Como perros rabiosos, un relato de Nidia Tineo

El Taller Literario de Corpico ofrece en esta oportunidad un relato de la época más negra de nuestro país, en la pluma de la piquense Nidia Tineo.

Como perros rabiosos

Por aquel entonces el tiempo apretaba. Ellos, los de las botas, habían tomado por asalto la casa, usaban armas de verdad y se apropiaron de la vida de la gente.
Teresa viuda desde años atrás, vivía en un pueblo pequeño cerca de Rosario con dos hijos de los cuales se sentía orgullosa. Ana Laura, nunca le dio problemas. Incluso, cursó en término la carrera de Letras y ya le faltaba poco para recibirse.
Su hija acababa de casarse con Mario, un periodista a quien la madre a decir verdad, no conocía bien. Pero un domingo mientras su yerno estaba haciendo el asado, lo vio jugar con las mascotas en el patio y reírse como un niño. Entonces, ella pensó que él no debía ser una mala persona.
Su otro hijo en cambio, nunca quiso estudiar. Roberto era mayor que Laurita y se dedicaba a tocar la guitarra en una banda de rock. Todas las mañanas iba a trabajar en bicicleta a una fábrica. Él todavía no se había casado y ante los reproches de su madre, risueñamente respondía:
-Hay ciertos placeres que solo están reservados para los solteros como yo mamá… -y enseguida la abrazaba apretándola tan fuerte que le quitaba el aliento, mientras le susurraba tiernamente al oído:
-Viejita, mi viejita querida…No te voy a dejar nunca, aunque me eches a escobazos -y disparaba, dejándola contenta…
-¡Déjame! -le decía ella toda regalona- ¡Siempre igual de loco! ¿Cuándo vas a cambiar vos?
Roberto conocía algo de albañilería y construyó un pequeño departamento en el fondo de la casa. Desde entonces, vivía allí con su perro y su enloquecedora música.
Aquella noche era tardísimo cuando Ana Laura apareció con un bolso. Sus ojos claros no podían ocultar la tristeza. Ella contó que había discutido con su marido y ambos, estuvieron de acuerdo en separarse por un tiempo.
La madre dispuso enseguida que se quedase en la habitación que tenía para las costuras – y que antes, ocupaba su hija-. A la mañana siguiente, juntas la reacomodaron conversando animadamente:
-¿Te acordás cuando papá y tu hermano terminaron de levantar las paredes de este cuarto? Vos les dijiste que sería tuyo y ninguno de los dos se atrevió a contradecirte -recordó con ternura la madre. Al escucharla Ana Laura se dejó caer en la cama enmudecida, escondió el rostro entre sus manos y se quebró en llanto…
-Pero hijita… ¿Qué te pasa? ¿Por qué te pones así?
Con el correr de los días la madre se preocupaba cada vez más… “La veo muy abatida” pensaba, mientras la esperaba todas las noches con la cena lista.
Lo que más la inquietaba era ver cómo su hija se iba consumiendo en silencio. La vio muchas veces colocar las manos sobre el vientre. El cuerpo tan flacuchento de Ana Laura y aquel gesto, le hicieron sospechar que podría estar enferma.
-No mamá, estoy bien. No me pasa nada… –la respuesta fue terminante.
Teresa quiso saber de su yerno, por qué habían peleado, dónde estaba él, por qué no venía a verla…
Pero la joven le respondía con monosílabos y cuando terminaban de limpiar la cocina luego de la cena, se encerraba rápidamente a estudiar en la habitación… Entonces, la mujer observaba intranquila la luz del cuarto que se filtraba a través de la ranura de la puerta y hasta tarde, la oía llorar…
Roberto siempre la calmaba:
-No pasa nada, viejita. Quedate tranquila, dejala… Ya se le va a pasar…
Pero una noche Ana Laura no regresó a casa. Teresa la esperó sentadita en la cocina mirando hacia la puerta de calle. No pudo dormir aquella noche, ni en las noches siguientes.
Inmediatamente, empezó a buscarla. Parecía que se la había tragado la tierra. No había quién supiera de ella.
Hasta que un conocido le dijo con terror en los ojos:
-La chuparon en la esquina…
-¿Qué…? ¿Quiénes? – preguntó ella con angustia pues no podía entender de qué le hablaba.
Aunque no obtuvo respuestas porque aquella persona, desapareció al instante.
Ajena a la realidad del momento, Teresa anduvo averiguando por su hija. Golpeó puerta tras puerta. Y fueron muchos los que se la cerraron en la cara.
Una vez, la atendió un comisario vestido de civil en su sombrío despacho. Después de escucharla, le contestó con sarcasmo mientras le exhalaba el humo de un toscano en los ojos:
– Su Laurita… señora… ¿No se habrá fugado con algún machito…?
La madre salió descompuesta, llevaba una mezcla de bronca y llanto atrancados en el pecho. Al pisar el umbral vio a tres tipos que la miraron duramente y ella pudo olfatear el hedor que venía de sus ropas… Olían a muerte.
Desahuciada, de tanto ir y venir con el dolor a cuestas, descubrió a otras madres con idéntica angustia.
De a poco, fue advirtiendo con espanto, lo que sucedía en su país y se fue despabilando…
Una noche de invierno, agotada de buscar regresó a su casa. Sin quitarse el abrigo, ni beber siquiera un vaso de agua, se sentó sobre la cama de Ana Laura. La cabeza entera le martillaba. Con un nudo en la garganta y lágrimas ahogadas acarició su ropa. No pudo aguantar más y lloró, lloró sobre la almohada y una profunda congoja invadió toda la casa.
No tenía noción de la hora, ni del tiempo transcurrido cuando le pareció oír un grito aterrador y se quedó en silencio. Atenta, volvió a sentarse en la cama. Y lo escuchó de nuevo… “Es Laurita que me llama” pensó.
Se incorporó como un resorte mirando hacia todos los puntos del dormitorio.
Afuera estaba oscuro y las sombras se agitaban nerviosas como queriendo decir algo. Ella caminó por la pieza dando vueltas en círculos…
Observó fijamente el libro de Filosofía que su hija había olvidado abierto sobre la mesita de estudio.
Lo tomó entre sus manos que no podían estar quietas… En ese momento, una foto de su yerno cayó con algo escrito:
“Las amaré por siempre…” rezaba brevemente con su inicial al pie. La fecha era reciente.
Teresa miró sin comprender la fotografía y el mensaje. Sus ojos enrojecidos parecían ciegos…
-¿Dónde estás Laurita? -repetía con voz baja, entre sollozos.
Volvió a escuchar esos gritos ensordecedores… Se tapó los oídos, y se retorció agobiada. Los gritos la exaltaban.
De repente, empezó una búsqueda nerviosa, desordenada, por todas partes de la habitación…Miraba hacia los costados con ojos desorbitados, hablaba sola, lloraba…
Buscó y rebuscó atropelladamente, no quedó hueco o cosa sin revolver: bolsos, cajones, ropero, ropas, carpetas, cuadernos, apuntes, libros, discos, mesa de luz… Todo pasó por una desesperada y angustiante requisa.
Hasta que al final se topó con aquella caja oscura. Estaba en un rincón al fondo entre las patas de la cama, junto a las manchas de humedad de la pared descascarada. Una caja de hierro bien cerrada. Teresa en su delirio creyó que los gritos provenían de ahí… y apresuradamente, quiso abrirla a golpes, pero no pudo.
Entonces, fue al galpón y regresó rápidamente con un martillo y unos cortafierros.
Parecía fuera de sí.
En ese momento, se oyeron terribles golpes en la puerta de calle. La estaban tirando abajo.
La mujer no hizo caso.
Se escucharon gritos y más gritos. Ladridos de perros furiosos. Crujidos de muebles rotos al pasar. Por el largo pasillo pesados pasos se aproximaban. Hubo estampida de puertas abiertas a fuerza de patadas.
Pero Teresa ya no oía. Concentrada en su propósito murmuraba algo inentendible…
Al fin, la cerradura de la caja cedió… y ella levantó la fría tapa, y luego otra, y otra más…
Entre llantos y gemidos de dolor la madre continuó abriendo infinitas tapas…
Tras su espalda se oyó la respiración jadeante de los perros rabiosos…
Ya estaban ahí…
Inesperadamente, al voltearse algo la tragó. Y ella rodó por un piso de cemento helado dando contra paredes oscuras… Como pudo se puso de pie… pero enseguida cayó. Cayó arrastrada de los pelos. Y siguió cayendo, empujada a patadas por el sórdido hueco, mientras preguntaba con voz quebrada: ¿Dónde estás Laurita?
Entonces, esos tipos le gritaron. Y sus gritos fueron como puñetazos:
-¡Hablá vieja loca! ¡Decí lo que sabés si querés encontrar a tu hija! ¿Dónde está tu yerno? –esos hombres la interrogaban mientras un doloroso cosquilleo la quemaba por dentro, la sacudía, la asfixiaba… y una sed desmedida le ponía pastosa la boca y le resecaba la garganta, impidiéndole hablar…
– No sé…, no sé nada… -alcanzó a responder entre quejidos, cuando recibía unos trompazos que la sacudieron y atontaron aún más, hasta dejarla desmayada.
Cuando al fin abrió los ojos, el día era gris y estaba en la cama de un hospital también gris. Se sentía confusa y le dolía todo el cuerpo. Había perdido los dientes y apenas recordaba quién era. Más tarde, le contaron que durante días enteros estuvo llamando: “Ana Laura…” “Roberto…”. Las enfermeras y médicos le curaron las heridas, la cuidaron y ayudaron como pudieron.
Y una mañana de agua, un desconocido le puso un papel entre sus manos. Era una carta breve y estaba escrita con trazos apurados en un trozo de cartón sucio y desgastado. Ella reconoció enseguida la letra de su hija. Le contaba de su nieta. Había nacido en navidad. El nombre de la niña… Lucía y la nota finalizaba:
“… mamá, te pido que cuides de ella, hasta que podamos estar juntas…”
El texto se cortaba abruptamente. Le faltaba un pedazo. Los ojos de la mujer se llenaron de lágrimas. Había transcurrido mucho tiempo desde que vio por última vez a su hija salir hacia la Facultad, para nunca regresar.
Cuando Teresa volvió a su casa junto a su hijo Roberto, continuaron la búsqueda.
Tiempo más tarde, Teresa conoció a otras abuelas que también buscaban.
Entonces, el dolor y la ilusión se hicieron uno. Los buscados ahora, eran sus nietos y nietas…
Sin embargo, no fue fácil.
La nieta no apareció y las manos de Teresa se fueron llenando de arrugas…
Una tarde de sol escuchó el timbre. Alguien llamaba tímidamente a la puerta. Ese día, estaba esperando la visita de una amiga.
Pero ahí, en el umbral de la puerta, estaba parada una muchacha que tendría apenas unos veinte años…
Las dos, se miraron en silencio…

Nota: Los hechos relatados son ficticios. Cualquier parecido con la realidad, es pura coincidencia.

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