la cotidianidad y converso con ellas. Muy al revés de lo que se cree, la literatura es el resultado de un proceso colectivo, de los vínculos, de las vivencias con otres. Por supuesto, hay momentos de soledad, el de pensar, reflexionar y observar el mundo; y el de escritura, de estar frente al papel o a la computadora. Esas partes son más solitarias. Pero para llegar a eso, primero es necesario ir hacia otres, interactuar. Y el después también es colectivo, cuando se comparte el libro, que es una mirada del mundo».

La escritora reside en Santa Rosa desde hace varios años, y colabora con notas y entrevistas culturales en El Anartista y otras publicaciones. En la capital pampeana ha gestionado talleres de escritura y recitales de poesía junto a un grupo de artistas, y es coordinadora del taller virtual de escritura creativa Buscadores en lo huyente, junto a Miguel Ángel Lell. Sobre el año que pasó, donde primó la incertidumbre provocada por la pandemia de coronavirus, lo definió como «atípico y difícil. Mucha gente perdió el trabajo o se vio en serias dificultades económicas. A todes nos exigió repensarnos desde algún lugar o nos puso frente a miedos o amenazas. Nos desacomodó. Para bien y para mal, porque no creo que haya sido un año perdido, siempre algo bueno podemos rescatar. Sí fue un año de mucho aprendizaje, que puso en evidencia la precarización laboral de varios sectores, sobre todo de quienes trabajan de forma independiente. Por ejemplo, el sector cultural, que todavía no ha podido reactivar su actividad».

En ese sentido, dejó en claro que «el Estado no supo generar políticas que permitieran al sector seguir trabajando y tampoco auxiliar a les trabajadores más expuestos durante todos los meses que no pudieron salir a ganarse el pan. Por supuesto, tenemos que cuidarnos, eso está clarísimo. Pero, con protocolo, no hay más posibilidades de contagio en un teatro o espacio cultural que en un bar, en un partido de fútbol o un entrenamiento físico. Al contrario, en un teatro hay menos contacto entre les concurrentes. Por lo tanto, queda a la vista que no se volvió a trabajar porque el sector no tiene peso económico, el trabajo es informal y les trabajadores son independientes. Esto nos lleva a pensar cómo nos desenvolvemos en la actividad cultural en general. Por ejemplo, frente a contrataciones de servicios culturales, quedan muy claras las obligaciones y lo que se espera del hacedor cultural y no de quien contrata, que no son solamente monetarias. Tiene que haber compromiso desde las dos partes, tanto de quien asiste a un taller como de quien coordina y de quien contrata un servicio como del contratado. Hay mucha irregularidad e irresponsabilidad».

Las diversas expresiones de la cultura buscaron entonces alternativas que permitieran mitigar los efectos de la pandemia, en un momento donde los diferentes protagonistas se quedaron súbitamente sin la posibilidad de trabajar. Bravo, que integra la comisión organizadora del “Pampa Fest”, primer Festival de Poesía en La Pampa desde el 2019, y forma parte del grupo teatral Alta Rusticidad, destacó que «quienes trabajan de forma independiente no tienen vacaciones pagas, ni aguinaldo y tienen los mismos gastos u obligaciones que quienes trabajan en relación de dependencia. Si vas a un taller, el tallerista te está reservando un cupo. Si contratás un servicio cultural para una fecha, el trabajador te reservó esa fecha, probablemente dejó otros trabajos para estar ahí ese día. A veces se pierde de vista eso y parece que les trabajadores culturales vivimos del aire y hacemos todo por el placer que nos causa nuestro trabajo. La pandemia nos obliga a repensarnos, a reinventarnos. Poner luz a lo que sucede, verlo, es el primer paso. Ahora es el momento de trabajar para lograr formas más sanas, empáticas y justas de trabajar y relacionarnos».

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Autor

Raúl Bertone