Reinhard mostraba los paisajes más soñados

En un momento de la película Ensayo de Orquesta, de Fellini, cada uno de los músicos habla de su instrumento con el amor y la pasión con que una madre defiende a su hijo. Mientras se van acumulando los testimonios se hace evidente que la personalidad de cada músico se impregnó de las características de su instrumento. Así la flautista habla como flauta, el primer violín es un mandón extravagante, la arpista es una criatura extraña. Si Gabriel Reinhard había sufrido semejante ósmosis con su instrumento entonces eso habla muy bien del acordeón.
Lo conocí tarde a Gabriel. Debo admitir -en un mea culpa- que me distraje en otros bullicios cuando la puerta de su silenciosa obra y de su personalidad plagada de sencillez y modestia, inmunizada de ciertos vicios como el divismo o la arrogancia, aún permanecía entreabierta. Entablamos ese tipo de relación que, ahora, en la ausencia -se cumplen nueve años de su partida de este plano-, fue adquiriendo en el recuerdo nuevos matices con el tiempo. En verdad, son curiosas las razones que llevan a la gente a establecer ciertas sintonías. En mi caso, esa casi devoción por escuchar o estar atento a quienes tienen tanto que decir desde el amor y la dedicación instalados en el culto de los instrumentos musicales.
Pero también me ganaba lo otro. Lo de buen tipo. Uno de los valores de Gabriel fue la humildad. Tenía ese plus del que gozan los artistas verdaderos, que es una de las tantas cosas que no se pueden explicar en la vida porque el lenguaje no alcanza: no puede explicarse lo que es el amor, la amistad o un hijo en brazos. Continuando el camino trazado por Ildo Patriarca, la máxima expresión del acordeón en el país, Reinhard pertenecía a una generación de músicos que intentan hoy reposicionarlo como instrumento de auditorio, dejando de lado el concepto puramente festivo. No todos buscan lo mismo, ni en la vida ni en ninguno de sus aspectos, por más importantes que sean, como la música. El difuso límite entre lo popular y lo populachero suele desvanecerse con facilidad, y entonces lo que debería vivir en las alturas termina en la exclusión.
El baronense sabía que tenía que andar un camino difícil para lograr instalar la pureza en el circuito comercial. Estaba decidido. Pero cierta incomprensión y esa maldita lesión en su codo que su precaria situación económica le impedía atender en sus últimos días en este mundo, obligándolo a seleccionar sus presentaciones o directamente privándolo de ensayar, actuaban para que amanecieran en ese sendero ciertos nubarrones de dudas en seguir o no. En varias ocasiones, cuando surgían invitaciones para representar a la provincia, concurriendo por sus méritos musicales y no por poner pesos para acceder a un escenario, Gabriel necesitó apoyo para gastos básicos del viaje, y ese apoyo, varias veces, nunca llegó. Como si la traducción simple estuviera atada a un fogoneo político. Reinhard no arriaba banderas partidarias. Transmitía sensaciones con su arte. Solo eso.
El sociólogo francés Bourdieu hablaba, en sus últimos escritos, sobre las dos manos del Estado. La diestra manejaba la economía, las relaciones exteriores. Era la mano musculosa, dura, que miraba con sospechas a su mano izquierda, vinculada con el contacto directo con los ciudadanos y sus necesidades: la salud, la educación, la cultura. Hoy, sigue existiendo algo que está claro. La cultura no es prioritaria aquí. Esa es la visión oficial. Quizás no sería ocioso pedirle su opinión a la gente, que dio a la cultura un alto valor en estos años de pánico, cuando no se cree en legisladores, en gobernadores, en intendentes, en ministros, ni presidentes. Ahí puede estar, un poco, la explicación para el derrotero de Reinhard. Como la de tantos otros. Así son las dicotomías de la vida.
Cuando de alguna manera los músicos piensan que la creación puede llegar a constituirse en un desierto de ideas, Reinhard enseñó con su instrumento a abrir los caminos de la inspiración, mostrando los paisajes más soñados a través de su inmejorable aptitud frente a la música. Su apertura hizo derribar fronteras estilísticas (como con Flores negras de su admirado Piazzola o con un arreglo del Concierto de Aranjuez), y concretar con profunda simpleza, obras muchas veces oídas, planteando una nueva lectura de esos temas. Haciendo uso de sus conocimientos, de las técnicas de composición, de estructura o forma, trabajando con mucha sutileza las texturas acordeonísticas, con vuelo.
Tan musical era su expresión. Invasión del arte en el sentido. Hablaba el acordeón con fluidez sonora. A veces íntimo y casi en silencio, otras vertiginoso y expresivo, como una forma de ser propietario del aire, que inspira y expira. Cuando el esfuerzo, el talento y la pasión confluyen en una persona de perfil más bien bajo, el resultado no puede ser otro que una gran obra. En el caso de Gabriel, ésta involucró el alma y el cuerpo. La música salía de los dedos, pasaba por el cuerpo…Ese misterio de tener un fuelle apoyado sobre el pecho y hacerlo respirar con intermitencias, con ligaduras, como si los pulmones estuvieran afuera del cuerpo y fuera necesario apretar botones y teclas para mantenerse vivo. Reinhard era sabedor de que la música es una locura inspirada y que la dificultad reside en encontrarla.
Poe escribió que “es acaso en la música donde el alma se acerca más al gran fin por el cual lucha cuando se siente inspirada por el sentimiento poético: la creación de la belleza sobrenatural”. La música es una gran herramienta y el sonido es un misterio. Y la pregunta es “¿Usted sabe para qué es el sonido cuando no se trata de bailar ni entretener los oídos del rey?”. La música de Reinhard era una pregunta. Iba en dirección de esa pregunta. Sentía que valía la pena ir. Sentía que se acercaba a que su música, con ese horizonte, fuera como una flor.

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Autor

Raúl Bertone