Poemas de Samir Delgado en la Audioteca de Literatura Canaria

Los pájaros de la infancia de Saint-John Perse es un libro inédito de Samir Delgado. El mismo fue seleccionado en la convocatoria de la Audioteca de Literatura Canaria Actual del Gobierno de Canarias. Los poemas pertenecen al proyecto de escritura de una poética del imaginario atlántico inspirada en la luz y en el paisaje de una insularidad universal, como homenaje al escritor Saint-John Perse, Premio Nobel de Literatura 1960. En el canal de YouTube de la Unidad del Libro del Instituto Canario de Desarrollo Cultural se pueden encontrar más voces de nuestras letras.

Delgado (Las Palmas de Gran Canaria, 1978) es poeta y crítico de arte, ejerce de profesor en el Instituto de Artes Modernas de Durango, México. Es Licenciado en Filosofía por la Universidad de La Laguna. Fundó y dirigió el Encuentro Internacional de Literatura 3 Orillas, y el Tren de los Poetas. Algunas distinciones: Cosmovisión Atlántica: La isla que habita en los cuadros (Premio de Poesía Poeta Bento, Gran Canaria, 2011), ‘Bajo un mismo sol. Cuaderno de La Habana‘ (Premio de Poesía Dulce María Loynaz, Santa Cruz de Tenerife, 2012), Galaxia Westerdahl (Premio de Poesía Luis Feria, Tenerife, 2013), ‘Pintura número 100. César Manrique in memoriam‘ (Premio Internacional de Poesía Tomás Morales, Cabildo de Gran Canaria, 2019), La carta de Cambridge (Premio Internacional de Literatura Antonio Machado, 2020), ‘Los jardines imposibles‘ (Premio de cuentos Milenio del Reino de Granada, 2013).

Campiña atlántica

Abre este mapa de navegación como un documento órfico — todo lo que es hallado e se hallare — en el tiralíneas de colores de una isla en la memoria de los alisios. La continuidad antigua del maná geomántico en la víspera solar, la luminaria pretérita del jaspe que se sueña a cielo abierto en la planimetría de los viajes, con todos sus ángulos de visión sobre la campiña atlántica. Desde el faro mirar los esfínteres del agua y el rumbo del pálpito del concierto solar. Una página abierta de cañaverales invisibles, tapiales vaporosos, corimbos lacustres, bojes de luz, arrecifes del horizonte mirándote a los ojos. Suéñate al timón, de naos a la deriva, entre ascuas de luz seminal, fuera de rada en la atalaya oceánica, con lampadarios del primer ocaso y una hoguera de nuevos cielos para asir este talismán volcánico, el carbunclo solar y el combés a la vista de una montaña marina. Afuera la isla de nadie — la encubierta — cruza de lejos la pampa solar, el embrión de luz en el sortilegio natural de los marineros errantes, de Utatlán a las Termópilas, todo conduce siempre al símbolo diurno que dispensa el horizonte de este papiro con señales de la cruz, grafías arabescas y ungüentos azul caribe. El celacanto de luz inédita que circundó las ruinas de todo lo porvenir. En el vidrio de poniente durante la travesía cromática del agua este tropismo prosigue barahúndas, estirpes, odiseos taínos a la búsqueda de avituallamiento real. Afuera luz vacua, sépalo del incienso, grímpolas antiguas del trayecto sagrado en el acuario estelar, el peso del mundo en las arcillas de toda simiente. Fayal de lumbres, gavia azul de estos vitrales de la duermevela de los astros. Desde temprano jugar con ósculos de luz para el avistamiento del diorama de un cielo polifónico, la catarata vernal, portalada del azul, corola del hemisferio sin ayer y rocío exótico en la pica, la universalidad de una estrella al temple, íntima de su destino. Y estar así a pesar de un sol que no calienta los huesos

Universalis Cosmographia

La isla despereza al corazón fugitivo de su centro. Allí comienza la religión diurna del blanco y el trance iniciático de los flósculos hacia el revuelo térmico del sol. Candelas, arreboles, ámbares necesarios de toda luz hacia la marisma exterior del silencio. Jable matriz, numen de la víspera, brebaje azul en la radiación astral de túmulos y ramayanas del altar marino. Alfanjes del día sobre este bosque encantado por la fe de la experiencia candeal del naufragio, de una caracola extraviada en la conjugación de cada mirada nueva a su tiempo auroral. La sucesión abstracta de las olas con densidad áurea y persistencia lírica, esta colada mayor de la danza imperfecta que da cuerda a los relojes del evangelio insular. La mañana se sueña a sí misma con anhelos de progreso, en las intermitencias soberanas de la luz. La ceremonia del pórtico ultramar, géiser solemne en la medranza del mundo. En la isla hay topacios verticales, pistilos sinuosos, fiordos en el transcurso del silencio lácteo. Cada piedra del verano aclimata limos de la tarde de las sombras del origen de una casa por dentro —aunque desconocida— con sus compases y letanías en la disolución de la distancia. Esta arena para el juego privado con los trompos de luz, las golondrinas auguran los mástiles del vértigo violáceo en la fugacidad del futuro, vagan a lo lejos entre serpentinas australes, cabriolas místicas, cinerarias volcánicas, carruseles helespónticos, de esta isla en el bosquejo circular de la despedida a su astro de luz, saudade del aire

Gong ultramarino

Se dice que aquí renace el balbuceo feliz de los espíritus del bosque, la orilla de la última ribera, el añejo portulano, el vórtice de las civilizaciones en la brújula del Adeus y las rosas de Hércules. Hay gárgolas del verde, íbices turquesas, caribdis dormidas en altozanos polinesios, meandros caucásicos, alpendres vikingos, estrómbolis de luz, juncos planetarios, espículas galácticas, plumbagos colosales. En la conciencia de un mínimo de fluidez, la armonización de tiempo en peso para la quimera del postigo del día, con escarchas solares, brebajes selváticos, turíbulos del azul. No hay cerraduras suficientes para la contención de esta luz de cedro en llamas, oyamel incendiario, caliandra del fuego. Ella fluye ante yelmos medievales, allana cráteres de Venus, la Terra Nova de dulces taramelas, salinos apéndices, crujías esmeraldas, veriles de playa. No temas la isla está llena de ruidos, la isla non trubada, guarnición de toda luz, caldarium del líquido arcano para la reconciliación de la república estival. Timbre perpetuo, sinfonola del millón de cigarras en la historia universal del aire, soliloquio atlántico del corolario de los alisios en el crisol del mediodía, gong ultramarino. La somnolencia de la borda para el viaje de los colores, en la aspiración contingente de la ventana por los cúmulos de belleza. Lupanar exótico, atabal eterno de la apoteosis de dólmenes en traslación y lunas menguantes en el trance invernal sobre los jardines del deseo. El remolino del espliego azul es un ofertorio de la civilidad etérea, un plexo solar en el oasis de la tarde, la totalidad es discontinua en dosis mortífera y el catalejo diluye los sedimentos acuosos, pedúnculos de salitre en el horizonte difuso. Es incalculable la ventana al sur, al fin, Sibila, confiesa todos los nombres

Tristeza de Gauguin

El viaje como despojamiento de sí, en el preámbulo de la intimidad del silencio: alcázar atlántico, singapur del oleaje, clavicémbalo salino de los muelles. Página tras página, hay atolones planetarios, melanesias del verde, la infinita felicidad de todas las orillas de esta única orilla, puerto imposible. Mácula de luz, calima de la alborada del color, isla total, odre nocturno, ojiva del viento. Sobre la penumbra infinita del océano hay puertas que se abren y se cierran, otros cuerpos en el adentro ajeno al virreinato de la brevedad de la frontera. El movimiento de esta ola transcribe la bondad en el arte de todas las artes. La conjetura del viento es gracia concedida, vilanos del aire hacia la cúspide vegetal, bossanova olímpica en la redondez de los acordes musicales. Así los recovecos del silencio también orientan hacia una salida, la amplitud del horizonte con azul guillotinado por una diosa turista, musa inclemente. Hay alamedas pictóricas, cálamos infinitos, estípulas de luz para el vencimiento de la hojarasca otoñal. El goce de la fruta venidera en el desenlace neurálgico expansivo, después de Bora Bora el colofón cósmico de todas las mitades libres y la tristeza de Gauguin por la suave floración de la sventenia en las avenidas de la luz. Hay anfiteatros vegetales, travesaños supremos, oleoductos marítimos, ménsulas de arena en los silencios del acantilado. La ausencia imposible del tiempo, narración destejida de la añoranza sin futuro y las estrellas que aruban el orden sintáctico del día, el oleaje tangible de las piedras vecinas a flor de piel, los deleites pasajeros, las fugas insospechadas de la isla, siempre desde el agua

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Autor

Raúl Bertone