Pentecostés

PENTECOSTÉS

Me despido de mi amigo en Alta Córdoba y bajo por el camino de siempre; tan conocido y tan extraño, luego de tantos meses sin volver. Cae la tarde y al cruzar el puente asisto a ese momento en que la luz se mezcla con la noche. Panales de hormigón recortándose contra occidente como si el mundo fuera una maqueta de cartón que se incendia.

Hace doce horas era el momento inverso y yo estaba en la terminal de mi pueblo. Allí, los obreros y las maestras subían al colectivo. Y acurrucándose en los asientos durmieron media hora hasta Villa María. Pero esta vez yo seguí hasta la gran ciudad.

Durante toda la tarde, mientras ellos trabajaron o dieron clases, caminé por las calles repletas y fui a las librerías de usados. Luego pasé por las panaderías en buscar pan negro y masitas y estuve toda la tarde en la casa de mi amigo. Y al volver, me traje conmigo sus palabras:

“Cuidáte, hermano. Y levantá la cabeza que este mundo de mierda no va a durar mucho tiempo más. Muy pronto se termina todo el engaño y el último día está cada vez más cerca. Mucho más cerca de lo que vos te maginás. Acordáte de la rosa de los alquimistas. Acordáte de la ciudad de la rosa. Acordáte del laurel de los cátaros que reverdece cada setecientos años. Acordáte de todo eso, hermano. Y tené fe que lo mejor está por venir”.

Mi amigo me da un abrazo y es cuando emprendo mi descenso al pozo por avenidas espiraladas, callecitas burguesas de Cofico con videoclubes y verdulerías y gente caminando como sombras. Durante un rato me sentí como Dante acompañado por Virgilio; pero de repente me quedé solo, bajando al infierno.

¿Quién me acompañará la próxima vez hasta el borde oscuro? ¿Quién me dirá de nuevo “cuidáte, hermano, lo mejor está por venir”?

Pero tus palabras todavía me acompañan, Roberto querido. Poco importa que hoy haga cincuenta días que te fuiste de este mundo.

Parece que no hay ninguna muerte que no se vuelva resurrección pasado Pentecostés. Ningún aliento que no devenga puro verbo. Ninguna sombra inasible que luego de cincuenta días no se vuelva abrazo.

Por Iván Wielikosielek
Iván Wielikosielek

Compartir

Autor