Ricardo Darín: “Me preparo para la gran crisis de los 60”

A los 59 años, el actor más popular de la Argentina admite que llegar a las seis décadas será «un golpe importante», aunque lo encara con humor. «Es la coraza que siempre me resguarda», dice, y afirma que la felicidad puede convivir con el dolor.

Se agazapa detrás de la sonrisa. Los ojos azules centellean en la mañana de otoño. Tan solo dejarse caer en el sillón del lobby de hotel algo desangelado, dice que le incomodan el pelo ligeramente revuelto y la barba espesa. El tono es de liviana coquetería, con habituales notas de humor, como si las palabras debieran carecer siempre de peso y precisaran enmascarar cualquier atisbo de gravedad. Es el dispositivo de un director de escena que se ofrece a sí mismo cercano aunque a una distancia prudencial, la máscara de quien con un paso de comedia o un gag -la risa, siempre; el cinismo o el sarcasmo de quien mamó tempranamente el lenguaje del barrio, coloquial y callejero- se protege de la mirada amenazante de los indiscretos.

-El humor es la coraza que me resguarda -asiente. No lo amedrenta el pudor -la inquietud o el miedo- de quien siente que ha sido descubierto. No está dispuesto a desnudarse; a lo sumo entregará una prenda del pesado ropaje con el que se cubre en caso de que sienta comodidad o empatía. La extenuante cantidad de entrevistas que concedió en los últimos años lo pusieron a resguardo de los fisgones de vidas ajenas -de una agrisada nómina de charlatanes e idiotas, de infames y canallas-, porque la malicia y el engaño de esos miserables le produjeron una y otra vez angustia y decepción. A esos cuidados se añade la extrañeza con la que asiste al interés que tienen por él los demás.

-Te juro que no es vana coquetería -advierte, y lo hace con la convicción de quien aprendió a no tenerse a sí mismo en estima excesiva. Esa modestia se extiende aun al modo en que pondera su producción como actor, aunque se hayan acumulado los premios en el último tramo de estos cincuenta años de carrera y su presencia en la pantalla o sobre un escenario asegure la asistencia de una multitud. Sin embargo, pese a esas evidencias, Ricardo Darín -el intérprete imprescindible de El secreto de sus ojos, ganadora de un Oscar, pero antes el protagonista de títulos significativos como Nueve reinas, El hijo de la novia o Luna de Avellaneda- dice que no es un gran actor. Aunque siga llevando a otros escenarios la aplaudidísima Escenas de la vida conyugal (en mayo presentará ese texto de Ingmar Bergman en Chile) y a pesar de que el cine español continúe demandando sus servicios (pronto terminará de filmar aquí Nieve negra, un film de Martín Hodara cuyo rodaje lo llevó a Madrid).

-Desde hace mucho tiempo, las entrevistas me generan prevención; las charlas, no-. Son los primeros escarceos, los movimientos tempranos y reticentes con que mide a quien puede terminar siendo un adversario.- En una charla, hay una cuestión química que sucede o no. En una entrevista es difícil que me desnude. En una charla hasta puedo hacer un préstamo sin garantía. Por algún motivo extraño que no termino de comprender, hay gente a la que le interesa saber qué pienso o quién soy. He hablado tanto, he trabajado tanto, hay tanta información sobre mí dando vueltas por ahí. Y sin embargo, hay gente que, un poco empecinadamente, todavía siente curiosidad-, dice el hombre tantas veces retratado, portada de las revistas del corazón cuando era un cazador serial y halagado por la crítica como un actor de prestigio cuando su carrera se afianzó de una vez y para siempre.

Tras una hora de observación minuciosa, el retrato es tan sólo un boceto. Escuchándolo se advierte equilibrio, sentido común y una inteligencia maciza, producto menos de la lectura que de la experiencia. Quien ha procurado aventurarse en los pliegues de esa tela siente que la tarea ha sido en vano, y se pregunta cómo un hombre logra guarecerse mientras se entregó con generosidad y franqueza. Quizá sea ése el destino de todo actor: la máscara como un elemento que descubre un mundo interior, pero también como un velo opaco e inmutable que lo oculta a los ojos del mundo.

– Durante la minuciosa reconstrucción de tu historia personal hablaste muchas veces de tu padre, pero no tanto de tu madre.

– Es una injusticia, sí. Mi padre ha muerto, probablemente eso hace que lo recuerde tantas veces con nostalgia. A mi vieja la tengo con vida, por suerte. El peso de la ausencia de mi viejo siempre me condujo a la melancolía. Yo me meto siempre con él, a voluntad, aprendo de él todavía. Y siempre fui muy injusto con mi vieja. Uno suele cometer ese tipo de injusticias. Mi viejo era un ser muy carismático a pesar de sí mismo, a pesar de su invencible austeridad para manifestar sus sentimientos, y la melancolía siempre me impulsó a extrañarlo, tal vez de modo exagerado. A veces la persona más cercana, la que más nos cuida, la que más nos quiere, suele recibir de nuestra parte menos atención. Con mi viejo siempre estuve en discusión, y muchas de esas discusiones quedaron interrumpidas. Con mamá no hay mucha discusión porque pocas veces estuve de acuerdo con ella. Mi viejo no era un tipo de tirarte el caballo encima, era muy discreto con sus afectos; él te dejaba venir, nunca iba. Ese rasgo lo hacía parecer ausente -físicamente estuvo ausente mucho tiempo, era irremediablemente un picaflor-. Y su muerte fue un golpe, claro. La proximidad de lo irreversible te mueve el tablero. Cuando la muerte asoma, uno empieza a percibir la proximidad de un abismo en la relación, se da cuenta de que lo que no ocurrió hasta entonces, ya no va a ocurrir, y lo que no se dijo, ya no será dicho. Es un gran golpe de crecimiento. Los nacimientos también son un cimbronazo muy fuerte, básicamente para el ego, que es nuestro gran enemigo. Son los momentos que nos hacen pasar a otra categoría: en términos de personalidad y de temple. Se sufre mucho, y se crece mucho, también. A mí me ocurrió una cosa muy singular. El nacimiento de mi primer hijo coincidió con la muerte de mi viejo, sucedieron ambos eventos en una misma semana. El nacimiento fue una patada al tablero: volaron todas las fichas por el aire, afortunadamente. Me empujó hacia adelante, me sacó de la tontería. Me di cuenta -no encuentro otro modo decirlo que éste, bastante brusco y burdo- de que en este mundo había algo más importante que yo. Me hizo muy bien. Hasta ese momento, con sus más y sus menos, galgueando y a los ponchazos, tenía un comportamiento de adolescente tardío. Cuando apareció mi primer hijo, me alivió, me saqué una gran carga de encima. Dirigí una obra de teatro, corrí riesgos, entendí que es bueno atreverse, desafiar aquello que está preestablecido. Lo mismo sucedió con el nacimiento mi hija. Ambos vinieron en mi rescate. Las trampas que nos tiende el ego son tremendas. Había sido un chico muy mimado, muy protegido, muy contenido, en dosis excesivas, y todo eso me había llevado a sentirme poco menos que vulnerable. Cuando aparecieron ellos, afortunadamente dejé de mirarme.

– Solés decir que no hay forma de que nazca el humor si no se tienen los pies clavados en el dolor. Allí hay heridas. ¿Son de índole social o pertenecen a la esfera más íntima? Pareciera que tuviste una infancia feliz.

– Sí, la tuve. Pero para mí la felicidad no es condición sine qua non para que no exista el dolor. En cualquier caso, hay que ver qué sucede con ese dolor. La felicidad es sentir dolor, pero que el bálsamo venga de quien vos esperás. Me recuerdo siendo muy chico, aquellas noches en que tenía fiebre y veía regresar a mi padre del trabajo. Me ponía la mano fría sobre la frente y a mí ya no me importaba nada. Era suficiente ese gesto suyo -la mano helada en la frente- para que sintiera que me estaba curando. En cierto modo, quizás estaba haciéndolo. Era reparo, mi padre. Cobijo. Tenía una gran tendencia a tranquilizarte, se podía descansar en él. Yo tuve una infancia feliz, es cierto, aunque a veces no sé si describirla de ese modo porque estoy contra el trabajo infantil y trabajé desde que era muy chico. Pero la pasaba de maravilla. Jugaba, aprendía, reía. Me sentía muy bien llevando dinero a mi casa. Tenía 8, 10 años. Esas felicidades quedaron circunscriptas a cosas que pertenecían al mundo de los adultos. Siempre me relacioné con gente mayor. Era muy adulto cuando era chico; era muy pensante. Mi viejo me había dado una educación muy rara, pero sobre todo me había transmitido una confianza casi desmedida para que defendiera mis ideas, mis pareceres, mis sentimientos. El mayor trabajo que hizo conmigo y mis hermanas quizás haya sido ése: darnos confianza. Intentar revelarnos el hecho de que aun todo lo que está escrito es cuestionable. Mi vieja era más terrenal. Bajo cierta perspectiva, tuve una infancia feliz, pero haciendo cosas distintas de las que hacían feliz a un chico. Siempre lo cuento. Yo trabajaba en la televisión a los 8 años. Cuando venían los chicos de los colegios a visitar el estudio -en ese tiempo era un ambiente novedoso y por eso deslumbrante-, miraban con caritas de asombro los micrófonos, los tachos de luz, los decorados, las cámaras. Yo, que había crecido en esa plaza de juegos y no encontraba ya en ella grandes sorpresas, yo que había perdido la virginidad del primer asombro, me maravillaba mirando esos rostros. A mí desde muy temprano me interesó la gente. No puedo salir de ahí, incluso hoy. Por eso nunca me aburrí. Cuando eran más chicos, cada vez que alguno de mis hijos me decía que estaba aburrido, yo les pedía que mirasen a la gente que pasaba. ¿Adónde van? ¿De dónde vienen?

El ejercicio de un actor.

Era así mi padre. Más que un actor, un poeta. Autor de un libro muy denso y oscuro, Nuestras lágrimas, de melanco para abajo.

A tus 12 años tus padres se separaron. ¿Qué recordás de ese momento?

Agarré la calle. No hubo vuelta atrás.

– ¿Dolor? ¿Enojo?

– Dolor, seguro. Enojo no, porque yo los ayudé a separarse. No estaban muy decididos. Se querían, habían sido muy cómplices. Pero hubo situaciones económicas complejas e irregularidades de mi viejo. Las discusiones cuando volvía a casa eran bravas. No la pasábamos bien, y un buen día -el 5 de enero de mis 12 años, la noche de Reyes- me planté frente a él y le dije: “Vos te tenés que separar”. Me preguntó si estaba seguro de lo que le estaba diciendo. Entonces le respondí como jamás pensé que iba a hacerlo: “Sí, no seas boludo”. Nunca antes yo me había atrevido a hablarle de esa manera. Me miró fijo, se le llenaron los ojos de lágrimas. Dio media vuelta, y se fue en silencio. No volvió nunca más.

– No hace mucho hiciste en teatro Escenas de la vida conyugal. Tenías ya 50 años y un matrimonio prolongado con Florencia Bas.

– Norma Aleandro me había hablado mucho de esa obra. Lo que me gusta del personaje de Johann es el modo en que defiende al amor de los embates de la estructura matrimonial. En criollo simple: si querés mucho a alguien, no te cases con él, no le hagas eso. El matrimonio es un enemigo, es la rutina y el amodorramiento, es la costumbre que aniquila los impulsos más vitales de una relación. Johann hace una defensa rabiosa de la individualidad, y se embarra. Se embarra mal. Me acuerdo de una señora en la primera fila del Maipo que, transcurridas las primeras escenas, cada vez que yo pasaba por proscenio me decía muy bajito: “Desgraciado”. -Se ríe. La carcajada de dientes blanquísimos y sonidos graves trae la picardía del barrio-. ¿Cómo hacés para sobrevivir a una relación estructuralmente pensada de forma tal que es casi un atentado contra las libertades? Porque hay una negociación constante de espacios y tiempo, discusiones. Me costó acomodarme a esa obra, el teatro tiene eso: estás obligado a repensar todos los días algo. La gente puede creer, a la carrera, que es una sucesión de textos declamados. Todo lo contrario: el martilleo sobre una idea te va metiendo cada vez más profundamente en ella y terminás reconociendo matices y honduras que no viste en las primeras lecturas.

– ¿Qué es Florencia para vos?

Es un milagro -dice milagro y establece una pausa que es tan sólo un pestañeo: lo que se demora en revisar el haber compartido una vida, con sus distanciamientos y sus desdichas, con la indecible certeza de haber construido amorosamente juntos un mundo y la felicidad de haber labrado eso que se llama futuro-. Los indicadores no insinuaban siquiera que yo fuera a tener la suerte de cruzarme con ella. Tranquilamente podría ser hoy uno de esos tipos que arrastran tres o cuatro matrimonios. Fui hasta hace poco tiempo un adolescente tardío. Y Flor fue y es (me irrita conmigo mismo utilizar este término) mi salvación. Me salvó la vida. Me protegió de mí mismo. Exagero, por supuesto, en cuanto a que mi vida nunca corrió riesgo físico. Pero no sé dónde estaría yo si no hubiera aparecido ella. No lo sé. Sinceramente. Ella es la alegría. Yo soy bastante más práctico y mucho menos corajudo, ella es muy valiente. Eso me desborda. Me arrolla su valentía. Le tiene miedo a algunas cosas, seguramente, pero no lo transmite. A mí me ha empujado a hacer cosas que solo jamás hubiera hecho. Ella es puro coraje.

– A veces cuesta creerte cuando decís que no creés ser un buen actor.

– Me refiero a que uno no es un buen actor en sí mismo, aislado de los demás. Pensá en el actor que más te haya conmovido. Seguramente lo viste haciendo un mal papel. Sos bueno cuando tenés alguien delante que generosamente te ayuda a ser mejor. Y, aunque cuentes con un muy buen dispositivo técnico, podés ser el peor cuando sucede lo contrario. Hay actores que han sido tratados como actores extraordinarios porque brillan con un monólogo. No quiero restarles méritos, pero estás a solas. Quiero verlo tirar paredes con alguien: si el otro te pincha el globo, no salís más de ese pantano. Pero sí, a veces sucede que me veo y no me gusto; otras siento que está bien. Cuando no me gusto suelo no sorprenderme: casi siempre sé que va a suceder.

– ¿Cuándo fue la primera vez que tuviste conciencia de que tenías enfrente a un actor?

– Para mí es sencillo: una buena actuación ocurre cuando le creo a quien está en la pantalla o sobre un escenario. Si consigue que yo no vea el truco, tiene mi atención. Es una deformación profesional que no tiene por qué compartir el público. En este territorio las personalidades son decisivas. Hay actores que tal vez no son tan majestuosos, pero tienen una personalidad tan formidable que le imprimen a su personaje cierto matiz, cierto color, de modo tal que no podés dejar de prestarles atención. Si además son funcionales a lo que ocurre en escena, estamos frente actores verdaderamente extraordinarios. Siempre prefiero a aquellos que son generosos, a quienes les gusta el juego, y sobre todo el juego compartido. Seré necesariamente injusto, pero no puedo dejar de pensar en gente como Carlos Carella, Lautaro Murúa o Ernesto Bianco; intérpretes como Luis Brandoni u Oscar Martínez. Tuve la suerte de trabajar cerca de los tres primeros cuando era muy chico; tuve la fortuna de verlos desplegar su caja de herramientas sin que ellos supieran que estaban siendo observados por mí. Era un niño. Crecí entre las patas de esos gigantes, mirándolos desde abajo, sin que ellos cargasen con el peso de saber que me estaban dando una lección.

– ¿Sentiste alguna vez una deuda con el teatro clásico?

– Siempre le rajé un poco. A mí me gusta hacer teatro, pero siempre me costó ir a ver teatro. He visto cosas gloriosas que tengo atesoradas en mi memoria, pero han sido menos ocasiones de las que me hubiera gustado. Es difícil el teatro clásico, y no sólo en lo interpretativo: son complejos los textos y lo es su puesta en escena. Hay que tener paciencia, y yo quizás no la tengo.

– Quizás se percibe como algo amenazante o inhibitorio. Pienso en el Ricardo III de Shakespeare.

– Mencionás un texto monumental, quizás lo elegiría si decidiese meterme con los clásicos. O Un enemigo del pueblo, de Ibsen. Pero tal vez lo haría por responder antes a una pulsión externa que interna. Me he metido en la piel de seres complicados, malvados, perversos. Pero tenés que estar muy bien parado para salir indemne.

– ¿Temiste alguna vez que no podrías regresar de alguno de esos personajes? Ciertos actores han temido ser arrastrados a la locura.

– Lo entiendo, sí. No me ocurrió. Hay gente que le mete el cuerpo de verdad a un personaje, aun cuando no es del todo necesario. Hay piezas y personajes que son riesgosos. Yo hice un texto bravo, Algo en común, con Ana María Picchio, a quien debí mencionar antes junto a Norma Aleandro o Bárbara Mujica entre los actores y actrices que me han conmovido y de quienes aprendí. Era un drama de Harvey Fierstein en el que entramos de manera desprevenida. No nos resultó sencillo quitarnos el conflicto de encima.

– Kóblic, la película de Alejandro Borensztein que acaba de estrenarse, se mete con la dictadura militar. Tenías 19 años cuando sucedió el golpe. ¿Qué recuerdos tenés de ese tiempo?

– Tengo recuerdos muy complejos. No son del todo claros. La primera noticia que tuve sobre un desaparecido fue la de un hermano de un amigo del bar donde parábamos, el Alabama, en Rivadavia y Urquiza. Recuerdo perfectamente la tarde en que hacía tres días en que no aparecía, y su propio hermano, en la mesa del café y en medio de un clima de estupefacción, dijo de pronto: “Yo no sé, algo habrá hecho.”, y dejó en el aire esa desconfianza. Fue la primera vez que escuché esa expresión de sospecha, sumada a otra que era por algo será, y nunca me las pude sacar de la cabeza. “No sé, él estaba afiliado al partido comunista”, decía sin mucha convicción. Tengo memoria de antes del golpe, también. Recuerdo de lo que fueron los dos años anteriores. Mucha gente pedía que alguien detuviera eso, aunque nadie imaginó lo que vendría detrás. Bah, habrá habido quienes lo imaginaron e incluso lo propiciaron.

– ¿Habías tenido alguna clase de militancia política?

– La única vez fue cuando estuve afiliado al Partido Intransigente del Bisonte, Oscar Alende. Antes de eso, durante la secundaria, formé parte de la Tendencia Estudiantil Revolucionaria y Socialista. Aunque en aquel momento la viví con mucha convicción, diría que se trató de una experiencia infantil, casi, y mucho más si se la contrasta con lo que vino después.

– Santiago Kovadloff me dijo hace un tiempo que Dios le interesaba más como problema que como solución. ¿Cómo es tu relación con el mundo de la fe?

– Me gusta mucho esa idea. Dichosos aquellos que tienen fe religiosa porque encuentran un bálsamo al que los demás no accedemos. Es más complicado averiguar de dónde venimos y hacia dónde vamos para quienes no sentimos ese amparo de la fe, que pareciera ofrecerte todas las respuestas. Es innegable que hay fuerzas absolutas y nosotros aquí, pobrecitos, somos apenas partículas mínimas en un universo abrumador. Mirar al cielo, elevar la mirada, buscar explicaciones a preguntas que vienen desde el fondo de los tiempos. Las religiones son en muchos casos necesarias, pero también han sofocado muchas preguntas, han evitado muchos cuestionamientos. No fui criado en un ámbito religioso, pero me ha tocado componer algún personaje que me ayudó a comprender ciertos mecanismos de la fe, la clase de lazo que se establece. He aprendido a entender esos mecanismos y a respetar a los hombres de fe. Admiro sobre todo a ciertos trabajadores sociales (sacerdotes, monjas) que todos los días caminan palmo a palmo junto a los desamparados. Pero no hay que confundirse: ese gesto, a mi gusto, no nace necesariamente en la conciencia religiosa, sino en el hecho más simple de ser una buena persona que, sencillamente, intenta hacer el bien a los demás. Hay gente que profesa una profunda fe religiosa y que jamás será buena gente.

– En un abrir y cerrar de ojos tendrás 60 años. ¿Asoman miedos nuevos?

– Conseguí eludir la crisis de los 30, la de los 40 y la de los 50. Pero esta vez, me temo que no podré zafar. Estoy preparándome para la gran crisis de los 60. Me estoy preparando en términos humorísticos, porque siento que no hay mucho más por hacer. Me parece que me va a pegar mal. De verdad. Me dedicaré a ser una persona sombría. Será un golpe importante. Con un amigo planeamos alguna vez escaparnos. Pero no hay salida. Es cierto que tengo una buena vida. Es cierto que soy todo lo feliz que se puede ser en este mundo, con ciertas prevenciones. Que puedo darme dos duchas calientes por día, ya lo he dicho. Es cierto, sobre todo, que mis hijos han encarrilado sus vidas. Es algo parecido a la felicidad verlos crecer. Pero cuidado, me temo que no haya nada más irrefutable que ese crecimiento de los hijos para reconocer en ese espejo el abismo de la propia vida. Riámonos, entonces.

1957

Nace el 16 de enero en pleno centro porteño. Junto a sus padres, Ricardo Darín y Renée Roxana, debutará en teatro a los 10 años

1987

Protagoniza la telenovela Estrellita mía, junto a Andrea del Boca. Ya era conocido como parte de los “galancitos”

1988

Se casa con Florencia Bassi con quien tendrá a sus dos hijos, Ricardo “Chino” Darín y Clara Darín

1990

Debuta como director teatral con la obra Pájaros in the nait, con Adrián Suar, Diego Torres y Leo Sbaraglia

2000

Consagrado en cine, teatro y TV, su mayor proyección internacional llega con Nueve reinas (2000), de Fabián Bielinsky

2009

Protagoniza El secreto de sus ojos, que gana el Oscar. Obtiene el Cóndor de Plata al mejor actor y su primera nominación al Premio Goya

2014/2015

Se destaca en Relatos salvajes, la película más taquillera de la historia. Gana el Goya a Mejor actor por Truman

El futuro

Una demanda sin pausas. Darín llevará este mes a escenarios de Chile Escenas de la vida conyugal, el texto de Ingmar Bergman. Pronto lo espera, además, concluir el rodaje de Nieve negra, de Martín Hodara, cuya filmación inició en Madrid

Fuente: Víctor Hugo Ghitta, La Nación Revista.

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