Puente negro sobre un río esmeralda

Por Iván Wielikosielek

Iván Wielikosielek

Puente negro sobre un río esmeralda

Cada vez que cruzo el Puente Negro (y esto ocurre cada día de mi vida) no puedo dejar de pensar que atravieso algo más que un río. Que no sólo estoy pasando de una ciudad a otra sino que, además, estoy “cambiando de dimensión”. Que al “bajar a Villa Nueva”, en realidad estoy bajando al pasado. Muy a pesar del moderno barrio de La Reserva que me recibe en la desembocadura de la otra orilla.

Y entonces me basta con internarme en la arboleda y ver los fierros sobre el río como en un viejo trencito a pilas para viajar sin escalas al siglo diecinueve. A ese mundo en donde la industria empezaba a instalarse entre la naturaleza. A ese mil ochocientos donde los primeros rieles eran tendidos en los campos y se levantaban las primeras grandes estaciones (Constitución en Buenos Aires; Saint-Nazaire en París, la Grand Central Station en Nueva York). Y también se tendían los primeros puentes de fierro sobre aguas turbulentas.

Era el mundo que inauguraba Eiffel en 1889 en la Exposición Universal de París. Y su torre venía a decirle a los hombres algo del estilo “haremos un planeta nuevo en base a planchas de hierro abulonado. Y llegaremos donde nunca imaginaron los obreros de Babel. A tocar el mismo ombligo de la luna”.

Cosa curiosa, 1889 es exactamente el año de fabricación del Puente Negro. Y de hecho, aún puede verse la placa que lo atestigua: “Joseph Westwood- Engenieers & Contractors- London 1889”.

Sólo falta que diga “The Black Bridge from England to Villa Nueva Town”. Porque en ese entonces apenas si el nombre de Villa María existía en el cartel de su estación naciente.

De Rufino a Río Cuarto

Sin embargo, aquel puente ferroviario había sido construido, precisamente, para un ramal concreto: el Rufino-Río Cuarto. Aquel que, atravesando la pampa gringa llegaría hasta Villa María. Y una vez dejado atrás el amarronado lecho del Ctalamochita, desembocaría en el sur. Y no sólo en el “sur” como concepto geográfico sino también como concepto antropológico y metafísico. Es decir, aquella pampa que seguía siendo salvaje al otro lado del río muy a pesar de la ancestral ciudad de Villa Nueva con su “Casa Manzanares” y su “Casa Villasuso”. Aquella planicie que seguía siendo inconquistada pese al fabuloso cementerio de 1870 y las tumbas de pie hablando (y también callando) de un amor y un desamor jamás correspondido pero no por eso menos eterno. Aquella estepa con un colosal jardín como el de una dinastía extinta en las estatuas llorando el barro de viejos diluvios y el destierro de indios enterrados bajo oxidadas cruces.

Pero contra todos los pronósticos, aquel puente colgante clausuraría sus servicios ferroviarios apenas dos años después. Precisamente con la devastadora inundación de 1891.

Y casi como un recordatorio del progreso que pudo haber sido, se iría oxidando cada día. Como la estructura de un parque de diversiones en un país que se quedó sin niños. O como la “Vuelta al Mundo” de Eiffel en el Parque Sarmiento de Córdoba durmiendo su sueño de aspas oxidadas entre el silencio de los hombres y el tristísimo aullido de las fieras.

Pero al cruzar el Puente Negro y entrar bajo los plátanos, puedo ver pasar el tren con los ojos de la imaginación.

O quizás, mejor aún, con los ojos del recuerdo. Porque una vez más vuelvo a pensar en aquel fabuloso cuadro de Monet, “La Estación de Saint-Nazaire”, donde una locomotora a vapor entra por idéntico puente a la estación más importante de París.

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De París a Villa Nueva

Aquella pintura es de 1877. Y me pregunto si la aristocracia ilustrada de Villa Nueva con Domingo Faustino Sarmiento a la cabeza, no se habrían inspirado en el pintor francés para imaginarse un puente entre las dos Villas. Porque apenas tres años después, inauguraban el Puente Vélez Sársfield por donde pasaría el “Tramway Olmos”, derrumbado el último verano.

Lo cierto es que doce años después de aquella pintura, las dos Villas tendían el segundo y último puente de hierro; ese por el cual pasaba una locomotora a vapor que aún puedo oír y cuyo humo nubla mis ojos y los rombos cruzados del puente como niebla que sube desde el río.
Sí. Acaso el intendente de Villa Nueva de ese entonces junto a Pereyra y Domínguez y Sarmiento se inspiraron en la pintura de Monet; esa cuyo puente de Saint-Nazaire siempre me recordó al Puente Negro de Villa Nueva.

A veces cuando es mañana de verano y su estructura parece trazada con tinta negra en evidente claroscuro contra el amanecer, pienso en una sombra china que alguien hace con alambres desde el cielo. Pero acaso el Puente Negro alcance su mayor esplendor cromático durante el invierno; cuando al caer la tarde y debido a un fantástico contraste entre el cielo púrpura y el neón de las avenidas, sus aguas toman ese tinte verdoso. Como si la arena de su lecho estuviera compuesta de finísimos cristales de esmeralda.

Entonces me puedo imaginar al viejo Monet mirando esos efectos desde lo alto, apoyado en la misma baranda desde donde yo miro ahora y desde donde los chicos se tiran al río cuando viene la crecida.

Seguro que aquellos efectos hubieran fascinado al pintor. Y si hubiera venido por esos tiempos a Villa Nueva traído por algún político amigo o por la extinta aristocracia, hoy tendríamos una serie de cuadros suyos colgando en la Casa de la Cultura. “Le train à Rufino sur le Pont Noir”, diría el título en letras doradas sobre un marco de cedro, esa locomotora humeante dejando atrás el incipiente caserío villamariense.

A esos cuadros, por cierto, el viejo maestro no los pintó jamás. Pero sí lo hizo en mi imaginación, que para eso también sirve la pintura; para continuarse en los lienzos en blanco de quienes abren los ojos al mundo y los cierran llenos de luz al espíritu.

Por eso es que cada vez que atravieso el Puente Negro (y eso ocurre cada día de mi vida) y veo un hombre pobre juntando las bolsas que tiran bajo el puente, me hago la película de que es Monet armando el caballete para fotografiar con su mirada aquel vientre de fierros cruzados. Ese costillar que sostiene desde hace ciento treinta años, el sueño de los que cruzan de una Villa a la otra como si viajaran al pasado.

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