Post-vida

El hombre buscaba entre los pedazos de mundo roto una migaja de memoria, atosigada la vista de partículas de civilización imperial, de inoportunos agilizadores de tareas. Se agachaba el hombre y revolvía sobre el rostro brutal de la intemperie. No hallaba pájaros, ni ríos, ni ojos para mirarse. Y no había fuego, ni piel, ni perfume. Caminó un trecho más sobre los vestigios de poder que en otro tiempo, o dos horas antes, hubiera anhelado. No había puertas, no había caminos, no había voces. Trepó sobre aquel resto de utilidades tan inútilmente construidas. Los tobillos hundidos en ese lodo de artificios. Miró su mano y la tragedia le penetró cada una de sus células indemnes: no había otros.

Por Yamila Juan

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