Primera página de un diario que no continué jamás

Hoy fue un día igual al anterior, que a su vez fue igual al de ayer y al de antes de ayer; y así hasta ya ni sé cuándo. Pero siento que ese “primer día” idéntico a los sucesivos es un misterio insondable; uno que se pierde al fondo de un corredor oscuro. Y que, a su manera, es más impenetrable de lo que será el “último día” de mi vida; ese que ha de abrirse de un momento a otro como una puerta en el pasillo por el que avanzo a unas setenta pulsaciones por minuto. Acaso porque en aquel día preciso yo nacía al tiempo; y es imposible viajar al fondo de nuestro primer latido.

Por eso es que no le veo demasiado sentido a empezar este diario. Porque no me gustaría que se convierta en la bitácora de una vida predecible ni yo quisiera volverme un escriba de la repetición sistemática del tedio, que es mi imposibilidad de escapar de este pasillo como de una jaula. Y por otro lado, pienso que el sentido de este cuaderno debiera ser exactamente el inverso; escribir para que cada día sea distinto. Y que, en todo caso, las marcas caligráficas sean como resquicios por donde se filtre una luz distinta a la de este sol burocrático que, más que un sol, se parece un farol en la vereda de una oficina; uno que sólo se enciende para los empleados en las dependencias del tiempo.

Sin embargo, más fácil que encontrar aquella jornada tras la cual los días empezaron a ser iguales, es pensar en la vida anterior. Y en ese caso, me digo, tampoco tendría sentido llevar un diario. Porque en esa vida anterior, cada jornada no pertenecía al tiempo y su bitácora sino que eran como los días del Génesis, una invención y un descubrimiento permanente. Y en ese caso, podría citar el día exacto en que se hizo la luz a mis ojos. La descubrí de muy chico, cuando el sol atravesaba el chorro de agua conque mi abuelo regaba el patio. Esa misma tarde, además, noté que la vieja cocina de ladrillos se volvía roja contra el ocaso. Y que la luz era tan necesaria como el agua o el pasado; blanca o roja, estridente o pálida, fría o cálida. La luz era el agua de las plantas pero también era el delicado efecto de una estrella muriente en una casa que dormía. Podría, también, describir el día preciso en que para mí se hicieron los peces. Fue cuando mi padre me llevó a pescar y sacó una sardina con ojos muertos que, yo le pedí volver al agua mientras tableteaba en el barro. Él me dejó y entonces, aquel pez plano y frío como una placa de escarcha en la ventana, volvió a vivir; sumergiéndose en el agua marrón como en un milagro.

Esa tarde pensé que el fondo barroso del lago estaba repleto de peces blancos, como esas brillantes sorpresas de cumpleaños que dormían enterradas en una torta; maravillas que se sacaban con una tanza o un hilo clavado en el corazón del chocolate.

Puedo, también, recordar el día en que se hicieron los animales cuando por primera vez tuve un perro. Se llamaba “Gorki”, porque ese es el nombre que mi padre le ponía a todos los perros. Pero “aquel” Gorki fue único, no sólo porque fue el primero sino también el último que tendría con él. Y porque él, acariciándome al caer la tarde con sus manos oliendo al combustible ferroviario, me pedía que a mi vez acariciara a Gorki; como multiplicando el cariño bajo una luz que se quedaba sin combustible pero que no obstante viviría también, multiplicándose en el vello de sus brazos y en el pelo rojizo de mi perro del mismo color que el mío. Como si la hebra de esa claridad fuera una rama imperceptible enredada en humanos y animales filamentos.

Ese día entendí también aquello de “amarás a tu padre por sobre todas las cosas”. Por más que esas “otras cosas” fueran, precisamente, la partida de ese padre, su indiferencia o su odio; es decir, su olvido.

Y por eso, porque puedo recuperar aquellos días en que aún no existía el tiempo, es que me cuestiono si vale la pena continuar con este diario. Y porque hoy debiera escribir que fui al trabajo, que abrí el despacho de mañana y ventilé el calor del fin de semana apretujado en las oficinas; que barrí el salón principal y me puse a catalogar mientras esperaba a mi jefe (por él puse la cafetera en marcha), y que mi día cambió de planes cuando él me pidió que me dedicara a los bancos. En las veredas del día vi un montón de gente enviadas por un jefe también para que se ponga en funcionamiento una nueva jornada; ese mandamiento que pareciera decir “conviértase en oficina el mundo entero”. O “conviértase el sagrado azar en profana necesidad”; y en “desoladora predictibilidad el incesante misterio”. O “conviértanse en jefes los padres y en empleados los hijos”; en recreación la creación y en saturación de los sentidos cada pequeña revelación del entendimiento.

Pero también tendría que escribir que, en la primera mañana de esta página y mientras volvía a la oficina, vi un niño en la vereda. Estaba en cuclillas y abrió su pequeña mano como si se abriera una flor. Y en esa mano había algo negro y con vida, del tamaño de un caramelo pero brillante como el mueble de un piano. El grillo saltó de su mano y, aterrizando en el borde de un mosaico, empezó a cantar con su ronco violín; como si parpadearan chicharras. Y fue como si hubiera dicho “hágase la música” para los infelices del mundo.

Por Iván Wielikosielek

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